Jesús me hizo testigo (II)
Jesús me hizo testigo, Père Émilien, José H. Prado Fores
B. Enfermedad del corazón y sanación interior
Todos somos conscientes de las graves repercusiones que tiene nuestro pasado sobre nuestro presente. Vamos a hablar ahora de las actitudes enfermizas de nuestra personalidad y de las relaciones que tenemos con los demás, actitudes que tienen sus raíces en las dolorosas experiencias de nuestra historia. ¡Cuántos traumatismos han sido causados por las heridas de nuestro pasado! Se producen consecuencias negativas en el plano fisiológico, como pueden ser, por ejemplo, ciertas enfermedades físicas causadas por heridas emocionales.
Otras consecuencias negativas se producen en el plano psicológico, como son, por ejemplo, los complejos que tienen su raíz en heridas emocionales, a veces incluso en heridas causadas por las faltas de nuestra vida. Podemos descubrir que muchas debilidades en nuestra vida cristiana tienen su raíz en acontecimientos de nuestra vida que nos hirieron profundamente, y esas heridas pueden volverse como grietas por donde se infiltra el pecado. Estas enfermedades emocionales de nuestro corazón, el Señor puede sanarlas en una oración de sanación interior.
En un centro psiquiátrico de Montreal había un ciego que era un caso médico extraño. Había perdido la vista sin causa aparente alguna. El nervio óptico, la pupila y la córnea estaban en perfecto estado. No había ninguna causa de ceguera. Gracias a un tratamiento hipnótico, se descubrió que la causa se remontaba al tiempo en que era muy pequeño y dormía en la misma habitación que sus padres. Una noche, tuvieron relaciones sexuales muy intensas que el pequeño interpretó como una agresión de su padre contra su madre.
Eso le causó un traumatismo tan profundo que cerró los ojos a esa agresión y a toda realidad, volviéndose ciego. Al encontrar la raíz del problema, se le hizo la terapia adecuada y después de unos meses recuperó la vista. Es lo mismo que hace el Señor Jesús en la oración de sanación interior: ir a la raíz de nuestros conflictos para sanarlos. La ventaja es que Él no cobra y que actúa mucho más rápido que los psicólogos y psiquiatras de este mundo. «Él, que sana los corazones rotos y venda sus heridas.» (Sal. 147, 3).
Tenemos un Dios maravilloso que es capaz de llegar al fondo de nuestros problemas para sanarnos y liberarnos. Antes existía una hermosa oración en la liturgia: «Líbranos, Señor, de nuestros males, pasados, presentes y futuros.» Nuestro Dios es capaz de sanarnos porque Él no está en el tiempo. Más bien, está en todos los tiempos, pues es el mismo ayer, hoy y siempre. Para ello, es preciso primero que se aclare la causa de nuestra herida.
No solo tomar conciencia de ella, sino exponerla a la luz del amor de Dios en un abandono total, pidiéndole que sane en su infinita misericordia nuestras heridas. La mitad de la sanación de un problema emocional reside en la capacidad de escuchar al paciente con amor y sin juzgarlo. Hay enfermedades y heridas físicas que se sanan con baños de sol. La persona se expone a los rayos del sol, que la penetran y la sanan. Del mismo modo, Jesús, sol de justicia, sana las heridas del corazón.
Si exponemos todo nuestro ser y sobre todo las heridas a los rayos de su corazón misericordioso, su calor nos penetra y nos sana: «Para vosotros, que teméis mi Nombre, brillará el sol de justicia, con la sanación en sus rayos.» (Malaquías 3, 20). La incubación de los recuerdos dolorosos en nuestra memoria produce traumatismos y complejos en nuestras relaciones con los demás e incluso con Dios.
Por eso el ministerio de sanación interior comienza primero en el campo de nuestras memorias, pues lo que hemos archivado en nuestra memoria, consciente o inconscientemente, produce reacciones somáticas, orgánicas y nerviosas. En un clima de oración y de fe, tratamos de hacer encontrar a la persona el origen de sus sufrimientos (rechazo familiar, abandono, violencia, fracaso, accidente, etc.). Entonces tomamos cada uno de los incidentes dolorosos para exponerlos a la luz del Señor con la autoridad del Nombre de Jesús.
Él, que es el médico ayer, hoy y siempre, sana las heridas de la memoria como el sol sana las heridas de nuestro cuerpo. Ordenamos en el Nombre de Jesús, por el poder de sus santas llagas (sus heridas, que han sanado las nuestras), que sean sanadas nuestras enfermedades. «Te libero en el nombre de Jesús de los temores, angustias y complejos, etc., causados por estos acontecimientos.
a) Raíz del problema. No debemos confundir la sanación con la supresión de los síntomas. No podemos dejarnos engañar por los síntomas, pues brotan, se transforman, mientras que el problema permanece. Sucede, por ejemplo, que algunas personas renuncian al tabaco por algún método, pero es para luego comer más. Un alcohólico puede dejar de beber, pero si no es sanado en su base, sucumbirá a otros vicios. En estos casos, el problema no queda resuelto sino transferido. Se parece a un globo inflado: si se lo aprieta de un lado, el aire se va para el otro.
En general, es una herida de falta de amor o una perversión del amor la que está en la base de todas nuestras enfermedades. Por eso se dice: «Sanación del corazón.» Una experiencia negativa de amor, por carencia o por perversión, se sana con verdaderas experiencias positivas de amor. Por eso no basta descubrir el problema o la raíz de los conflictos, sino que es más importante llenar ese vacío con el amor misericordioso del corazón de Jesús.
Lo esencial es hacer nuestros los méritos de la muerte de Cristo para gozar de los frutos de su resurrección, en la certeza de fe de que hace 2000 años Él se cargó de la cruz que nos da la paz.
En la sanación no se trata de suprimir los síntomas (el dolor) sino de ir a la raíz de los problemas. Ellos no son sino epifenómenos; debemos esforzarnos por encontrar esa causa. La sanación de Jesús actúa a fondo. Deshace el nudo principal que es el origen de todas las complicaciones. Esta raíz puede descubrirse de dos maneras: ya sea dialogando con la persona, tratando de descubrir cuándo y cómo nació el problema, ya sea por el discernimiento carismático. Había una persona que sufría crisis de asma tan violentas que casi se ahogaba.
Hablando con Monseñor Alfonso Uribe Jaramillo y buscando cómo y cuándo había comenzado su enfermedad, se dio cuenta de que antes del nacimiento de su segundo hijo había una de sus vecinas, de mala fe, que pretendía que no era hijo de su esposo. Eso la hirió tanto que comenzó su asma. No era una enfermedad sino el síntoma de una herida emocional, que desapareció una vez que ella la descubrió y pidió su sanación. En cuanto al discernimiento carismático, en ciertas ocasiones el Señor da una luz especial para llegar hasta la raíz del problema.
El Señor viene en ayuda de nuestra impotencia para que, descubriendo la causa de la enfermedad (lo que es humanamente imposible, o exigiría demasiado tiempo y demasiados métodos psicológicos), pueda ser sanada. El discernimiento carismático no es el fruto de una técnica psicológica sino una gracia especial del Señor en un caso particular.
Una niña de 13 años se despertó un domingo a medianoche, muy asustada, con gritos y sobresaltos, porque un hombre se había introducido en su habitación. A la mañana siguiente estaba ciega. Como la familia era pobre, se buscaron remedios «de vieja», para luego recurrir al médico, sin resultados. Entonces la llevaron a la iglesia. Como yo no entiendo nada de medicina, comencé por orar. Lo hice sin resultados.
Entonces comencé a orar en lenguas, y comprendí muy claramente que esa niña no era ciega sino que tenía una herida emocional a causa de la impresión que había recibido al ver entrar a un hombre en su habitación. Pedimos al Señor que la sanara de sus heridas emocionales, y diez minutos después comenzó a ver; había recuperado por completo la vista. Su herida emocional era la raíz del mal físico. Una vez curada la causa, también lo estuvo la consecuencia. Hay que orar para que el Señor rompa los lazos con el pasado que se repercuten en el presente.
Después, se pidió al Señor que llenara de amor, de comprensión, de paz, ese momento o esas circunstancias dolorosas.
En un retiro en Caracas, Venezuela, una religiosa nos contó que, a pesar de la satisfacción que le daban su vocación y su apostolado misionero, estaba siempre sumergida en una tristeza cuya causa ignoraba. Oramos por su sanación interior y, durante la oración en lenguas, una hermana tuvo la imagen en su mente de una niña de 5 años que lloraba, perdida en un bosque, rodeada de abetos y de nieve.
Se le preguntó a la religiosa si esa imagen le decía algo, y respondió con lágrimas en los ojos: Cuando era pequeña, un invierno salí de mi casa, perdí las huellas del camino en la nieve y no pude volver. Mis padres ya no sabían dónde buscarme. Quedé varias horas sola y perdida, sufriendo mucho, pensando que no volvería a ver a mis padres jamás. Entonces oramos a Jesús, el Buen Pastor, para que sanara esa herida emocional, pues Él estaba con ella en esos momentos dolorosos, nunca la dejó sola y no permitió que se extraviara en los caminos de la vida.
Fue sanada y la alegría volvió a su vida y a su trabajo. Para nuestro Dios todo es presente; nos sana de nuestros males aunque estén sepultados en el pasado.
La sanación de los recuerdos reside en que Jesús es el mismo ayer, hoy y siempre (Hebreos 13, 8) y en que los méritos redentores de su muerte y de su resurrección están siempre presentes y son eficaces. En el ministerio de sanación nos beneficiamos de los méritos de la muerte de Cristo para vivir los frutos de su redención en un momento determinado de nuestra vida. El punto de partida es la certeza de que Jesús, hace 2000 años, se cargó de nuestros dolores y enfermedades. Por la fe hacemos nuestra la victoria de Cristo.
Por la sanación interior nace una esperanza para quienes se habían resignado a vivir con hábitos y traumatismos. Se abre una puerta para la sanación de quienes no podían cambiar a pesar de todos los esfuerzos humanos que desplegaban, y se rompen las amarras que nos hacían esclavos del pasado. Jesús ha venido a traer la Vida, y la Vida en abundancia. Nos quiere libres y nos hace capaces de ser libres de todo lazo que nos encadene a un triste pasado o a una experiencia negativa.
Hay gente que se acerca al sacramento de la reconciliación para confesar siempre las mismas faltas y los mismos pecados. De esta manera, parece que este sacramento solo nos concede el perdón de Dios y no la fuerza de ser victoriosos en la lucha contra el pecado. La sanación interior ha venido a liberarnos de esas dependencias que nos hacen esclavos y no nos dejan volar a la altura de la unión con Dios y de la santificación. ¿Significa esto entonces que la sanación interior sea más eficaz que el sacramento?
De ninguna manera, pues es en el sacramento de la Reconciliación donde la sanación interior puede ser más profunda. Si los sacerdotes fueran conscientes del poder de sanación del sacramento de la Reconciliación, no dejarían de utilizarlo. El sacerdote que reduce el sacramento a la absolución y no ora por la sanación interior reduce lamentablemente el poder del sacramento.
Oración para la sanación de los recuerdos
Como todos estamos enfermos de las heridas de nuestro pasado, he aquí una oración de sanación interior para que el Señor sane el corazón de quienes reconozcan que la necesitan. Padre de bondad, Padre de amor, te bendigo, te alabo y te doy gracias, porque por amor nos diste a Jesús. Gracias, Padre; a la luz de tu Espíritu, comprendemos que Él es la luz, la Verdad y el Buen Pastor que vino para que tengamos la vida, y la vida en abundancia. Hoy, Padre, quiero presentarte a este(a) hijo(a). Lo(a) conoces por su nombre.
Te lo(a) presento, Señor, para que eches una mirada de Padre sobre su vida. Tú conoces su corazón y las heridas de su historia. Tú sabes todo lo que quiso hacer y no hizo. Sabes lo que hizo y el mal que le hicieron. Conoces sus límites, sus errores y su pecado. Conoces los traumatismos y los complejos de su vida. Hoy, Padre, te pedimos por el Amor de tu hijo Jesucristo que derrames tu Espíritu Santo sobre este hermano, esta hermana, para que el calor de tu amor que sana penetre en lo más íntimo de su corazón.
Tú, que sanas los corazones rotos y vendas sus heridas, sana a este hermano (esta hermana), Padre. Entra en este corazón, Señor, como entraste en la casa donde estaban tus discípulos atemorizados. Tú apareciste en medio de ellos y les dijiste: «La paz sea con vosotros.» Entra en este corazón y dale tu paz. Llénalo de amor. Sabemos que el amor expulsa el miedo.
Pasa por su vida y sana su corazón. Sabemos, Señor, que lo haces cada vez que te lo pedimos, y te lo pedimos con María, nuestra Madre, ella que estaba en las Bodas de Caná, cuando ya no había vino, y Tú respondiste a su deseo transformando el agua en vino. Cambia su corazón, dale un corazón generoso, afable, lleno de bondad; dale un corazón nuevo. Haz brotar, Señor, en este hermano (esta hermana), los frutos de tu presencia. Dale los frutos de tu Espíritu, que son: amor, paz y alegría.
Haz que descienda sobre él el Espíritu de las Bienaventuranzas, para que pueda saborear y buscar a Dios cada día, viviendo sin complejos ni traumatismos junto a su esposo(a), su familia y sus hermanos. Te doy gracias, Padre, por lo que haces hoy en su vida. Te damos gracias de todo corazón, pues eres Tú quien nos sanas. Tú, que nos liberas. Tú, que rompes nuestras cadenas y nos devuelves la libertad. Gracias, Señor, porque somos templos de tu Espíritu, y este templo no puede ser destruido porque es la Casa de Dios.
Te damos gracias, Señor, por la fe, por el amor que pusiste en nuestros corazones. ¡Cuán grande eres, Señor! Sé bendecido y alabado, Señor.
b) La oración. Creo que lo que más nos ayuda a orar por la sanación interior de los demás es haber tenido nosotros mismos antes esta experiencia. Es la compasión lo que debemos pedir primero. Es una característica esencial del corazón misericordioso de Cristo Jesús. Él tenía compasión de la gente, por eso la sanaba y la alimentaba. Sin compasión (sufrir con), nuestra oración es solo vocal y exterior, no sale del corazón. Para la oración de sanación interior no hay un modelo que se deba seguir siempre.
Pero hay que seguir a Jesús, que enseñó y sanó bajo el impulso del Espíritu. No conozco método alguno; Jesús no lo tenía. No queremos presentar sino una experiencia: cómo Dios nos enseñó a orar por los enfermos. He aquí algunas pistas que pueden servir a otros, sin olvidar que Dios puede mostrarles otras.
1) En el nombre de Jesús. Jesucristo es el único mediador entre Dios y los hombres; por eso no hay otro nombre que haya sido dado a los hombres para su salvación (I Timoteo 2,5; Hechos 4,12). Solo Jesús sana, libera y salva. Todo lo que pedimos en su Nombre, el Padre nos lo concede (Juan 16,23). La oración en el Nombre de Jesús no se limita a la pronunciación de ese Nombre, sino que apela ante todo a la confianza. Mientras Él ora en nosotros, y nosotros en Él, el Padre escucha siempre nuestras oraciones. Algunos, durante la oración de sanación y más especialmente la de liberación, repiten y cantan varias veces el Santo Nombre de Jesús. Es verdad que ese nombre encierra salud y poder, pues significa «Dios salva», y sabemos bien que la palabra de Dios realiza lo que contiene. Es en el nombre de Jesús como los enfermos son sanados (Mateo 7,22; Hechos 4,30).
2) Por la sangre del cordero. Se implora el valor de la sangre preciosa de Jesús, cordero de Dios que quita el pecado del mundo, para que nos libre del poder de las tinieblas. Invocamos la sangre de Cristo Jesús, pues a veces, después de una herida emocional, una opresión, una obsesión e incluso una enfermedad física, se encierra en uno un elemento de pecado. Entonces oramos: Por la sangre preciosa de Cristo Jesús, te declaro libre de todo lazo y de todo mal que te impida vivir en plenitud la vida de Cristo Jesús. La carta a los Efesios (1,7) afirma que por la sangre de Cristo hemos sido rescatados.
He aquí un testimonio de ello en una carta que nos llega de Guatemala: En la asamblea de oración por los enfermos, yo estaba sentada más abajo que ustedes, sin poder verlos. Solo los oía. A medida que ustedes hablaban, entraba en ese mundo maravilloso de Dios sin darme cuenta. De pronto, comenzaba a darme cuenta de que algo especial estaba sucediendo. Me sentía como flotando en el aire, comenzaba a bañarme en sudor y sentía la necesidad de glorificar a Dios en voz alta. Mis lágrimas eran abundantes. Después, vino la oración por los enfermos.
Ustedes nos hicieron meditar sobre la cruz del Señor. La imaginaba muy claramente. Entonces me sentí sumergida en esa sangre preciosa. Entonces tenía llantos de tristeza a causa de mis pecados. Él me dijo entonces: «Te amo. En todos esos momentos de falta de comprensión, consuélate, porque te amaba.» (ahora lloro de nuevo al escribirlo). Entonces sentí una presión en mi estómago. El Señor sanaba mi vejiga y mi uretra, que a raíz de mis partos se habían desplazado y obstruido. Pasé toda la noche alabando al Señor, sin poder dormir.
Hace ya un año de eso y no he vuelto a tener ningún dolor. Pero lo más importante es que, a partir del momento en que me sentí inundada por la sangre de Cristo, han sucedido cosas maravillosas en mi vida espiritual. Virginie Diaz de Enriquez
3) Por las llagas de Jesús. Por las heridas de Jesús hemos sido sanados de nuestras heridas. Por sus llagas hemos sido sanados. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y nosotros hemos sido sanados por su flagelación. El Siervo de Dios se cargó de todos nuestros dolores y enfermedades para que, liberados del miedo, pudiéramos servir en santidad y justicia todos los días de nuestra vida. Por esta razón acostumbramos orar así: «Por las 5 llagas de Cristo Jesús, te declaro libre con la libertad de un hijo de Dios rescatado por Cristo Jesús. Señor Jesús, por el poder de tus llagas, sana las heridas de los recuerdos. Sana la raíz de este problema que causa tristeza, odio, miedo, etc.»
4) Orar en lenguas. Hablaremos de este tema más extensamente en otro capítulo. Sin embargo, queremos afirmar ya que cuando oramos en lenguas, nuestro espíritu queda completamente a disposición del Señor para que nos utilice como canales límpidos de gracias de sanación. La oración en lenguas es un instrumento maravilloso, capaz de penetrar hasta donde el hombre y la ciencia no pueden llegar. Durante un retiro sacerdotal en Lyon, Francia, había sacerdotes abiertos al don de lenguas, pero también los había que se oponían e incluso se burlaban.
El peor de todos era un misionero que daba cursos de árabe en una universidad de África. El segundo día, ese sacerdote se puso de pie ante todos y escribió signos muy extraños en la pizarra. Después, muy emocionado, nos explicó: «Durante la oración en lenguas de ayer, ustedes decían esto en árabe: “Dios tiene misericordia.”» En toda oración en lenguas: «Dios nos tiene misericordia», pues «no sabemos pedir como conviene; entonces el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad e intercede por nosotros con gemidos inefables.» (Romanos 8,26).
5) Intercesión de María. Hablaremos de ella también, pero tiene su lugar entre los elementos fundamentales de la oración de sanación. Es la persona que tiene el carisma de sanación más fuerte, pues lleva en sus brazos a Jesús, nuestra salvación, y está al pie de la cruz donde el cordero de Dios fue herido por nuestras rebeldías. La intercesión de la oración de María es constatada por todos en los santuarios marianos.
C. Enfermedad del espíritu y reconciliación
Nuestra alma también puede enfermarse, y esto es más grave que un cáncer o un traumatismo psicológico. Un sábado, Jesús llegó a la Piscina de Betesda, «Casa de la Misericordia». Vio a un hombre tendido en su camilla y le ordenó: —«Levántate. Toma tu camastro y camina.» Ese hombre, paralítico desde hacía 38 años, halló gracia ante los ojos de Dios, se levantó y comenzó a caminar. Después, el Maestro lo encontró y le dijo: He aquí que estás sanado; no peques más, no sea que te ocurra algo peor todavía. (Juan 5,1-14).
Jesús no afirmó que si pecaba quedara paralítico más de 38 años, sino que el hecho de pecar sería más grave que 38 años de parálisis. Además, el pecado no es solamente una enfermedad: produce necesariamente la muerte. San Pablo afirma que: El salario del pecado es la muerte. (Romanos 6,23). El pecado produce la muerte porque nos priva de la vida de Dios, o mejor, de Dios que es la vida. Ellos me abandonaron a mí, la fuente de agua viva, para cavarse cisternas, cisternas agrietadas que no retienen el agua. (Jeremías 2,13).
El pecado, fundamentalmente, es una falta de fe en Dios, provocada generalmente por un exceso de confianza en nosotros mismos. Creemos más en nosotros (en nuestros valores, nuestros pensamientos, nuestras seguridades, etc.) que en Dios. El fruto prohibido del paraíso es el hombre que confía más en sus propios medios para lograr su realización que en el camino propuesto por Dios. El pecado daña más al hombre que a Dios mismo (Proverbios 8,36; Jeremías 26,19). ¿Me dañarían a mí vuestras rebeldías? No; os dañan a vosotros, para vuestra confusión. (Jer. 7,19).
Dios nos ama tanto que, sabiendo el mal que produce el pecado en nosotros, nos prohíbe el pecado porque no quiere que seamos esclavos. La sanación completa consiste en nuestra liberación de la ley del pecado, que nos lleva a hacer el mal que no queremos y nos impide hacer el bien que nos proponemos. Dios, por tanto, no solo nos perdona nuestros pecados sino que, además, nos fortalece para que no pequemos más. Además, cambia nuestro corazón para que queramos y hagamos lo que Él manda.
No es que mande desde afuera, sino que es un imperativo que brota como una exigencia del mismo ser transformado por el Espíritu Santo. No hay hombre más hombre que el que ha sido liberado de la esclavitud del pecado. Dios es el Dios del perdón (Neh 9,17), que perdona siempre y para siempre. Por su parte, Él ya nos ha perdonado todos nuestros pecados. La sangre preciosa de Cristo en la cruz es el remedio que nos sana de nuestros pecados.
¿Qué Dios hay como tú, que quita la iniquidad y borra la rebelión de su pueblo? No guardas tu cólera para siempre, pues eres un Dios cuya alegría es el Amor. Tú tienes siempre piedad de nosotros y pisoteas nuestras iniquidades. Precipitas en el fondo del mar todos nuestros pecados. (Miqueas 7,18-19). Por nuestra parte, debemos tomar este remedio en la fe, mediante la reconciliación. Por la fe hacemos nuestros los méritos de Cristo Jesús en la cruz. Por la conversión ponemos en juego todo el potencial de los frutos de su redención.
Nos basta confesar que somos pecadores ante su misericordia para ser perdonados. Si confesamos nuestros pecados, Él, fiel y justo, perdonará nuestros pecados y nos purificará de toda iniquidad. (I Juan 1,9). En este terreno, la Reconciliación juega un gran papel, pues es el sacramento del encuentro de alegría, el regreso del hijo pródigo a la casa de su padre misericordioso, que le pone zapatos nuevos (la dignidad), un vestido fino (una vida nueva) y el anillo (del heredero); y organiza una fiesta, porque el hijo que se creía muerto ha vuelto a la Vida (Lucas 15, 11-24).
Jesús envió a los apóstoles a resucitar a los muertos (Mateo 10,8), y no hay más muerto que aquel que ha perdido la vida de Dios por el pecado. Sin embargo, muchos todavía no comprenden este hermoso sacramento, le tienen miedo y buscan mil excusas para no confesarse. Había un sacerdote que trabajaba en un pequeño pueblo del Polo Norte. Para ir al pueblo más cercano, donde había otro sacerdote para confesarse, no había carretera y debía tomar una viejecita avioneta.
Por eso decía: Yo ya no me confieso, porque ir a confesarme por un pecado venial es pagar demasiado caro el viaje en avioneta. Y si he cometido un pecado mortal, tengo miedo de subir a la vieja máquina. Un día, volvía a mi pueblo en automóvil. Sin darme cuenta, superé el límite de velocidad y un policía me alcanzó en moto. Me detuve y el policía se acercó a mí con su pistola. Enojado, porque me seguía desde hacía 10 minutos, me pidió, mientras leía mis papeles: —«¿Es usted el famoso Père Tardif?»
Père Émilien Tardif
—«Sí, respondí; ¿desea usted confesarse?» Se asustó hasta el punto de devolverme de inmediato mis papeles y me dijo que tenía prisa. Con su pistola y todo lo demás, tenía miedo de confesarse. No hubo ni multa ni confesión a causa de ese miedo. Le tenemos miedo a la confesión porque no comprendemos que es el sacramento del Amor de Dios. Todas las veces que pedimos perdón al Señor, cualquiera que sea nuestro pecado, Él nos perdona. Nunca se escandaliza de nuestros pecados.
Solo espera que los reconozcamos y que le pidamos perdón sin excusarnos ni minimizar la falta. Solo hay un pecado que Dios no puede perdonar: aquel por el cual no le pedimos perdón, aquel que no reconocemos como pecado, aquel que autojustificamos. El sacerdote es el ministro del perdón de Dios. No es juez ni verdugo, sino canal a través del cual pasa la misericordia divina. No hay misión más profunda ni más eficaz que la de acoger al pecador hundido en el lodo del pecado y colocarlo ante la puerta del paraíso.
El sacerdote es la única persona de toda la parroquia que tiene el poder de perdonar los pecados y de presidir la Eucaristía. Nadie puede reemplazarlo. Cada vez que el sacerdote confiesa, es un profeta de Dios que, en nombre del Señor, nos dice: «Te absuelvo de tus pecados.» Habla en nombre de Dios. Además, así como la Eucaristía es el lugar privilegiado para recibir la sanación física, la Reconciliación es el mejor momento para orar por la sanación interior.
Un sacerdote me objetaba muy convencido: «No puedo orar lentamente por cada persona en particular, porque entonces ya no tengo tiempo de trabajar.» Yo le respondí: —«Pero ¿qué otro trabajo tienes sino el de liberar a los oprimidos y ser ministro de la reconciliación?» Él pensaba que repintar la sala parroquial era su trabajo, sacrificando lo que solo Él podía hacer, lo que nadie más que Él podía hacer, para hacer lo que los demás podían hacer.
Hay otros que prefieren contar el dinero de la colecta antes que contar a la gente las maravillas de Dios y liberarla de su esclavitud.
D. Convalecencia
Para todos los casos de enfermedades que hemos visto, la etapa de convalecencia tiene una importancia capital, pues de ella depende toda la sanación, tanto en la sanación física como en la interior. Cuando el Señor ha intervenido de un modo asombroso o milagroso, la persona necesita una etapa de convalecencia para no recaer. He aquí algunos aspectos de lo que entendemos por convalecencia:
a) Vida sacramental. La persona que ha sido sanada por el Señor necesita muy especialmente un alimento tonificante que Dios nos ofrece a través de los sacramentos. Hablamos de vida sacramental porque es la vida, la vida divina, la que se comunica a través de ellos. No se puede prescindir de ella si se quiere una sanación total.
b) Oración. Es el contacto directo con la fuente de la salud. El contacto con el Señor es más importante que la sangre o el oxígeno para el enfermo. Si rompemos ese contacto, nos exponemos a perder algo más precioso que la salud física o interior. La oración es una comunión de amor.
c) Lectura de la Palabra. La Palabra de Dios purifica (Juan 15,3) y sana: «no son ni las plantas ni los cataplasmas los que los han sanado, sino tu Palabra, que todo lo sana.» (Sabiduría 16,12). La Escritura leída y orada con fe es el remedio más eficaz, pues es la Palabra de la Vida eterna. (Juan 6,69).
d) La comunidad. A veces se pierde el fruto de una sanación interior porque uno se aísla y no se integra a la comunidad. Más aún, podemos afirmar que Dios quiere que esté sano todo el cuerpo de su Hijo, y no solo los miembros. La sanación completa se da en la medida en que vivimos el misterio de ser el cuerpo de Cristo. Comunidad de fe y de amor en la esperanza de la patria definitiva.
e) El servicio. Todos buscamos la felicidad; por eso queremos la sanación. Sin embargo, la sanación completa la encontramos en las bienaventuranzas de Cristo Jesús. Jesús nos dio una regla de oro para ser felices: «Hay más alegría en dar que en recibir» (Hechos 20,31). En la medida en que salgamos de nosotros mismos para darnos a los demás, alcanzaremos la perfecta sanación. Cuando Jesús liberó a María Magdalena de sus 7 demonios, hubo una larga etapa de convalecencia para la sanación total. Si nos fijamos bien, María Magdalena pasó por los 5 puntos que acabamos de enumerar.
VI LA LIBERACIÓN
Existe un terreno tan delicado como real, que es el de la acción del Demonio sobre el mundo y sobre las personas. Jesús habla de ello a menudo y con frecuencia lo encontramos inmerso en la lucha contra Satán y sus poderes, que dominan el mundo. Además, una de las pruebas que Jesús ofrece de su mesianismo es la expulsión de los demonios: Si por el dedo de Dios expulso los demonios, es que el Reino de Dios ha llegado (Lucas 11,20; Mateo 8,16; Lucas 7,21). Jesús venció con su muerte al Príncipe de las tinieblas, y con su resurrección hemos sido transportados al Reino de su amor.
Pedro (Hechos 10,38) resume la obra mesiánica de Jesús en 4 puntos: — Ungido del Espíritu Santo y de su poder. — Hizo el bien. — Sanando. — Liberando a los que estaban oprimidos por el diablo. Es en esta síntesis donde podemos captar el ministerio de liberación. No es un ministerio aislado; se integra en el contexto de la evangelización. Son personas que han recibido de Dios la unción del Espíritu Santo las que lo realizan en nombre de Jesús. No se trata solo de expulsar demonios sino de hacer el bien, el máximo de bien: dejar actuar la salvación de la persona y de la comunidad.
Los apóstoles también fueron enviados a evangelizar y a expulsar demonios (Mateo 10,7.8), y volvieron felices porque los dominaban (Lucas 10,17). Sin embargo, hay gente que piensa que sacar de estos textos la conclusión de la existencia y de la acción del Demonio sería fundamentalismo bíblico o un retorno a ideas medievales. No es que me interese proclamar y dar a conocer la existencia de Satán, pero es necesario que el mundo conozca y ame a Jesús. Ahora bien, Satán es el gran enemigo de Dios, que pone un obstáculo a nuestro encuentro con el Señor.
Si ignoramos las clases de mentiras de las que siempre se vale, no podremos estar prevenidos contra sus ataques.
El Papa Pablo VI, en su célebre discurso del 15 de noviembre de 1972, decía: «Una de las principales necesidades de la Iglesia de hoy es la de los medios de defensa contra el maligno que se llama el Demonio. El mal no es una simple ausencia de algo, sino un agente efectivo, un ser vivo y espiritual, pervertido, perverso y que pervierte. Es ir contra las enseñanzas de la Biblia y de la Iglesia el negarse a admitir semejante realidad.» Hay que decir que el Padre Nuestro se termina con estas palabras: «Líbranos del Maligno», y no solamente «del mal», como se lo traduce generalmente (Mateo 6,13).
«La gran victoria de Satán —comenta el Padre Salvador Carrillo, doctor en Teología— es que ya no creemos en él; así le permitimos actuar con toda libertad. La Biblia habla poco del Demonio. En el Antiguo Testamento casi no aparece. Después de la venida de Jesús su influencia disminuye de nuevo, apareciendo solo en muy pocos textos. Es en los Evangelios, frente a la presencia salvífica de Cristo Jesús, donde se reaviva su acción y se revela su presencia.
¿Qué hay, pues, de extraño en que, en el momento en que vivimos esta manifestación poderosa del Cristo, se desencadenen las fuerzas del mal, como sucedió durante el ministerio de Jesús?» Insistimos en que la acción diabólica no debe ser centro de atención. Ella es solo sintomática, el signo de que Jesús está actuando poderosamente entre nosotros. Ha venido a liberarnos del poder del príncipe de este mundo, y ha ganado la batalla en la cruz. Satán está vencido; por eso a veces está rabioso, porque está encadenado. Jesús ya ha aplastado la cabeza del enemigo (Gén. 3,15).
Hay quienes proclaman e incluso exageran el poder y la acción de Satán, atribuyéndole todo lo malo, la primera dificultad o enfermedad que venga. Ven diablos por todas partes y quieren exorcizar el primer resfriado que tienen. Tal es el otro extremo. Se olvida que los enemigos del alma son también el mundo y la carne. A Satán le gustan dos cosas: que lo ignoremos o que le demos el papel principal. Su acción se manifiesta bajo tres formas: la opresión y la obsesión, que son las más generales, y la posesión, que es poco frecuente.
A. La opresión. Es la acción de Satán sobre los cuerpos o sobre las cosas. Por ejemplo, ruidos nocturnos, cosas que se mueven, luces que se apagan, voces, ciertas enfermedades extrañas que no tienen explicación médica, etc. Son acciones exteriores. Un obispo de las Antillas me envió un día a su prima, que sufría una enfermedad muy extraña. Oramos y el Señor la liberó. Después me pidió que fuera a su casa, porque sucedían cosas extrañas. Le dije que no quería, pues su obispo podía ir y bendecir su casa. El obispo fue y bendijo la casa.
Entonces el problema cesó. Todo fue muy simple, pues para Jesús todo es muy simple. Nosotros hemos distinguido los problemas fáciles de los problemas difíciles, pero para Jesús todos los problemas son fáciles; si no, no sería el Señor. Recuerdo otro caso muy importante. Un hombre llamado Julio Núñez, que solo podía caminar a cuatro patas como un pequeño animal, fue sanado por el Señor en una asamblea de oración. Su sanación tuvo tal impacto que daba testimonio por todas partes.
Una señora lo encontró un día y le preguntó: —«¿No eres tú el paralítico?» —«Sí, pero el Señor me enderezó.» Incluso lo invitamos varias veces a acompañarnos y a dar testimonio durante varios retiros de la maravillosa sanación que había recibido. Un año después, el párroco de San Francisco de Macorís nos pidió predicar un retiro carismático. Invité a Julio Núñez, pensando que su testimonio sería más fuerte por ser miembro de la parroquia. A mi llegada, mientras me informaba de él, una señora se acercó y me dijo tristemente: —«Padre, Julio ha recaído.
Sí, Padre; solo puede caminar a cuatro patas.» —«¿Desde cuándo?» —«Desde hace cinco días.» Lo mandé buscar a caballo. Comenzamos a orar pidiendo su sanación. Yo le decía al Señor: Señor, no vas a hacernos esto, aquí, en la parroquia de Julio; ¿qué va a pensar la gente? Pero el Señor no lo sanaba. Entonces comenzamos a orar en lenguas y me vino a la mente como un relámpago el nombre «espíritu de enfermedad». Entonces tomé autoridad, en el nombre de Jesús, y dije: Espíritu de enfermedad, te ordeno, en el Nombre de Jesús, salir y dejar en libertad a este hijo de Dios.
Te ordeno, en el Nombre de Jesús, ir a postrarte a sus pies para que él disponga de ti, y te prohibo volver a molestar a esta persona, que es hijo de Dios, y nada en él te pertenece.
Julio sintió un escalofrío y, con toda sencillez, se levantó y comenzó a caminar. Satán lo oprimía para que no pudiera dar el testimonio de su sanación. Pero Dios es más inteligente y restableció a Julio. Su testimonio fue doble: el de su sanación y el de su liberación de la opresión. En la oración en lenguas el Señor vino en ayuda de nuestra debilidad y nos dio un discernimiento carismático para decirnos lo que le sucedía a Julio. Sufría de un espíritu de enfermedad.
Esto puede parecer extraño a quienes no han leído el Evangelio, pero allí se encuentra un caso muy parecido: Había una mujer a la que un espíritu hacía enferma desde hacía 18 años; estaba toda encorvada y no podía enderezarse en absoluto (Lucas 13,11). Jesús hizo una liberación cuando le dijo: «Mujer, estás liberada de tu enfermedad.» En los Hechos de los Apóstoles se constata que la gente llevaba a los apóstoles enfermos y personas atormentadas por los espíritus (Hechos 5,16).
B. La obsesión. Llamamos obsesión a la influencia o acción del enemigo sobre la mente de las personas. La opresión se manifiesta en el plano exterior o material; la obsesión, en cambio, se manifiesta en el interior. Hay personas atormentadas por espantosas obsesiones sexuales, ideas de suicidio, un espíritu de blasfemia, de autodestrucción, de desprecio, o un espíritu que se siente indigno del perdón de Dios, etc. En estos casos, a veces la causa no es solo física o psicológica, sino que uno está atormentado por una obsesión que hace esclavo y quita las fuerzas que hacen victorioso.
La obsesión es como una tentación, pero en lugar de ser pasajera es permanente; además, tiene una fuerza y una intensidad que superan nuestras capacidades humanas de vencerla. Un día, en México, me trajeron a una mujer que sufría desde hacía años extraños sufrimientos. Oramos por ella y le pedimos que dijera con nosotros el Padre Nuestro. Pero no podía decir: «Perdónanos, como nosotros perdonamos a quienes nos han ofendido.» Tenía un gran rencor, pues un enemigo, para vengarse de su familia, había lanzado un maleficio sobre ella.
Después de eso comenzó a sufrir mucho y a odiar a ese hombre. No era un simple resentimiento sino una verdadera esclavitud. Oramos por su liberación sin resultado. Entonces recordé a aquel joven que los discípulos no habían podido liberar del lazo de Satán y que llevaron a Jesús. Así pues, nos acercamos al Santísimo Sacramento y pedimos a Jesús que la liberara por su sangre preciosa. El Señor la liberó de inmediato del espíritu de hechicería y del rencor. Por primera vez después de mucho tiempo pudo recitar el Padre Nuestro.
En República Dominicana había un hombre casado con una mujer que tenía dos niños pequeños. Pero él no lograba abandonar la prostitución. Era un deseo superior a sus fuerzas y que no podía dominar. Se esforzaba en hacerlo sin resultado. Entonces hicimos una oración de liberación por él, sin resultado, hasta que comprendimos que no solo había que expulsar el espíritu impuro, sino invitar a ese hombre a arrepentirse y a acercarse al sacramento de la reconciliación y de la Eucaristía. Entonces el Señor hizo su obra y fue liberado de su obsesión.
En Quebec había una religiosa que, cuando iba a comulgar, tenía en la mente como una imagen llena de blasfemias. Lloraba y sufría mucho a causa de eso. Habló con su confesor, que le aconsejó orar a la Virgen María. Ni las penitencias ni los ayunos le daban resultados. Un día, un sacerdote carismático de Quebec fue al convento, oró por ella, para que fuera liberada de ese espíritu de blasfemia. Quedó completamente restablecida gracias a esa oración.
En el Nuevo Testamento hay diferentes clases de espíritus que hay que conocer: — Espíritu inmundo o impuro, que es el más frecuente (Mateo 12,43; Marcos 1,23.26.27; Marcos 3,11; 5,2.8.13; 7,25) (Lucas 4,33-36; 6,18; 8,29; 9,25-42; 11,24). — Espíritu mudo (Marcos 9,17). — Espíritu sordo y mudo (Marcos 9,25 b). — Malos espíritus (Lucas 7,21; Hechos 19,12). — Espíritus malvados (Lucas 8,2). — Espíritus de adivinación (Hechos 10,16). — Espíritu del mal (Efesios 6,12). — Espíritus engañosos (1 Tim. 4,1).
a) La oración de liberación. El ministerio de liberación se realiza gracias al nombre de Jesucristo y a su poder. Es en su nombre como oramos al Padre y resistimos a las trampas del Enemigo. Es con su poder como liberamos de toda opresión y obsesión. Esta liberación tiene dos aspectos: — orar al Padre en el Nombre de Jesús para que libere a la persona de todo lo que la hace esclava. Este aspecto es evidente y no exige aclamación. — ordenar por el poder de Cristo, que dijo: En mi Nombre expulsarán los demonios (Marcos 16,17).
No se trata de una petición sino de una orden de dejar a la persona libre y en paz. Esta autoridad se ejerce en el Nombre de Cristo Jesús. La oración más simple y eficaz está en San Pablo: En el nombre de Cristo Jesús, te ordeno salir de esta mujer (Hechos 16,18). Algunos expulsan el espíritu pero no le prohíben volver, olvidando esta palabra del Evangelio: El espíritu vaga por lugares áridos en busca de reposo, y puede volver con otros siete más fuertes que él. (Mateo 12,43-45). Hay que darle la orden: «Te prohíbo volver» (Marcos 1,25).
Para hacer esta oración, hay que pedir primero la protección del Señor. Así, así como en la noche de Pascua los dinteles de las puertas de los hebreos, protegidos por la sangre del cordero pascual, eran respetados por el ángel exterminador, del mismo modo la sangre del Cordero de Dios nos cubre, nos protege y nos libera de toda influencia del mal. Generalmente hago una oración como esta: «Reclamo sobre mí y sobre los que están aquí la Sangre del Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, para que nos purifique de todo pecado y nos proteja de toda influencia del Maligno.»
Recuerdo uno de los primeros casos de liberación, en el que cometimos errores pero que nos enseñó mucho.
Sin pedir una protección previa, hicimos una oración de liberación por una persona en un grupo de oración donde había más de treinta personas. Oramos y ordenamos al espíritu salir en el nombre de Jesús. Esa persona se levantó liberada, pero enseguida otra persona manifestó los mismos síntomas. Oramos de nuevo y el Señor la liberó, pero el problema se había desplazado de nuevo a otra persona.
Además de que no habíamos pedido la protección del Señor, aprendimos una cosa para toda la vida: — No basta expulsar el espíritu, sino que hay que prohibirle volver (Marcos 9,25) y enviarlo al pie de la cruz para que el Cristo disponga de él. — Esta oración debe hacerse en comunidad reducida, en un lugar privado, sin curiosos ni niños. — El grupo debe estar formado por personas maduras y prudentes, que no vean diablos por todas partes pero sepan discernir su influencia y su presencia. — Tomamos autoridad sobre todo lazo y lo rompemos en el Nombre de Jesús, por su Sangre Preciosa y sus llagas gloriosas.
Otro aspecto importante: no basta expulsar las tinieblas; hay que encender la luz de Cristo. Si evangelizamos auténticamente, llevando a Cristo a los demás, evitaremos muchos casos de liberación, pues cuando Cristo Jesús, el más fuerte, entra, expulsa al más débil (Lucas 11,22). La luz rechaza las tinieblas (Juan 1,5). La liberación eficaz solo puede realizarse dentro de una evangelización integral. Expulsar espíritus por expulsarlos no tiene sentido alguno. Jesús envió primero a sus apóstoles a anunciar su Reino, no a expulsar demonios.
La expulsión es una consecuencia de la evangelización (Mateo 10,7.8). En general, me rehúso a orar por la liberación de personas que no están comprometidas en un proceso de conversión.
b) Autoliberación. En los casos de obsesión y de opresión podemos hacer una oración de autoliberación teniendo en cuenta todo lo que acaba de decirse. Por la fe de nuestro bautismo compartimos la victoria de Cristo y recibimos de su Nombre la autoridad para expulsar los espíritus que nos inquietan, estorban y perturban. Por el poder de Cristo, la persona se declara libre gracias a la Sangre de Jesús. Según el caso y el discernimiento carismático, se puede hacer la siguiente oración: «Espíritu de (suicidio, desprecio, impureza, rencor, miedo, etc.), te ordeno, en el Nombre de Jesús, alejarte de mí e irte a los pies de Jesús para que él disponga de ti. Te prohíbo, en el Nombre de Jesús, volver a hacerme daño.»
C. La posesión. Es muy rara y solo debamos pensarla en último lugar, después de haber agotado las otras posibilidades. Proviene del hecho de que la persona ha entregado su voluntad conscientemente a Satán, vendiendo su alma, firmando pactos satánicos con su sangre, o perteneciendo a personas consagradas por sus padres al Diablo, como hacen algunos brujos. Esta esclavitud es tan fuerte que la persona pierde su voluntad y la posibilidad de liberarse de sus cadenas. Entonces se necesita un poder superior a través de un exorcismo litúrgico. Este exorcismo formal lo hace el obispo o un sacerdote delegado por él para ese ministerio, y se realiza acompañado de muchas oraciones y ayunos.
VII AYUDAS PARA LA SANACIÓN
Ciertos autores, señalando obstáculos a la sanación, hacen una lista de los actos o actitudes que bloquean la acción del Señor. Eso parece discutible, pues Jesús es el maestro de lo imposible y nada puede impedir su acción «salvífica». Es libre y poderoso, y puede actuar con nuestra colaboración o sin ella. Actúa de un modo o de otro a veces. Es cierto que nos sana gratuitamente. Por ejemplo, se afirma que la falta de fe es una causa por la cual el Señor no nos sana. Sin embargo, yo soy testigo de sanaciones entre musulmanes y gente sin fe.
Dios es mucho más grande que nuestra falta de fe. No podemos imponerle reglas de conducta. Sus caminos no son los nuestros; son mejores (Isaías 55,8). Por esta razón prefiero hablar de medios y de ayudas que favorecen la acción de Dios. La gracia de Dios es eficaz, pero si cae en un terreno preparado, entonces puede dar frutos más abundantes.
A. Evangelizando. Lo peor de todo sería disociar el ministerio de sanación de su contexto de evangelización. La sanación aislada y separada del anuncio explícito de la salvación en Cristo Jesús es fácilmente mal comprendida. La promesa de Jesús: En mi Nombre expulsaréis los demonios, hablaréis lenguas nuevas, impondréis las manos a los enfermos y serán sanados, viene inmediatamente después de la orden: Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a todas las naciones (Marcos 16,14-16).
Evangelizar es instaurar la salvación integral del hombre por Cristo Jesús, salvación que se extiende al cuerpo, al alma y al espíritu. Sanar sin anunciar la Buena Nueva de la salvación es obra de curandero. La sanación realizada por Dios está siempre en un contexto de evangelización. Jesús envió a sus Apóstoles a evangelizar y, por ese medio, a sanar a los enfermos. No solo a sanar sino a proclamar un mensaje. Ambas cosas van siempre juntas. La última palabra del Evangelio de Marcos es: Ellos partieron a predicar; por todas partes el Señor colaboraba y confirmaba la Palabra con los signos que la acompañaban.
Por eso no me gusta orar por los enfermos si no puedo proclamar que Jesús está vivo y dar algunos testimonios que demuestren que el Evangelio es verdadero y que se vive hoy. Yo soy testigo de la multiplicación de los milagros y de las sanaciones cuando se anuncia a Jesús. No comprendo cómo puede haber todavía personas que se sorprendan y no acepten los milagros. A mí, lo que más me sorprendería sería que Jesús no cumpla sus promesas de sanar a los enfermos cuando anunciamos su Nombre.
Durante el congreso de Quebec, en 1974, me pidieron una sesión sobre los signos que acompañaban la evangelización. La sala de conferencias estaba llena de 2000 personas. Como había mucho ruido en el pasillo, salí yo mismo a cerrar la puerta para que todos estuviéramos más recogidos.
En el pasillo había una señora en una silla de ruedas, que ya no caminaba desde hacía cinco años y medio. La invité a entrar, pero me respondió: «Me gustaría, pero no me dejan entrar, porque la sala está llena y no puedo caminar.» «Venga», le dije, y empujé la silla. Cerré la puerta y comencé mi conferencia, insistiendo en la importancia de anunciar a Jesús resucitado, que sana y salva a todo hombre y a todos los hombres. Di el testimonio de mi sanación y dije cómo el Señor sana por su amor.
Subrayé la importancia del testimonio de las maravillas del Señor en nuestra vida. Un hombre se puso de pie y dijo: Soy cristiano y creo en Dios. Pero soy médico y creo que, antes de afirmar que estamos sanados, deberíamos hacernos un examen médico que lo confirme, como en Lourdes. Como médico, usted tiene derecho a hacerlo; pero cuando alguien recibe una sanación como fue mi caso, no puede esperar lo que digan los médicos para dar gracias a Dios. Él replicó diciendo que debíamos ser prudentes, etc., y usaba palabras que yo mismo no comprendía.
Sus palabras eran como hielo que caía sobre la asamblea, pues yo no sabía qué responderle. Mientras ese médico, en su sabiduría y su prudencia, sembraba la duda en la asamblea, la señora de la silla de ruedas, a la que yo mismo había hecho entrar en la sala, sintió una fuerza invadirla, se levantó y comenzó a caminar sola por el pasillo central. Hacía cinco años y medio que, a causa de un accidente de automóvil, ya no caminaba. Le habían extraído las rótulas en una operación delicada. Y, por tanto, médicamente no podía caminar.
Pero el Señor la hizo levantar ante los aplausos y la admiración de todos. Unos lloraban, otros la felicitaban. Su nombre era Hélène Lacroix. Al llegar al micrófono, nos dio su testimonio. Cuando terminó y la gente aplaudía, me dirigí al médico y le pregunté si creía que valía la pena esperar un examen médico o si no debíamos ya dar gracias a Dios. Se arrojó de rodillas en el suelo. Era el más emocionado de todos. Se sentía apenado y avergonzado de haberse puesto en ridículo.
Le dije: No se preocupe; Dios quería hacer hoy un gran milagro y se ha servido de usted para manifestar su Gloria, diciendo: «Como el Père Émilien no puede responderte, Yo te responderé.» Tal fue la primera sanación física que vi con mis propios ojos, precisamente evangelizando.
B. En la fe de la espera. La fe es como un canal poderoso que favorece el agua viva de la salvación para que inunde nuestras vidas. La fe nos hace entrar en comunión con Dios mismo y participar de su salvación integral, con sanación física o interior. La fe es tener confianza, depender de Dios y entregarse sin condiciones a Él, a su designio sobre nuestra vida, renunciando a nuestros planes y medios de salvación. Es decir, la fe nos hace fijar los ojos en el Señor Jesús, que murió por nosotros y resucitó. Hay gente que tiene los ojos fijos en ella misma y no en el Señor.
Piensan más en su sanación que en Aquel que sana. Se trata de tener fe en Jesús, no fe en nuestra fe. Esta última no sirve de nada. El mayor acto de fe es creer que Dios es más grande que nuestra pequeña fe y que no puede depender de nosotros. Llamamos «espera en la fe» a la certeza y la confianza de que tenemos un Dios que actúa según sus promesas, sabiendo que quiere sanarnos. Cuando creemos de esta manera, es como si, en lugar de tender cables finos, tendiéramos cables enormes, para que la acción de Dios tenga un voltaje poderoso.
Yo, generalmente, no acepto orar por los enfermos sin haber edificado antes su fe con algunos testimonios, para que esperen y confíen en el Señor, que quiere sanarlos. Un día concelebraba la Eucaristía con un obispo. Su homilía fue una joya; mostraba brillantemente el valor de la cruz y del sufrimiento.
Después de la comunión me sorprendió, pues me pidió orar por los enfermos, y le respondí: Monseñor, su homilía sobre la cruz ha sido tan bella que ya nadie va a querer sanar ahora; pero, si usted me permite hablar del poder de la cruz y de la sanación como signo del amor de Dios... Jesús nos ha prometido que obtendríamos lo que creyéramos haber recibido ya (Marcos 11,24). El Evangelio está lleno de personas que piden y reciben, buscan y encuentran, llaman y les abren la puerta. Dios nos pide ser simples en nuestra fe.
Sin embargo, hay gente que ora así: Señor, si esta es tu voluntad, y si me conviene para mi santificación y mi salvación eterna, entonces sáname.
Hay quienes ponen tantas condiciones que estas parecen excusar su falta de fe. Debemos ser pobres que dependen por completo de su padre. Un niño jamás le dice a su madre: —«Mamá, si me conviene, si no le hace mal a mi colesterol, dame un huevo.» El niño pide simplemente, y la madre sabe lo que le conviene o no. Debemos ser pobres y humildes para pedir con la confianza de recibir. Otros limitan el poder de Dios y dicen: —«Señor, estoy enfermo del corazón, de la garganta y de la rodilla, pero con tal de que sanes mi corazón me bastaría.»
Esos también oran mal. Hay que pedir el paquete completo, sin poner límites a la acción de Dios. Él es magnánimo y da en abundancia. Si posee y da el Espíritu Santo sin medida, es también sin medida como concede sus dones. Cuando el papa León XIII celebraba sus 50 años de episcopado, un cardenal quiso halagarlo: —«Pedimos a Dios que le dé todavía 50 años semejantes.» Y el papa replicó con sagacidad: —«¡No impongan límites a la Providencia divina!» El 13 de junio de 1975 fui al campo a celebrar la fiesta de san Antonio.
Confesé, prediqué y salí rápidamente de la Sacristía, pues todavía tenía algunos bautismos que hacer y muchas otras cosas. Una jovencita vino a mi encuentro, tomando a su madre de la mano, y me dijo muy decidida: —«¡Padre, ore para que mi madre sane!» Yo le respondí un poco enojado: —«Pero acabamos de hacer la oración por todos los enfermos.» Entonces ella, con la fe de la mujer sirofenicia del Evangelio, dijo: —«Es que mi madre es sorda y no se dio cuenta del momento en que usted oró.»
Sentí compasión por esa gente tan pobre y tan simple, le hice señas de sentarse rápido, y toda mi oración fue: —«Señor, sánala, pero rápido, porque tengo mucho trabajo.» Enseguida me agaché y le pregunté a la madre: —«¿Desde cuándo es usted sorda?» —«Desde hace 8 años.» Me sorprendí al oírla, pues pensé que no debía haber oído mi pregunta. Entonces le hablé en voz más baja y le dije: —«Parece usted una buena mamá.»
Sonrió; ¡me había oído! Pero sobre todo fue el Señor quien había escuchado nuestra oración tan original. Ella sintió como un soplo rápido que entraba en sus oídos y los destapaba. Entonces pude verificar la verdad de esta palabra del Señor: Antes de que me llaméis, Yo os responderé; estaréis todavía hablando y ya os escucharé (Isaías 65,24). Y la convicción del creyente que afirma: La Palabra no está todavía en mi lengua cuando Tú, Yahvé, ya la conoces toda entera (Salmos 139,4).
La fe y la sanación están íntimamente ligadas, como lo dice de tan bella manera María Teresa G. de Báez, sanada por Dios de una artritis reumatoide, lo que hizo que toda su familia pudiera acercarse al Señor: No tengo palabras, pues hoy no debo dar gracias a Dios solo por mi sanación física sino también por algo más grande y más maravilloso, que es la fe, por la cual Dios se ha vuelto la palabra de mis cantos, la imagen de mis sueños y la luz de mis ojos. Paraguay-Asunción 25/8/1981.
C. Arrepentimiento. Favorece las sanaciones físicas e interiores. La enfermedad es en sí (no tal o cual en particular) el fruto del pecado. Si nos arrepentimos de nuestro pecado y nos convertimos a Dios, necesariamente cesarán las consecuencias del pecado. Basta leer I Cor. 11,30. Confieso que hay personas que viven en pecado y son sanadas por el Señor, pero también soy testigo de que la mayor parte de las que reciben la sanación son llevadas al arrepentimiento. Sin embargo, el camino normal es el que encontramos en el Evangelio: primero, la sanación del pecado.
«Tus pecados te son perdonados.» Después, la sanación física. «Levántate, toma tu camastro y camina» (Marcos 2,5-11). Una joven de 26 años, Altagracia Rosario, era sorda desde hacía 2 años y ciega desde hacía varios meses, y además una anemia la tenía postrada en cama esperando la muerte. Su madre la llevó a la 5.ª reunión de Pimentel, en 1975. Había tanta gente por todas partes que tuvo que acostarla en el suelo. La pobre enferma, sorda y ciega, sufría mucho y no se daba cuenta de lo que sucedía. Al día siguiente estaba completamente sanada: veía y oía perfectamente.
Pero lo más maravilloso no fue la sanación de sus ojos y de sus oídos, sino la entrada del Señor en su corazón y el abandono del pecado en el que estaba desde hacía mucho tiempo. Después se volvió catequista y dio testimonio en San Francisco de Macorís, su ciudad natal. Meses después, mientras vivía con alegría la nueva vida que Jesús le había dado, enfermó y tuvo mucha fiebre. El 18 de noviembre le dijo alegremente a su madre: Mamá, he oído la voz del Señor en mi corazón. Me decía que dentro de dos días vendría a buscarme para llevarme consigo.
Su madre le respondió: Altagracia, no digas eso. Es tu fiebre la que te hace delirar y pensar que es la voz del Señor. No lo repitas, porque se van a burlar de ti. Pero ella se lo decía a todas las catequistas que venían a visitarla. Y efectivamente, el 20 de noviembre murió feliz y cantando como un pájaro. Su entierro fue muy hermoso, en medio de cantos de alegría y esperanza. Había sido sanada por completo: no hubo luto ni lágrimas, sino dicha y gozo, pues había alcanzado definitivamente a aquel a quien amaba.
Una señora, Anette Giroux, de 28 años, sufría la enfermedad de Parkinson. Sus padres la llevaron a la misa de clausura del Congreso de Montreal, en Pentecostés de 1979. A la hora de la comunión, un sacerdote subió las gradas y vino a ofrecerle la comunión, pero ella le dijo: No, no puedo comulgar, porque vivo en pecado. Vivía desde hacía dos años en concubinato. Fue allí y en ese momento cuando decidió cambiar su conducta. Se arrepintió, se confesó, comulgó y asumió el riesgo de la fe.
Al volver a su casa, le dijo al hombre con el que vivía: A partir de hoy no me consideres ya como tu mujer, a menos que quieras casarte conmigo por la Iglesia. Dentro de tres días vuelvo a casa de mis padres. Tomó una habitación aparte, y dos días después se despertó con un gran calor en todo el cuerpo. Se levantó diciendo que ya no tenía dolor. Estaba completamente sanada. Así, sanada en su alma y en su cuerpo, volvió a casa de sus padres.
Dos meses más tarde se celebraba su boda en presencia de los grupos de oración que habían escuchado su testimonio. Ella se había arrepentido primero y después había sido sanada físicamente. En el caso del que vamos a hablar, sucedió exactamente lo contrario: Marino no había entrado en una iglesia desde hacía 10 años, pero fue sanado de su afición al alcohol, e incluso de su úlcera, el día en que su madre, Sara, dio el testimonio de su maravillosa sanación. Volvió todo contento a su casa.
Quería comulgar, pero no podía a causa de su situación matrimonial, pues vivía en adulterio con una mujer de la que había tenido hijos. Como la separación no era posible, y menos aún la unión con la primera esposa, pero tenía un gran hambre de Dios, hizo cama aparte y vivió con su mujer, durante algunos meses, como viven los hermanos y hermanas. Pudo comulgar el día de Pentecostés, y el Señor lo llenó de preciosos carismas para evangelizar.
Me acompañaba en numerosos retiros por el país, hablando a las parejas para que permanecieran fieles al Señor en el matrimonio.
Después de algunos años de ese difícil camino, el arzobispo, estudiando a fondo su primer matrimonio, encontró una causa suficiente para declarar nulo el matrimonio. Así pudo casarse por la Iglesia con la mujer con la que vivía. Fue una misa celebrada por el propio arzobispo. La Iglesia estaba llena de parejas a las que él había predicado la fidelidad conyugal. Lo importante es que el Señor quiere sanarnos por completo: cuerpo, alma y espíritu. A veces la sanación física ayuda a la conversión; a veces el arrepentimiento ayuda a la sanación física.
D. Perdonando. Con frecuencia hemos sido testigos de cómo el perdón dado a nuestros enemigos desencadena la acción sanadora de Dios. La oración que el Señor nos enseñó lo dice claramente: —«Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a quienes nos han ofendido» (Mateo 6,12). Otros textos también lo dicen. Por otra parte, casi siempre que Jesús promete la eficacia de la oración y la respuesta a nuestras peticiones, estas están ligadas y dependen del perdón (Mateo 18,21; Marcos 11,25).
Mucha gente piensa que perdonar es perder, y no se da cuenta de que es ganar, pues nos libera de nuestros odios y resentimientos. Nos hace semejantes a Jesús, que amó a sus enemigos y les perdonó, y nos abre al perdón y a la gracia de Dios. El testimonio siguiente lo muestra: «Una vez sentí que el Señor me pedía perdonar a una persona que me había hecho daño.
Como no estaba dispuesto a renunciar a la venganza, resistía y presentaba la siguiente excusa: Señor, ¿por qué quieres que ore por ella, si de todos modos tú eres tan bueno que la bendecirás aunque no te lo pida? Y una voz interior me respondió claramente: Necio, ¿no te das cuenta de que, orando por ella, el primer sanado eres tú? Perdonar es resucitar en nosotros la vida nueva traída por Jesús. Perdonar y pedir perdón es como el relámpago que anuncia una lluvia fecunda.
El testimonio de Évaristo lo muestra bien: Desde mi tierna infancia, problemas serios con mi padre me habían obligado a abandonar la casa. Yo pensaba que el tiempo sanaría todos esos amargos recuerdos de mi infancia, pero no fue así. Viví siempre con el peso de mi historia dolorosa. Dios me hizo la gracia de conocer la Renovación Carismática, que me liberó de muchos lazos, dando un gran impulso a mi vida de fe. Sin embargo, algo me faltaba. No tenía la alegría espontánea y natural que veía en toda la gente de la Renovación. Me sentía amargado y cansado de todo.
Así pasaron algunos años hasta que, en febrero de 1977, mi padre cayó gravemente enfermo. Sabía que tenía ante mí la última ocasión de reconciliarme con él, pero no tenía ni la fuerza ni el valor de hacerlo. El 13 de febrero, mientras agonizaba, yo luchaba conmigo mismo, pues sentía que no tenía fuerza para perdonarlo. Me puse en oración y le dije al Señor: Solo yo no puedo. Una voz interior me dijo muy claramente: Solo tú no puedes, pero en mi Nombre sí puedes. Todo es posible para el que cree.
Con la fuerza del Señor me acerqué a mi padre, lo abracé, perdonándolo de todo corazón. No solo eso, sino que también le pedí perdón con lágrimas en los ojos. El rostro agonizante de mi padre se transfiguró, o quizás era yo quien lo veía con otros ojos, pues el Señor me había transformado. Lo amaba con el corazón de Cristo Jesús y lo abrazaba con los brazos de Jesús. Desde aquel día comencé a entonar un canto nuevo a nuestro Dios, una alabanza de alegría que no ha cesado en 7 años. El Señor me hizo ver la gloria gracias a esa sanación interior a través del perdón.
Ahora soy feliz y proclamo alegremente que el Señor ha hecho maravillas en mí, y doy testimonio de que puedo todo en Aquel que me fortalece. Otro testimonio muy hermoso es el de Olga G. de Cabrera, en Guatemala. Durante 10 años sufrí intensos dolores en las piernas y los brazos, con deformaciones. Vi a 15 médicos por mi sanación, y uno de ellos me dijo que había que amputarme la pierna izquierda. El 1 de mayo de 1976 estaba completamente inválida. Debía pasar el resto de mi vida en la cama y en mi silla de ruedas, que tanto odiaba.
Sabía que había una misa para los enfermos en el gimnasio. Decidí ir en mi silla de ruedas. Me colocaron adelante. Cuando entró el cardenal Casariego, se detuvo ante mí, tomó mis manos entre las suyas y me dijo: —«El Señor te ama; hoy te va a sanar.» Cuando comenzó la oración de sanación interior, lloré mucho y perdoné de todo corazón a quienes me habían hecho tanto daño. Después, cuando el Père Tardif oró por la sanación corporal, sentí que algo me empujaba y me decía: «¡Levántate y camina!» Sentí un intenso calor y después un escalofrío.
Con los ojos llenos de lágrimas, me levanté y comencé a caminar hacia el altar. El Señor es tan maravilloso que me ha sanado física, moral e interiormente. ¡Que su Nombre sea bendecido y alabado para siempre! Gloria a Ti, Señor, Rey del Universo.
E. Oración en común. Jesús prometió: Os aseguro que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en esta tierra para pedir algo, lo que sea, lo obtendrán de mi Padre que está en los cielos. Pues allí donde dos o tres se reúnen en mi Nombre, yo estoy allí en medio de ellos (Mateo 18, 19-20). Dios ha dado un poder especial a la oración comunitaria. Y de ello hemos hecho amplia experiencia en nuestro ministerio. Por eso amamos tanto orar en comunidad.
Allí el discernimiento se enriquece, pues alguien puede tener una visión, otro un mensaje, aquel una palabra de ciencia, y todos oramos en lenguas. Inútil decir que el momento comunitario por excelencia es el de la celebración eucarística. Allí las sanaciones se multiplican. Desgraciadamente, hay gente con malas costumbres que, después de una oración comunitaria, quiere que oremos en privado por ellos. Generalmente nos negamos, pues eso significaría que la oración que acabamos de hacer no tuvo valor.
Resumiendo mi ministerio, puedo decir que existe una enorme diferencia entre una oración comunitaria y la oración personal por cada enfermo. Es cierto que durante estos últimos diez años, en cada uno de los retiros que he predicado, ha habido sanaciones físicas, mientras que no veo el mismo resultado cuando oro individualmente por la sanación física. Al contrario, cuando se trata de sanación interior, veo más resultado en la oración de sanación hecha por una persona en particular cuando es una comunidad la que dirige junto la oración por esa persona.
Pues el Señor dirige a menudo la oración de la comunidad dando a uno u otro miembro del equipo una palabra de ciencia o un conocimiento particular del problema por el que debemos orar. En conclusión, pienso que pocas personas tienen el don de sanación, pero que muchas comunidades tienen ese carisma. De un pueblo vecino vinieron quince personas a una de las dos reuniones de oración de Pimentel. Venían cantando, alabando a Dios y rezando el rosario. Era una peregrinación, y su oración se prolongó durante todo el camino.
Al volver a casa, compartieron lo que el Señor había hecho y se dieron cuenta de que las quince habían sido sanadas de algo. Entonces daban su testimonio todas juntas. Espero con impaciencia el día en que se pueda afirmar, como en el Evangelio: todos han sido sanados.
F. Oración del enfermo. También el enfermo debe orar. Es demasiado fácil pedir la oración de los demás sin fatigarse, como el que mandaría lavar su ropa sucia a otra parte sin ocuparse de ella personalmente. Esas personas buscan un alivio rápido y cómodo, sin esfuerzo de su parte. La sanación profunda solo se produce en la medida en que estamos en comunión permanente con el Dios que purifica y santifica. ¡Cuántas maravillas vemos en las personas que oran!
Si creyéramos en el poder de la oración, estaríamos más dispuestos a hacerla y le daríamos prioridad sobre cualquier otra actividad. Muchos dicen que se pierde el tiempo orando porque no se hace nada. Pero no se dan cuenta de que lo más importante no es lo que hacemos sino lo que Dios hace en nosotros durante la oración. Una persona de nuestro país nos asediaba siempre, a toda hora, en todo lugar, para que oráramos por ella. Cuando la encontraba en la calle, la evitaba, tanto insistía. Un día vino alguien de los Estados Unidos a predicar un retiro.
Al final de la conferencia, como de costumbre, la señora se le acercó y le pidió que orara por ella. Entonces esa persona se puso en presencia de Dios y sintió una voz interior que le decía: «No ores por ella; dile que ore ella, pues no cesa de fatigar a mis servidores.»
Este caso es muy distinto del que sucedió en el Congo: durante la misa de clausura de Brazzaville, el Señor hizo muchas sanaciones maravillosas. Mientras el sol se ocultaba, la gente salía tan feliz como si hubiera bajado del Monte Sinaí después de haber visto la gloria de Dios. Después de que todos hubieron abandonado el estadio alabando a Dios, el guardián cerraba las puertas y apagaba las luces. En las gradas vacías había quedado una mujer con su hijito de seis años, sentado entre sus muletas. El guardián le dijo: Señora, váyase, todo ha terminado y voy a cerrar las puertas.
No, no quiero irme; mi hijo todavía no está sanado. Voy a seguir orando. El cuadro era tan conmovedor que el guardián le permitió quedarse un poco más. Ella permaneció en oración dos horas más. A las 8 y cuarto de la noche, el pequeñito se levantó solo y comenzó a caminar sin muletas, a la luz de la luna, que con su palidez plateada hacía la escena más bella y más tierna: — Era la perseverancia en la oración de la que nos habla el Evangelio (Lucas 11, 5-8).
G. Intercesión de María. En el ministerio de sanación no podemos olvidar el poder de intercesión de María. Sabemos que ella no sana a nadie, pero puede interceder para que tengamos el vino que falta en nuestras vidas, como en Caná. El testimonio siguiente fue contado personalmente por alguien que forma parte de nuestra comunidad: —«Un día fui al ginecólogo porque tenía algunos problemas. Me dijo que había que operarme, y como yo vacilaba, me dijo: Tu enfermedad es progresiva.
Sé que tienes una gran fe; voy a darte un año para orar al Señor y pedirle que te sane, como dices que lo hace. Si no sanas, habrá que operarte. Yo acepté el desafío, pues sé que el Señor hace maravillas. Pocos días después, el Père Émilien Tardif nos invitó a mi esposo y a mí a organizar un retiro en Chicago. Aunque me sentía muy mal, no dije nada, pues estaba segura de que el poder de Dios me ayudaría a proclamar su palabra. En Chicago me sentí mal. Mi marido y el Père Tardif oraron por mí, pero la hemorragia continuaba.
Entonces me llevaron a un célebre cirujano de la ciudad, que confirmó la necesidad de la operación. Ante la imposibilidad de hacerla, pues yo estaba lejos de casa, solo nos recetó algunos medicamentos que, gracias a Dios, no tomé, pues, según dijo el médico al que vi después, me habrían hecho daño. Continuamos nuestro viaje de evangelización hasta Canadá, y mi estado empeoró.
Vi entonces a un segundo doctor, que no se explicaba cómo, estando tan débil, yo podía estar tan contenta; quiso hacerme ingresar en el hospital, pero yo tenía fe en Dios, mi Señor, y fuimos a la sesión que comenzaba ese día.
Al final del Congreso, la hemorragia había empeorado. Entonces fuimos al santuario de Notre-Dame-du-Cap y, mientras mi esposo y el Père Tardif oraban por mí, le dije a la Virgen María: Madre santísima, te amo y me abandono a tus cuidados maternales. Tengo vergüenza ante tu hijo Jesús. La fe me ha faltado para darle gracias, pues ya me está sanando. Tú pídele que me haga crecer en la fe en mi sanación. Abandoné por completo mis problemas en las manos de María, para que ella se encargara de ellos ante Jesús.
De vuelta en Santo Domingo, el Père Tardif me preguntó si tomaba el medicamento recetado por el doctor canadiense. Le respondí que lo había olvidado, pero agradecía a Dios por ello, pues así su gloria se manifestaba más claramente. Como me sentía admirablemente bien, no volví a ver a mi ginecólogo sino seis meses después. Me recibió con un poco de agresividad, diciendo: Si crees que vas a sanar predicando... predicar no sana; te equivocas. Yo estaba en paz, pues sabía que el Señor ya había hecho maravillas en mi vida.
Después me examinó y me dijo con sorpresa: Yolanda, es verdad, el Señor sana. Estás en perfecto estado. El Señor ha hecho la operación que yo iba a hacerte. ¡Cómo te ama! Doctor, Él también lo ama a usted. También quiere hacer una operación en su corazón para sanarlo y que usted se vuelva un hombre nuevo, que pueda gritar y proclamar que Jesús está vivo y que sana para la gloria del Padre.
También, como la mujer del flujo de sangre que tocó el manto de Jesús y fue sanada, Yolanda se acercó al vestido de Jesús que se llama María, la tocó y sanó. Jesús se ha revestido de la carne de María. Ella es como el manto que sana a todos los que lo tocan con fe (Marcos 6,56). Es ella quien tiene el mayor carisma de sanación. Sobre todo en la oración de liberación hemos constatado el poder de la oración de María para que Jesús rompa las cadenas que hacen esclavos a los oprimidos por el pecado o por alguna opresión u obsesión del Enemigo.
En varios casos hemos visto cuán eficaz ha sido el rosario. Yolanda cuenta otro testimonio: —Un día trajeron a nuestra tienda a un hombre que sufría una opresión; hacía ruidos extraños y se había vuelto sordomudo. Además, hacía ocho días que ya no comía. Ante la gravedad del caso, respondí que mi esposo no estaba y le dije que volviera. De esta manera me escapaba de una oración muy difícil, para la que no me sentía capaz.
Sin embargo, en ese momento oí una voz interior que me preguntó: —«Yolanda, ¿eres tú la que sana o soy Yo?» Entonces pedí perdón al Señor y reconocí que solo Él sanaba. Así que comenzamos la oración. Ese hombre se arrodilló y, en cuanto puse mis manos sobre él, comenzó a gritar y agarró mis dos manos con fuerza. Yo estaba muy impresionada y no sabía ni cómo hacer ni cómo hablar. Lo único que brotó de mi corazón fue la oración del Ave María.
En cuanto la comencé, el hombre perdió su fuerza y, cuando llegué al «Tú eres bendita entre todas las mujeres», él oraba conmigo. Al final estaba en paz y dijo simplemente: «Dame de comer.» Que la Virgen María puede interceder eficazmente ante su Hijo con la fuerza del amor, lo hemos aprendido y constatado más por la experiencia que por la teología.
H. Abandono. Oramos pero no podemos forzar la mano de Dios. Él puede tener un plan mucho más bello que el nuestro (Efesios 3,20). Puede sanarnos y darnos la sanación completa: el encuentro definitivo en la vida eterna, allí donde no hay ni lágrimas, ni luto, ni muerte. Por eso la actitud del abandono confiado en las manos del Padre es fundamental. Ese abandono es ya en sí mismo una gracia inmensa. Quien se abandona a Dios recupera la paz profunda que el mundo no puede dar. Recomiendo mucho la oración del Père Charles de Foucauld: «Padre, me pongo en tus manos.
Haz de mí según tu voluntad, cualquiera que sea. Te doy gracias. Estoy dispuesto a todo. Lo acepto todo con tal de que tu voluntad se cumpla en mí y en todas tus criaturas. No deseo nada más, Padre. Te confío mi alma. Te la doy con todo el amor del que soy capaz, pues te amo y necesito entregarme a Ti, ponerme en tus manos sin límite, sin medida, con una confianza infinita, pues tú eres mi Padre.» Este abandono, acompañado de la alabanza, obtiene sanaciones físicas e interiores que ni siquiera imaginamos.
La oración que muestra más el abandono y la fe no es la de petición sino la de alabanza. Alabar al Señor siempre y en todas partes. Hay millares de personas que dan testimonio en su vida de ese poder de la alabanza. Lo que no se obtiene pidiéndolo, siempre se puede obtener alabando.
Muchas personas que han pedido, orado y suplicado por su sanación solo la obtienen cuando se abandonan sin condiciones en las manos del Padre misericordioso. He aquí un testimonio: Sufría desde hacía cuatro años de una úlcera, pero a fin de junio de 1981 tuve que ir de urgencia al hospital, pues se me había perforado y tenía una hemorragia severa. Tres días después salí del hospital. Un gastroenterólogo me dio medicamentos y un régimen con un horario fijo para mis comidas.
Tomaba mis medicamentos, pero como debía viajar a menudo para predicar la Palabra de Dios, no pude seguir el régimen. A causa de ello, un año después, se presentó el mismo problema. Entré al hospital y se me hizo una endoscopia el 26 de mayo de 1981. Se descubrieron cuatro úlceras pre-pilóricas y una úlcera duodenal, una gastritis y una hernia de hiato. El doctor me dijo que necesitaba una operación y que debía reservar una semana para la intervención quirúrgica, pues prefería hacerla con calma y no de urgencia. Salí del hospital, pero a medianoche volvió la hemorragia.
Entonces estaba preocupado, temiendo tener que volver al hospital para la operación. Sin embargo, mi problema era más profundo: era el de la fe. Estaba un poco triste y casi un poco decepcionado del Señor. Confieso que me sentía un poco abandonado por Él. En lugar de orar, comencé a reclamar, diciendo: Señor, de verdad no te comprendo. Sabes que, a causa de mis viajes por las diferentes ciudades y los diferentes países para predicar tu Palabra, no puedo hacer el régimen adecuado. Sabes que en los retiros y las sesiones no siempre hay tiempo de comer a la misma hora.
Sabes que no puedo hacer todo lo que el doctor pide, y Tú, que puedes sanarme para que siga predicando tu Palabra, mira cómo me tratas.
Entonces oí claramente la voz del Señor que me decía: ¿Por qué temes a la noche que te lleva al nuevo día? Esa palabra fue espíritu y vida para mí. Creí en el Señor y me entregué sin condiciones al plan que tiene sobre mi vida hasta mi muerte. Poco me importaba ser sanado; solo contaba su voluntad sobre mí. Venga lo que viniere, yo estaba en sus manos y dependía de Él. Le firmé un cheque en blanco para que hiciera de mí lo que quisiera. Su camino era infinitamente mejor que el mío.
Era de noche, pero sabía con la certeza de la fe que la madrugada que anuncia la nueva creación me esperaba. Entonces volví a acostarme y me dormí en una paz completa. En ese momento supe que había hecho algo de mi vida. Algunas semanas después me sentía tan bien que abandoné el medicamento y ya no me preocupé del régimen. Seis meses después fui a predicar un retiro a Houston. Recordé que el Señor me pidió el acto de fe de viajar sin un centavo, en su dependencia total.
Yo resistía, pues quería aprovechar la ocasión para hacerme un examen profundo del estómago. Sin embargo, el Señor fue más fuerte que yo y me abandoné profundamente a sus promesas. De la manera más increíble proveyó todos los gastos de mi estadía y de mis análisis en el centro de Gastroenterología. Finalmente el médico me dijo lo que yo sabía: No necesita operación. Las úlceras han cicatrizado. Volví feliz a México, constatando una vez más que a quien se abandona al Padre de Amor no le falta nada. Hace ya dos años de eso. Me siento perfectamente bien.
No necesito ningún medicamento y ningún alimento me hace daño.
I. Orar en lenguas. La oración en lenguas es maravillosa. Como no sabemos orar como conviene, el Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra debilidad para interceder por nosotros con gemidos inefables (Romanos 8,26). No es ni el momento ni el lugar de querer justificar el don de lenguas. Es una realidad en la Iglesia de hoy. Solo quiero compartir mi experiencia: he visto muchas más sanaciones orando en lenguas que orando normalmente. Un día me invitaron a un programa de televisión en Bogotá, Colombia, pidiéndome orar por los enfermos.
Curiosamente, el programa solo duraba un minuto; por eso se llamaba el «minuto de Dios». Me parecía demasiado poco y reclamé, diciendo: Ustedes pasan 3 minutos de publicidad de cervezas y solo le dan un minuto al Señor... Comencé el programa tan apremiado por el tiempo que oré muy rápido. Al terminar, abrí los ojos y miré mi reloj; me quedaban todavía treinta segundos. Mi problema entonces era saber qué hacer con ese tiempo «enorme». Oré en lenguas frente a las cámaras de televisión.
Según el Père Diego Jaramillo, gran predicador carismático, muchas personas fueron sanadas en esa ocasión. La oración en lenguas facilita las palabras de ciencia y el discernimiento carismático. Es cuando estamos más disponibles cuando el Señor se sirve de nosotros, pues nos entregamos por completo a Él.
En el segundo encuentro carismático de Montreal me pidieron orar por los enfermos. Había 55 000 personas en la Eucaristía, que era transmitida por televisión. Oré mucho en lenguas y me llegaban palabras de ciencia que transmitía tal cual. Una de ellas decía: Hay una buena mamá que está sentada ante su televisor en su casa. Tiene los ojos enfermos y no ve nada. En este momento el Señor comienza a sanar sus ojos. Al final de la misa, un sacerdote que confiaba en mí se acercó y me dijo: ¿Estás loco?
¿Cómo puedes anunciar ante 55 000 personas que una persona ciega está ante su televisor? Su objeción era tan lógica que no pude responderle. Pero al día siguiente fui a visitar a mi familia, a 200 kilómetros de Montreal. Cuando llegué, alguien me dijo: Padre, cerca de aquí vive la señora cuyos ojos fueron sanados ante el televisor.
Yo estaba tan contento que fui a visitarla. Se llamaba Madame Joseph Edmond Poulin y tenía efectivamente 74 años. Había enfermado de la retina. Después de un tratamiento especializado, los médicos afirmaron que su enfermedad era progresiva e incurable. Una amiga le sugirió colocarse ante su televisor durante la Misa de sanación del Congreso de Montreal. Cuando dije la palabra de ciencia, ella sintió un gran calor en los ojos. Le pregunté si podía leer. Respondió que no. Entonces añadí: El Señor no hace las cosas a medias. Vamos a orar para que usted pueda leer la Palabra de Dios. Tres días después me llamó por teléfono para darme una buena noticia: leía la Biblia. El don de lenguas me había preparado para comunicar de parte del Señor lo que Él estaba haciendo.
J. Renuncia a Satán. Cuando se depende del poder de las tinieblas, se bloquea la acción salvífica de Dios. Por eso hay que renunciar explícitamente a todo ocultismo o esoterismo, magia, horóscopo y a cualquier otro tipo de adivinación y supersticiones. No se puede servir a dos señores ni pertenecer a ambos a la vez. Se está con el Cristo o contra Él. Con Él se amasa; contra Él se derrocha. Tal es el punto que considero esencial, pues por el poder de las tinieblas también se pueden obtener sanaciones. Para evitar la confusión es absolutamente necesario renunciar a todo contacto con las ciencias ocultas, amuletos, espiritismo y sortilegios, y a todo lo que usurpa el papel de Dios.
VIII CINCO CARTAS
En este último capítulo quiero citar algunos párrafos de mis últimas cartas circulares a mi familia y a mis amigos. Estas páginas darán una idea general de nuestra evangelización en el curso de estos últimos años. Sánchez, 30 de diciembre de 1980. Queridos padres y amigos: Quiero contarles algunos episodios de mi viaje a África, al Camerún y al Senegal. Partí de Santo Domingo el 4 de diciembre. Después de 18 horas de vuelo, llegué muy cansado al Camerún, a las siete de la tarde. Lo único que deseaba era descansar en una cama, pero una «agradable sorpresa» me esperaba en el aeropuerto.
Mientras presentaba mi pasaporte, me dijeron que le faltaba la visa. Les respondí que en Santo Domingo me habían asegurado que un canadiense no la necesitaba para entrar en el Camerún. Insistí, pero mis argumentos no contaban, pues el cambio de ley era reciente. Se me respondió simplemente: No puede usted salir hoy del aeropuerto. Pasará la noche aquí y mañana deberá entrar en Suiza para obtener su visa, y entonces podrá volver. Pero Suiza estaba a siete horas de avión. Una pareja francesa estaba en la misma situación.
Ellos estaban tranquilos y seguros de entrar en el país, pues decían haber puesto su problema en manos de la embajada francesa. Yo oré al Señor y le dije: No tengo a nadie a quien recurrir sino a Tí. Si eres Tú quien ha planificado estos retiros en el Camerún, Tú vas a abrirme las puertas. Pero si no viene de Ti, ya no tengo por qué entrar aquí. Lo dejo todo en tus manos. Oré un momento en lenguas. Y pusieron junto a mí a un policía grande y fuerte, como si yo pudiera escapar para ir a algún lado.
Pensé: si no puedo evangelizar el Camerún, por lo menos voy a evangelizar a este policía musulmán. Y comencé a hablarle de Jesús y de sus maravillas. Después de medianoche, el policía tenía más sueño que yo. Sobre eso llegó un mensaje telefónico con orden de dejarme entrar en el país. Un Hermano de La Salle se había ingeniado por todos los medios para conseguirme una visa de quince días. Fui a descansar a mi cama. Al día siguiente volví al aeropuerto para tomar otro avión. Los franceses estaban todavía allí, con el rostro triste y muy cansados, pues no habían dormido.
No podían entrar en el país y debían volver a París. Entonces aproveché para decirles: Yo no he puesto mi asunto en manos de hombres sino en las de Dios, y he podido entrar. Nuestro Dios es más poderoso que la embajada francesa. Esta primera experiencia de evangelización en África fue muy hermosa. Creía estar en la República Dominicana. Los rostros de la gente eran simples y alegres, las personas simpáticas y abiertas. Era el mismo clima, el mismo paisaje y el mismo Dios actuando con sus maravillas.
El sábado por la noche celebramos la Misa por los enfermos y Dios comenzó a repetir los signos y los milagros de Pimentel en 1975. Vimos muchas sanaciones sorprendentes. Entre otras, la de una niñita de cinco años que no caminaba y que, gracias a Dios, pudo hacerlo desde ese momento. Al día siguiente, en la misa de la catedral, invité a la madre de esa niña a dar su testimonio ante la gran asamblea. Después pedimos hacer caminar a la niña ante todos, frente al altar. La pequeña lo hizo a la vista de todos, que lloraban y alababan a nuestro Dios.
Hubo un trueno de aplausos en la catedral. Jesús estaba vivo en África. Durante el retiro, la mayor bendición que vi fue la de un misionero que había decidido abandonar su ministerio para casarse. Algunos amigos lo invitaron al retiro antes de que tomara su decisión final. Aceptó y el Señor lo pescó de nuevo. Volvió a dar su corazón al Señor y reafirmó su voluntad de seguirlo en su ministerio sacerdotal. El retiro terminó con una misa al aire libre con más de tres mil personas.
Había treinta y ocho sacerdotes que concelebraban la Eucaristía, y el Señor acompañó de nuevo la proclamación de la Palabra con signos y prodigios. A través de una palabra de ciencia, el Señor nos dijo: —«Hay aquí un joven de dieciséis años, sordo del oído izquierdo, a quien el Señor sana.» Al final de la misa, un joven se acercó al altar diciendo que era sordo y que tenía dieciséis años. El Señor acababa de sanarlo. Todos alababan al Señor. Al día siguiente continuaron los prodigios en una iglesia de Yaundé.
Una empleada de banco que era miope desde hacía trece años fue sanada por el Señor. Al día siguiente contaba a todos sus compañeros de trabajo el milagro del Señor. Como la conocían con sus gafas gruesas, y ya no las usaba, todos fueron a la Misa ese día. Había más de 3000 personas. Entonces tuvimos que poner el altar afuera, pues la gente no cabía en la iglesia. Durante la celebración de la Cena del Señor, una niñita fue sanada de su brazo izquierdo paralizado. Un policía cayó en el reposo en el Espíritu y fue sanado de la columna.
La madre superiora de una comunidad africana hizo también la experiencia del reposo del Espíritu y fue sanada de una úlcera. Las sanaciones fueron tan numerosas que sería imposible enumerarlas todas. En pocos días habíamos vuelto a ver todos los signos que identifican a Jesús como Mesías: los ciegos ven, los cojos caminan, los sordos oyen y los pobres son evangelizados. Después partí hacia el Senegal, donde docenas de sanaciones vinieron a recordar a ese pueblo que Jesús está vivo.
Un Misionero del Sagrado Corazón, al ver tan gran maravilla y la respuesta tan entusiasta de la gente, nos decía: —«He aquí precisamente lo que necesitábamos aquí. Sabía que el Señor vendría así entre nosotros, pues cuando los musulmanes ven que Jesús hace milagros, creen que está vivo y que es más que un simple profeta. Es lo que necesitábamos aquí.» Y no cesaba de repetir eso, a propósito de las sanaciones que habían hecho germinar y crecer la fe de la gente. Pero ¿en qué país del mundo no son necesarios estos milagros? No veo ninguno en el mundo.
El prefecto de Sangmelima, que era protestante, vino personalmente a despedirse y a agradecer por la sanación de su esposa, que estaba enferma del hígado, y por la de su hermana, que tenía mala circulación. Estaba muy emocionado y tenía un pequeño regalo en recuerdo de mi paso por Sangmelima: era un auténtico colmillo de elefante. Ese colmillo de elefante no cabía en mi maleta. Entonces lo envolví aparte y continué mi viaje. Sin embargo, tuve que pagar un suplemento por mi equipaje a causa de ese colmillo, que pesaba mucho. Casi lo olvido al bajar del avión.
En una mano llevaba mi pequeña maleta y en la otra el «pequeño regalo», que comenzaba a ser muy molesto y costoso. Al llegar a mi nuevo destino, una persona experta en la materia admiró una pieza tan fina y me dijo: Padre, este colmillo es de gran valor. Espero que no tenga problemas en el aeropuerto, pues son muy estrictos con el tráfico de marfil. Entonces mi vida cambió: tuve que comprar una maleta especial que cuidaba con más esmero que la mía propia.
Tenía cada vez más problemas en los aeropuertos: debía pagar una tasa de equipaje al partir y al llegar; tenía que orar así: Señor, soy testigo de que Tú abres los ojos de los ciegos. Ahora cierra los de estos señores para que no vean el colmillo. Tú sabes que es un «pequeño regalo». Cuando me alojaba en una casa, tenía que guardar y esconder ese «maldito» colmillo, a menudo bajo mi cama. Al volver de mis prédicas, lo primero que hacía era inclinarme para buscar mi colmillo de elefante.
A veces lo contemplaba algunos segundos, lo acariciaba y lo guardaba preciosamente. Un día estaba en oración cuando, de pronto, comencé a pensar en el precioso colmillo y en los cuidados y angustias que me había traído desde que viajaba con él. Entonces exclamé en voz alta: Señor, cuánta razón tenías al decir «Bienaventurados los pobres», pues cuando no tenía el colmillo de elefante no tenía problemas. Me levanté y regalé ese colmillo de elefante al superior donde estaba alojado, y la paz volvió de inmediato a mi corazón.
Desaparecieron los cuidados, y también las tasas de sobrepeso y hasta las distracciones durante la oración. Gracias a eso aprendí que los colmillos de elefante se llaman poder, dinero, gloria, cosas materiales, y que son siempre fuente de esclavitud. Lo peor es que nos postramos ante ellos y eso nos aleja del verdadero Dios. ¡Qué molestos son esos colmillos! ¡Cuántas tasas de sobrepeso pagamos por ellos! ¡Cuán pesados son, sobre todo cuando, además de los colmillos, llevamos al elefante entero!
Nosotros, que ponemos nuestra confianza en el Señor, no necesitamos bienes materiales; eso es lo que el Señor me había mostrado, Él, el Maestro de todas las cosas. Mi pasaje para el Camerún y el Senegal me costó $1780 dólares. Como era muy caro para esos países pobres, les rogué que no me dieran nada por mi trabajo. Ellos solo pagaron mi pasaje entre todos, es decir, $1800. Un sacerdote que supo eso me dijo: No es justo; has trabajado intensamente y solo te dan 20 dólares. Eso hace menos de un dólar por día. No te preocupes, le dije; el Señor nos lo devuelve al ciento por uno.
Al volver a mi parroquia me esperaba una montaña de cartas. Una de ellas decía: «Hemos pensado enviarte un pequeño regalo para la evangelización.» La palabra pequeño regalo me recordaba el colmillo de elefante, y solté la carta asustado. Era un hermoso cheque de $2000.00. Exactamente el ciento por uno. Me dio un escalofrío. No sabía que Jesús calculaba tan justo. Es verdad que es un buen judío y que entiende de finanzas.
La Romana, 10 de diciembre de 1981. Queridos padres y amigos: El domingo pasado, fiesta de Cristo Rey, celebramos en Santo Domingo nuestro segundo congreso carismático nacional. 42 000 personas representaban a 1500 grupos de oración de la República Dominicana; llenaron el estadio olímpico de la capital el 22 de noviembre, en una gran manifestación de fe en honor de Cristo Rey. El tema del congreso era «Jesucristo, Rey del universo». Fue extraordinario.
Desde las 9 de la mañana hasta las 6 de la tarde, bajo un cielo azul, en un ambiente de fiesta, cantamos, oramos y escuchamos las conferencias saboreando el amor de Dios nuestro Padre. A las once de la mañana, me tocó a mí hablar de «Jesús está vivo» y, enseguida, con todo mi equipo, hice una oración de sanación por todos los enfermos que habían venido en gran número de todo el país. El Señor nos bendijo particularmente. A las 14:30, a la hora de los testimonios, hubo muchos.
Entre otros, el de un hombre que había venido con muchas dificultades al Congreso y que recibió allí una sanación completa. A causa de un problema que había sufrido en el corazón, estaba paralizado del lado izquierdo y no podía caminar sin muletas. A las 14:30 subió a la tribuna solo, caminando sin sus muletas y, con sollozos en la voz, agradecía al Señor que acababa de sanarlo. El día de nuestro congreso carismático nacional, nuestro nuevo arzobispo, Monseñor Nicolás de Jesús López, nos dio una soberbia conferencia sobre la Renovación Carismática en el mundo de hoy.
Los pocos sacerdotes que todavía luchaban ferozmente contra la Renovación en la arquidiócesis parecieron molestos por la posición tan firme y tan franca de nuestro nuevo arzobispo. ¡Gloria al Señor! Tengo ahora la gran alegría de anunciarles que ya no soy el párroco de Sánchez. Es una alegría, pues no podía ser párroco y predicar retiros por todo el mundo. Fui liberado de mi cargo en abril pasado y ahora soy predicador de tiempo completo y residente de nuestra parroquia de La Romana, cuyo párroco es el Padre André Dumas. El Padre André estaba solo para 30 000 habitantes.
Al volver de mis viajes lo ayudo un poco, y eso es bueno para mí, pues hay que mezclar el trabajo parroquial y los retiros. Este año he sido testigo del Cristo resucitado en los cinco continentes. Omitiendo mil cosas importantes, quiero hablarles de lo siguiente: Después de las conferencias ecuménicas en Suiza, fui a Lisieux, Marsella y Paray-le-Monial. Después volví a República Dominicana para ir a un retiro sacerdotal en La Ceja, Colombia, y finalmente al retiro de Monterrey, México, donde me sucedió un curioso incidente.
Mi pasaporte ya no era válido; lo envié a la embajada canadiense de Caracas, Venezuela, para renovarlo. Se acercaba el día de mi partida para México y mi pasaporte no volvía. La víspera llamé a Caracas, donde me respondieron que me lo habían enviado. No podíamos hacer otra cosa que esperar con paciencia a que me llegara. Por la tarde me llamaron de Monterrey, México, preguntándome el número y la hora de mi vuelo. Les respondí que mi equipo iría sin mí, pues yo no tenía mi pasaporte.
Todos quedaron consternados, pues todo estaba preparado para acoger a 14 000 personas. Me prometieron pasar la noche en oración, confiándolo al Señor. Al día siguiente salí de la República Dominicana sin pasaporte. Hablé con el jefe de emigración, afirmándole que un canadiense podía entrar en los Estados Unidos con un permiso de conducir (el avión hacía escala en Miami antes de llegar a México). Me respondió: Si la compañía Eastern asume el riesgo de llevarlo a bordo, yo lo dejo partir. Hablé con el empleado de la Eastern y me dijo: Si la emigración asume el riesgo, lo llevamos a bordo.
Entonces oré diciendo: Señor, entonces eres Tú quien asume todos los riesgos... y tomé el avión para Miami. Al llegar, todos mostraban su pasaporte, su visa y su tarjeta de inmigración. Yo solo di mi permiso de conducir. El policía de control me preguntó: —«¿Qué es esto?» —«Mi permiso; es todo lo que tengo. Un canadiense puede entrar en los Estados Unidos con esto.» Se apiadó de mí y me dejó pasar.
Al tomar el vuelo de conexión para México, el oficial de inmigración, que conocía las leyes, me dijo muy enojado: No puede usted ir a México ni a ninguna parte con esto; ni siquiera puede quedarse en Miami. No sirve para nada. Cualquiera puede obtener su permiso en Canadá, y eso no significa que sea canadiense. Se entra en los Estados Unidos con una tarjeta de identidad y no con un permiso. Nunca lo dejarán entrar en México. Lo van a mandar de vuelta. Me había equivocado: había confundido el permiso de conducir con la tarjeta de identidad.
Gracias a Dios, pude partir, pero al llegar a México se presentaba otro problema, no menos grave. Entonces oré: «Señor, cierra los ojos de este hombre para que no vea lo que me falta.» El policía de control estaba tomándose un café; distraído, hablaba con su compañero... No miró el papel que le entregué. Puso el sello y entré en el país. El Señor, que cerró los ojos del empleado de inmigración, durante el retiro abrió los de una señora que era ciega desde hacía 5 años. Jesús es el maestro de lo imposible.
Después del retiro de Monterrey, celebramos una Misa por los enfermos en un santuario al aire libre; el altar estaba en medio de 6000 personas empapadas por una lluvia continua. Después de la comunión, el Señor sanó a un hombre que había perdido el uso de la palabra desde hacía algunos años, a raíz de una congestión cerebral. El Señor desató su lengua y gritó: «¡Gloria a Dios, Gloria a Dios!» Hubo un gran estupor entre quienes lo conocían, y lo llevaron al micrófono para que diera testimonio. Entonces dos cojos se levantaron y comenzaron a caminar.
Uno de ellos vino a dar su testimonio al micrófono mientras el párroco lloraba. Muchos sacerdotes que concelebraban con nosotros se dejaban conmover y lloraban. Yo reía y gritaba: «¡Jesús está vivo, lo ven!» He aquí el resumen de algunas de mis actividades del año. Ustedes me van a decir que solo les hablo de retiros. Pero es allí donde está mi corazón, allí está mi vocación: predicar por todas partes el amor y la misericordia del Corazón de Jesús.
La Romana, 10 de diciembre de 1982. Queridos padres y amigos: Espero que estén todos con buena salud, llenos de la alegría del Señor. Yo nunca he tenido tan buena salud y estoy feliz de ponerla al servicio de la Evangelización, pues es la salud que el Señor me devolvió hace 10 años. Incluso he pensado escribir un pequeño libro de testimonios en el que contaría lo que he visto durante 10 años de apostolado en la Renovación. No sé si tendré tiempo de hacerlo, pero la idea me vuelve muy a menudo. Trataré de escribirlo, y podría llevar por título: «Jesús me hizo testigo».
A finales de noviembre volví de la Polinesia francesa. Este último viaje ha sido uno de los más bellos de mi vida. Nunca había visto un pueblo tan simpático y tan acogedor de la Palabra de Dios. Allá viví un tiempo de Evangelización lleno de alegría y de bendiciones de todo tipo. Para darles una pequeña idea de la acogida de la gente, solo les diré que, cuando llegué al aeropuerto de Tahití a las 2 de la madrugada, después de 16 horas de avión desde Santo Domingo (hay dos veces más kilómetros que entre Santo Domingo y París), para mi gran sorpresa había por lo menos 200 carismáticos en el aeropuerto a esa hora.
Habían venido a recibirme con collares de flores, besos y cantos. Cantaban «Alabaré» con todo su corazón. Me pusieron tantos collares de flores que me tapaban los ojos. Habría necesitado tener el cuello de una jirafa. Dos días después comenzábamos el primer congreso para los líderes de la Renovación, que habían venido de varias islas de la Polinesia francesa. En el primer retiro en francés eran 220. Para quienes venían de las islas más lejanas, era necesario un viaje de 3 días de barco para 5 días de retiro.
Fue allí donde pude constatar su gran espíritu de sacrificio. No es de extrañar que hayamos sido bendecidos en abundancia. Viví de cierta manera acontecimientos semejantes a los de Pimentel en 1975. Los primeros misioneros que habían llegado a la Polinesia francesa, a Tahití, habían comenzado su trabajo en 1834. Este año, con ocasión del 150.º aniversario de la misión, se preparan retiros de evangelización en toda la diócesis. Nuestros retiros carismáticos forman parte de ese programa de conjunto. La generosidad de esa gente se manifiesta de mil maneras.
¡Jamás he recibido tantos regalos! 18 camisas, dos pares de zapatos, un traje azul muy elegante, etc. Cuando quise partir, todo eso no cabía en mi maleta. Entonces la comunidad de los católicos chinos me ofreció una bella y gran maleta, la más bella que he tenido jamás, para meter mis regalos. Tenía un sobrepeso de 50 libras y en el avión no me hicieron pagar un centavo de tasa. No olvidaré fácilmente a ese pueblo de Tahití ni al de las islas donde pasé cerca de un mes evangelizando entre corazones tan abiertos a la Palabra de Dios.
Después de haber predicado en dos islas diferentes y visitado varias comunidades de religiosas y de leprosos, con los que dije Misa, y después de un encuentro con hermanos misioneros, la última semana hice una conferencia por noche y celebré la Misa orando por los enfermos. Cada noche había alrededor de 3000 a 5000 personas. En lugar de la homilía había testimonios de personas que habían sido sanadas los días anteriores. El testimonio que más me impresionó fue el de un hombre completamente ciego de un ojo, que veía muy poco del otro y que iba a ser operado en breve.
Durante la Misa de los enfermos, en el momento preciso de la elevación de la hostia, vio una gran luz en la iglesia y sus ojos se abrieron. ¡Estaba sanado! Si a mi llegada me habían cubierto de flores, a mi partida me cubrieron de collares de conchas. Cuando caminaba con todo eso en el avión, hacía tanto ruido que la gente reía. He compartido esos regalos con la gente de mi parroquia, y es gracioso ver en el Caribe a gente con collares y camisas de Polinesia.
La Romana, 25 de octubre de 83. Queridos padres y amigos: Acabo de volver de Yugoslavia y tengo un gran deseo de saludarlos, esperando que estén en paz y en la alegría del Señor. Creo que no tengo derecho a callarme después de haber visto lo que he visto durante este largo viaje de Evangelización, que comenzó el 18 de agosto y terminó el 15 de octubre, día de Santa Teresa de Ávila. El 18 de agosto partí hacia Francia para participar en el encuentro de las comunidades carismáticas francesas en Ars, donde 4000 personas estaban reunidas para una semana de oración, reflexión y estudio en la alegría del Señor.
Fue un hermoso encuentro, muy bello y lleno de bendiciones de todo tipo. De allí partí hacia Yugoslavia. Mis compañeros de viaje eran el abad Pierre Rancourt, de Quebec, y el doctor Philippe Madre, diácono que es el pastor de la comunidad carismática de León de Judá, en Francia. Según testimonios y frutos que ofrecen todos rasgos de autenticidad, la Virgen aparece en Medjugorje, Yugoslavia, dejando un mensaje de paz, de oración y de penitencia.
Es cierto que la parroquia del Père Tomislav Vlasik se ha vuelto un centro de fe y de peregrinación donde se dan muchas conversiones. Llegamos a Medjugorje antes de la Misa de las 7 de la tarde, martes. El Père Tomislav nos invitó a concelebrarla con él. Más de 3000 personas estaban reunidas para la Eucaristía. Doce sacerdotes sentados en sillas, afuera, confesaban a largas filas de penitentes. Era una noche ordinaria. Se dice que el sábado y el domingo hay entre 7000 y 8000 personas desde hace 2 años.
Al final de la Misa, el Père Tomislav me dijo: Aunque el retiro no comienza hoy, hay aquí muchos peregrinos enfermos; ¿querrías dirigir una oración por ellos después de la Misa? Acepté con alegría, y un sacerdote traducía mi oración al croata. Desde esa primera noche, el Señor comenzó a sanar a los enfermos, que dieron su testimonio al final de la Misa. Al día siguiente había por lo menos 8000 personas. La noticia de las sanaciones se había difundido rápidamente. Eso comenzaba a intrigar a los guardias de la Seguridad Nacional.
Oramos y el Señor sanó a varios, que ya daban su testimonio. La noche del jueves había ya 14 000 personas, mientras que nosotros estábamos... en prisión. He aquí lo que sucedió: por la mañana habíamos dado una enseñanza al grupo de jóvenes, orando por el bautismo en el Espíritu, antes de ir a comer. Todos fueron bendecidos por el Señor. Algunos recibieron el don de lenguas y había mucha paz y alegría en la asamblea. Y volvimos a la casa parroquial para la comida.
Al final de la comida llegaron 3 agentes de la Seguridad Nacional, dándonos la orden de seguirlos con nuestros pasaportes para un interrogatorio. Estábamos detenidos. Fuimos conducidos a Citluk, a 7 km de allí, ante un tribunal que nos acusaba de haber turbado la paz de Yugoslavia y de haber predicado sin la autorización del gobierno.
Nos encerraron a los tres en un pequeño salón. Yo estaba entonces orgulloso de no haberme ido solo a Yugoslavia. La prisión era más fácil de soportar de a tres. Hacia las cinco, como hacía mucho calor, pedimos un vaso de agua; nos respondieron que no había vasos. La víspera habíamos ayunado a pan y agua por la paz del mundo, como hacen las religiosas, los sacerdotes y el grupo de oración todos los miércoles. Tenía ganas de que llegara el jueves, y llegó, pero con la prisión, sin pan ni agua.
Hacia las 18:15, hora del rosario en la iglesia, nos unimos a nuestros hermanos rezando el rosario en la prisión y terminábamos con la «Salve Regina». Un policía entró, furioso, dándonos la orden de callarnos. No sabía que los prisioneros no tienen derecho a cantar. Creo que nuestra paz y nuestra alegría los impresionaron. En la pared había una gran foto del mariscal Tito. Entonces le dije a Pierre Rancourt: «Sácame una foto, pues quiero tener un recuerdo de mi prisión en Yugoslavia.» Yo sonreía y señalaba con el dedo a Tito, diciendo: «Él es el culpable.»
Cuando funcionó el flash, los policías acudieron y se enojaron. Me pidieron la cámara. Yo temblaba como un niño travieso. Abrí el objetivo para que se arruinara el rollo y me salvé así de una situación comprometedora. Después de registrar nuestras maletas, nos dieron 24 horas para salir del país, si no, volveríamos a prisión. A la mañana siguiente, después de saludar a los sacerdotes y religiosas, que habían sido muy amables con nosotros y estaban tristes de vernos expulsados de esa manera, partimos en taxi hacia Zadar, a 350 km de allí.
Dos peregrinas americanas nos dieron 150 dólares para ayudarnos a pagar el taxi. En Zadar, ciudad turística a orillas del Adriático, embarcamos a las 21 horas para llegar a Rímini, Italia, a las 6 de la mañana. Allí tomamos el tren para Milán. Por la noche, el avión nos condujo a París, donde llegamos para la cena. Nos había tomado 2 días volver de Yugoslavia, pues no había manera de tomar un avión ese día. El Evangelio tiene razón cuando nos promete el ciento por uno y las persecuciones en el Nombre de Jesús.
En una próxima carta les contaré mis aventuras en el Congo, donde íbamos a celebrar el centenario de la Evangelización. Sean todos bendecidos.
La Romana, 15 de noviembre de 1983. Queridos padres y amigos: He aquí, pues, el relato de mi viaje a África y algunos de los prodigios que mis ojos vieron allí. El 19 de septiembre, por la noche, partí de París hacia África. Debía predicar 15 días en el Congo y después 5 días en el Zaire (ex Congo belga). El 20 de septiembre por la mañana llegué a Kinshasa, capital del Zaire. Muy bien recibido por los padres jesuitas, en particular por el Père Guy Verhaegen, s.j., asesor de la comunidad carismática de Kinshasa. Me había invitado a venir a dar un retiro a los líderes de la Renovación.
Descansé un poco del viaje de 8 horas de avión y fui a la embajada del Congo a solicitar mi visa. Al día siguiente, con mi visa en la mano, fui en barco de Kinshasa a Brazzaville, capital del Congo, viaje de apenas 10 minutos. Llegado al Congo, fui de inmediato a Linzolo, lugar de peregrinación a la Virgen, a 20 km de Brazzaville. Se iba a hacer el primer retiro. Una multitud de 3500 personas esperaba al aire libre ese retiro de 4 días. Después de saludar al Père Ernesto Kombo, S.J., que lo había organizado, comenzamos con el tema: «La fe en la Palabra de Dios».
¡Qué espectáculo el de millares de personas sentadas en el suelo, sobre manteles o pequeños asientos, tan atentas a la Palabra de Dios! Era una gran misión popular en ese centenario de la Evangelización y, al mismo tiempo, el décimo aniversario de la Renovación en el Congo. Yo daba dos conferencias por la mañana, una por la tarde, y celebraba después la Eucaristía con una homilía y una oración por los enfermos. Por la noche hacíamos una gran reunión de oración carismática, con todas las manifestaciones del Espíritu que el Señor quería darnos.
Una noche hicimos la adoración del Santísimo Sacramento expuesto en el altar al aire libre, cerca de la gruta. De las 9 de la noche a medianoche: oración espontánea, cantos y prédicas. En el Congo encontré una fe intensa y profunda, una fe como rara vez la he encontrado en mis viajes de Evangelización por el mundo. Imagínense la fe que necesita esa gente para quedarse cuatro días en retiro, en plena semana y sin hoteles para alojarse. Cada uno se organiza como puede, durmiendo al aire libre, tendiéndose sobre manteles y comiendo lo que había traído en su morral.
Dios, que no se deja vencer en generosidad, hizo brillar su gloria en esa ocasión. El gobierno del Congo está en manos de los marxistas desde hace 8 años. Después de la independencia del país, una democracia trató de instalarse, pero rápidamente el gobierno cayó y el comunismo tomó el poder. En 1977, el presidente Ngouabi, comunista, fue asesinado y reemplazado por otro comunista. Cuatro días después, unos policías se presentaron en la residencia del cardenal Émile Biayenda, de Brazzaville, ordenándole seguirlos para tener una entrevista con la autoridad.
El pueblo jamás pudo volver a ver a su Cardenal, pastor de almas que, a decir de todo el clero, tenía cualidades extraordinarias. Hace dos años, el papa Juan Pablo II visitó el Congo y, en Brazzaville, celebró la Eucaristía al aire libre en la alegría delirante del pueblo. Se dice que desde entonces el gobierno, dirigido por el coronel Dénis Sassou, parece haber mejorado sus relaciones con la Iglesia, sobre todo en este centenario de la Evangelización. Es, pues, en estas circunstancias que llegué a predicar, durante 15 días, retiros populares, invitado por el actual arzobispo de Brazzaville.
No he visto en ningún país del mundo tantas sanaciones como en el Congo durante esos retiros. El único país al que podría comparar el Congo, desde el punto de vista de los signos que acompañaron la Evangelización, sería la Polinesia francesa, donde el año anterior había predicado tres semanas de retiro. Era también un aniversario de Evangelización. Pero los signos fueron aún más fuertes y más conmovedores en el Congo. Leemos en Isaías: En aquel día, los sordos oirán las palabras del Libro y, libres de la sombra y de las tinieblas, los ojos de los ciegos verán.
Los desdichados encontrarán siempre más alegría en Yahvé, y los hombres más pobres exultarán a causa del santo de Israel (Isaías 29, 18-19). Más adelante afirma: Que el desierto y la sequía se alegren, y que la estepa florezca como una rosa. Se verá la gloria de Yahvé, el esplendor de nuestro Dios. Que las manos débiles se fortalezcan y que las rodillas vacilantes se afiancen. Decid a los corazones abatidos: Ánimo, no temáis; he aquí vuestro Dios. Los ojos de los ciegos se abrirán, así como los oídos de los sordos.
Entonces el cojo saltará como un ciervo y la lengua del mudo gritará su alegría. (Isaías 35, 1-6). En esos pocos días fuimos testigos de esos signos entre «los más pobres de los hombres». El Señor ha acompañado con toda clase de signos y prodigios su Palabra de Salvación. El Evangelio es verdadero y eficaz hoy, si de verdad creemos en el Señor. Desde la primera noche del retiro en Linzolo, después de la oración por los enfermos, una palabra del Señor me venía fuertemente al corazón: «Hay aquí un hombre que sufre mucho de la pierna derecha. Cojea y tiene dificultad para sostenerse sobre su pierna derecha.
En este momento siente un fuerte temblor y un gran calor en esa pierna. El Señor la está sanando. Tú, que sientes esa sanación, ten confianza. En el nombre de Jesús, levántate y camina.» Hubo un largo momento de silencio en la asamblea; nadie se movió. Como no todos comprendían el francés, había una traducción al dialecto de la región (el traductor era el Père Ernesto Kombo, que me acompañaba por todas partes). Entonces un hombre de 28 años se levantó y «saltó como un ciervo».
Tenía un pie vendado. Era cojo y sufría desde hacía mucho tiempo de la pierna derecha, lo que no le permitía trabajar. Para confirmar todo esto, apareció frente al público con el pie derecho vendado en un vendaje; y ya no cojeó jamás. La multitud aplaudía y todos alababan al Señor. Todos «veían la gloria de Yahvé» estallar ante sus ojos, con una lluvia de bendiciones y sanaciones que el Señor daba sobre esa tierra sedienta de sequía. Al día siguiente hubo numerosos testimonios. Un ciego recuperó la vista y daba testimonio agradeciendo al Señor.
Pero nuestra mayor sorpresa se produjo el segundo día, cuando una niñita de 10 años, sorda y muda de nacimiento, fue sanada. «Los oídos de los sordos se abrirán... la lengua de los mudos gritará su alegría.» Esa niñita, sorda de nacimiento, tan espantada al oír los cantos al final de la misa que se puso a lanzar gritos de pánico, tapándose los oídos con los dedos, se alejó. Poco a poco se calmó y, a la mañana siguiente, radiante de alegría, fue a la casa parroquial con su madre para mostrarnos que estaba sanada.
Le decíamos una palabra en francés y ella la repetía claramente. Estaba fascinada de poder repetir lo que decíamos, como un niño que aprende a decir papá y mamá. Esta sanación causó un gran asombro y la noticia se difundió hasta la capital.
Muchos otros testimonios nos llegaron después de la Eucaristía de cada tarde. La multitud crecía tanto que al final del retiro había por lo menos 5000 personas. Guardo un recuerdo inolvidable de ese primer retiro en Linzolo. Pero no era sino el comienzo. El domingo era la misa por los enfermos en la catedral. Tuvimos que celebrarla al aire libre, pues había más de 2000 personas en la concurrencia.
Durante esa Misa, el Señor quiso un signo muy claro de la verdad de su Palabra, como lo hizo cuando le dijo al paralítico del Evangelio: «Para que los hombres sepan que el Hijo del hombre tiene el poder de perdonar los pecados, levántate, toma tu camastro y camina» (Lucas 5, 24). Después de la oración por los enfermos, un hombre que sufría de hemiplejia desde hacía 8 años y no podía desplazarse solo sintió que el Señor lo sanaba. Una palabra de ciencia lo invitó a levantarse. Para estupefacción de todos, se levantó y caminó solo hasta el altar.
Allí, en el micrófono, agradeció al Señor con sollozos y algunas palabras. ¡Estaba sanado! Los dos días siguientes tenía lugar el retiro para los sacerdotes y las religiosas en Brazzaville. Dos Eucaristías debían ser celebradas en dos iglesias diferentes, a las que estaban invitados todos los enfermos. La primera fue celebrada afuera de la iglesia de San Pedro, con algunos millares de personas que llenaban la plaza.
¡Permanezcamos siempre unidos en la oración!
Prediqué sobre la «Eucaristía, sacramento de sanación», y el Señor vino a confirmar su presencia real en la Hostia consagrada sanando a dos paralíticos: una mujer de 35 años que habían traído en una camilla. Yacía en su cama desde hacía 2 años y medio. El Señor la hizo levantar después de la comunión. La ayudé dándole la mano, y pudo alcanzar el altar, subiendo con dificultad los 3 escalones del podio. Allí, loca de alegría, se puso a bailar ante la multitud. Fue el delirio en la asamblea.
Entonces, un hombre paralítico, que había sido traído en brazos de sus amigos, se levantó también y, tranquilamente, avanzó hasta el altar. Las sanaciones de todo tipo se multiplicaban. Jesús volvía a decir a su pueblo: «Fortaleced las manos debilitadas y afirmad las rodillas que vacilan. Decid a los corazones desfallecientes: No temáis; he aquí vuestro Dios.» El martes ya no pudimos celebrar la Misa en el interior de las iglesias. Tuvimos que ir al estadio de la parroquia Santa Ana, que contenía 15 000 personas.
A las tres de la tarde, el estadio estaba repleto, y había más gente afuera que adentro. Hubo que cerrar las puertas. La Eucaristía fue concelebrada por el Arzobispo y varios sacerdotes. Prediqué sobre los signos que Jesús anunció a los discípulos de Juan Bautista, cuando le preguntaron: «¿Eres el Mesías o debemos esperar a otro?» Jesús les respondió: «Id y decid a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos caminan, los leprosos son sanados y los sordos oyen... y la Buena Nueva es anunciada a los Pobres» (Lucas 7, 18.23).
Después de la oración por los enfermos, varias personas fueron tocadas por la potencia del Espíritu. Al día siguiente los testimonios fueron numerosos. El que más nos sorprendió fue el de un niño sordomudo de nacimiento, sanado en el estadio. Su padre, profesor del colegio de Brazzaville, organizó una fiesta con sus amigos esa noche para agradecer a Dios su milagro. Al día siguiente, él, que estaba afiliado al partido comunista, fue a la Oficina Central a devolver su carné del partido, diciendo: «Ya no necesito esto. Dios existe. Ha sanado a mi hijo».
Fue a partir de ese momento cuando comenzaron a manifestarse las reacciones en el gobierno. Los agentes de la seguridad nacional estaban verdaderamente intrigados por todo lo que sucedía. Una noche vino un miembro del gobierno a prevenirnos de un gran malestar que reinaba en el gobierno comunista: los agentes de la seguridad nacional comenzaban a enojarse. Nos dijo: «Prepárense, porque Lenin está en peligro.» Nos reímos mucho. Al día siguiente nos dijo de nuevo: «hay cada vez más críticas entre los miembros del partido... Marx está muriendo».
Durante todas nuestras prédicas teníamos espías del gobierno que nos seguían por todas partes. A la mañana siguiente partimos en un pequeño avión para predicar a Pointe Noire, a 700 km de Brazzaville, y a Louteté. En los diez años de mi ministerio de sanación jamás había visto tantas bendiciones derramadas sobre una multitud durante la celebración de una eucaristía como en esa primera Misa en Pointe Noire por los enfermos: los cojos caminaban, los sordos comenzaban a oír, los mudos gritaban y los ciegos recuperaban la vista.
Quisimos poner por escrito los testimonios: las sanaciones de la primera Misa superaban el centenar. Era verdaderamente el gran regalo del centenario de parte de un Dios rico en misericordia. «Los pobres se alegraban a causa del Santo de Israel.» El testimonio de mayor impacto fue el de un pastor protestante, paralizado desde hacía años después de una hemiplejia. Precisamente, antes de la Misa, lo habían sacado de un taxi y transportado en una silla. Dios, que es verdaderamente Padre y quiere unir a sus hijos en el amor, sanó a ese pastor protestante durante la celebración de la Eucaristía.
He aquí un verdadero ecumenismo de parte de Dios. Al día siguiente, a la hora de los testimonios, ese hombre se levantó solo de su silla, se dirigió tranquilamente al micrófono sin ayuda de nadie y, allí, con sollozos en la garganta y las manos elevadas al cielo, agradecía al Señor. Ustedes comprenderán qué alegría teníamos en el corazón. «Fortaleced las manos debilitadas.» El trabajo había sido agotador pero lleno de alegría. Los signos y prodigios de Jesús habían derribado por tierra la teoría marxista de la muerte de Dios. Solo faltaba la Misa de clausura en el estadio, que podía acoger a 40 000 personas.
Estaba cansado y le dije al Père Kombo: «Mañana me levantaré tarde.» No estaba acostado cuando recibí la nada agradable visita de tres agentes de la Seguridad Nacional, que venían a buscarme, pero ciertamente no para orar con ellos. Me ordenaron seguirlos para un interrogatorio; me dije: «ojalá no tenga la misma historia que en Yugoslavia.» Los padres jesuitas no quisieron que partiera solo con los policías esa noche; recordaban que en 1977 el Cardenal había partido solo con ellos y había sido eliminado. Así pues, me acompañaron a la oficina de policía.
Allí, con los padres Martín y Kombo, supe que estaba prisionero. Se me acusaba de haber entrado ilegalmente en el país. Aparentemente, en mi visa faltaba el sello. Como no tenía ese sello, la lógica comunista concluyó que había entrado al Congo de noche en chalupa o a nado. Hubo largos interrogatorios en los que se trató de hacerme contradecir. Vi claramente que el motivo de mi detención era el mismo que en Yugoslavia: mis prédicas.
Los signos que el Señor nos daba para acompañar su Palabra contradecían las enseñanzas del gobierno marxista, aunque jamás hablé de política durante mis conferencias. Yo reía pensando en el miedo y los cuidados que les daba ese Jesús que consideraban muerto. Tomaban tantas precauciones que daban la impresión de creer en su Resurrección. Durante el interrogatorio, que duró dos horas y media, se me preguntó incluso si tenía la costumbre de decir mentiras. También se me preguntó si el Vaticano estaba de acuerdo con mi ministerio.
Un gobierno marxista velaba por la integridad de mi ministerio. Después fueron interrogados el Père Kombo y el Père Martín. Mientras interrogaban al Père Martín, yo estaba con el Père Kombo contándole rasgos de humor y aventuras de mi ministerio. El Padre reía y yo estaba feliz. Nuestros vigilantes se enojaron al vernos tan felices y nos aislaron a cada uno en un rincón. Parecíamos niños castigados en la escuela. Eso nos hacía reír aún más, pues no sabíamos que estaba prohibido estar alegres en la prisión.
Después de medianoche, devorado por los mosquitos, hice algo que no había tenido ocasión de hacer con tanta sinceridad. El Evangelio nos pide orar por quienes nos persiguen y calumnian. Así, en la prisión, recé cinco rosarios por los agentes de la seguridad. A las cinco de la mañana volví a casa de los jesuitas, en residencia vigilada y sin pasaporte. Toda aparición en público me estaba prohibida. Se me previno que el lunes por la tarde se me haría otro interrogatorio. De vuelta en la casa de los jesuitas, me acosté y traté de dormir.
Hacia las tres de la tarde me levanté, bien descansado. Entonces el Señor depositó un mensaje en mi corazón que me iluminó. Esta palabra resonaba claramente en mi corazón como una profecía: Después de haber saboreado la embriaguez del Domingo de Ramos, ¿no crees que es normal gustar un poco de la semana santa? Yo respondí: Muy bien, Señor, con tal de que no hayamos llegado al Viernes Santo. Todo eso no era sino un medio de impedir las manifestaciones de fe previstas para el lunes por la tarde y el martes en el estadio.
La gente del gobierno estaba cansada de los signos que probaban de nuevo al pueblo congolés que el Evangelio es verdadero, que Jesús es el Mesías y que no hay que esperar otros salvadores. Solo Jesús nos salva. Durante esa noche de interrogatorios ante un tribunal de agentes de seguridad comprendí mucho mejor la malicia de Satán y la estupidez de los hombres que se dejan engañar por falsas ideologías. Esa noche volvieron a buscarme para otro interrogatorio de tres horas.
El martes por la tarde, el pueblo, que creía poder celebrar la Misa de acción de gracias con oraciones por los enfermos en el estadio de la revolución, llegó por millares. Había incluso gente del Camerún y del Zaire. Cuando supieron que yo estaba prisionero, hubo muchos comentarios hostiles al gobierno. Finalmente, el martes por la noche, el último interrogatorio duró de las 19:30 a las 22 horas. Se me dijo que tendría mi pasaporte a la mañana siguiente. El Arzobispo vino a visitarme varias veces. Estaba muy humillado por esta historia. Los padres jesuitas también.
El miércoles 12 de octubre a las 10 horas me devolvieron la libertad. Tomamos juntos la última comida y, a las 13 horas, me embarqué de nuevo hacia el Zaire, hacia un país libre: ¡Viva la libertad! En el Zaire tenía un retiro de 3 días con los líderes de la Renovación. Antes del retiro fui a saludar al cardenal Malulla, de Kinshasa, en compañía del Père Guy; el Cardenal se mostró muy amable y atento. Le conté rápidamente lo que el Señor había hecho en el Congo.
Cuando le hablé de la sanación de dos sordomudos, cinco paralíticos, dos ciegos y muchos otros enfermos, me escuchaba con los ojos desorbitados. Muy simpático, me preguntó: Pero, Padre, ¿cómo explica usted esto? Le respondí: Es que el Evangelio es verdadero. Y me respondió enseguida: Usted va a celebrar una Eucaristía pública por los enfermos de Kinshasa. Voy a pedir el Palacio del Pueblo para que haya lugar para todos. El domingo por la noche, después del retiro de los líderes, celebraremos la Eucaristía por nuestros enfermos.
Voy a hacerlo saber en todas las iglesias de la ciudad.
Así pues, el domingo por la tarde, en la explanada del Palacio del Pueblo, allí donde el papa había celebrado la Eucaristía, el Cardenal y otros sacerdotes celebraron conmigo la Misa por los enfermos ante 10 000 personas. Ese inmenso palacio, muy elegante, que puede contener 1000 vehículos en su explanada, fue construido por Mao Zedong para atraer al pueblo al marxismo. ¡Esa explanada solo ha servido dos veces: para la Misa del Papa y para la nuestra! Los propios enemigos del Evangelio doblan la rodilla ante el Señor Jesús.
He contado lo que he visto durante 10 años en la Renovación en los 5 continentes y, sobre todo, lo que acababa de vivir en el Congo. El Señor nos bendijo mucho. De modo que se nos pidió otra Eucaristía por los enfermos el lunes por la tarde en el mismo lugar. Esta vez la multitud superaba ampliamente las 30 000 personas. Recordé la profecía del Señor en Pimentel, cuando le preguntábamos por qué nos enviaba tanta gente: «Evangelizad a mi pueblo; quiero un pueblo de alabanza».
Durante esa segunda Misa hubo hermosos testimonios de parte de personas que habían sido sanadas el domingo por la tarde, y la gloria del Señor brillaba siempre. Al final, hacia las 19 horas, el Cardenal dio su bendición y comenzó a llover. Hacía meses que no llovía en el Zaire, y la gente se fue cantando, viendo en esa lluvia otra bendición.
Que se llenen de alegría el desierto y la tierra árida, que la estepa exulte y florezca. (Isaías 35:1) Esta carta, un poco larga, les da una idea del pequeño libro que preparo para hablarles de la alegría de vivir, de lo que he visto y oído desde el día de mi sanación, hace 10 años. Con mi sanación recibí la gracia de descubrir más que nunca el poder de la oración y la presencia del Espíritu Santo en la Iglesia de hoy. ¡Doy gracias al Señor de poder vivir con todos ustedes esta nueva Pentecostés! ¡Los bendigo de todo corazón!
IX EL ÚLTIMO VIAJE
Quiero terminar este libro contando un curioso incidente. Después de una serie de retiros en la Polinesia durante 15 días, me dejé caer en mi asiento, en el avión, para descansar por fin. Mientras el avión se elevaba sobre las nubes y yo tenía la impresión de tocar casi el cielo, comencé a escuchar una cinta de John Littleton, que cantaba: «Tus viajes no han terminado, tus viajes no han terminado, esto no hace sino comenzar.» Estas palabras tocaron mi corazón como una profecía, y dije en voz alta: «Amén.»
La persona que estaba sentada a mi lado y leía su diario me miró por encima de sus gafas, pensando que yo era un loco que hablaba solo... Ciertamente, mi viaje comenzó hace 55 años, cuando vine al mundo por un acto infinito del amor eterno de Dios. Ahora he emprendido el viaje de regreso a la Patria definitiva, la Jerusalén celestial, donde no hay ni luto ni lágrimas, ni sollozos, ni enfermedad, ni muerte. Cada día estoy más cerca de la Casa siempre abierta donde el buen Jesús ha ido a prepararnos un lugar junto a los Santos.
Sueño con la mañana en que llegaré ante las puertas de cuarzo y las murallas de jaspe. Ya me veo caminando por las calles de oro a orillas del Mar de Cristal de la Nueva Jerusalén, adornada de rubíes rojos, de esmeralda verde y de topacio azul. Me bañaré en el Agua de vida, brillante como la plata, que brota del trono del Cordero, al lado de los árboles que brotan y dan frutos medicinales doce veces por año. El viaje ha comenzado y no hay vuelta atrás. Como el ciervo desea el agua viva, así mi carne languidece y mi corazón grita de alegría a causa del Dios vivo.
Un torbellino me atrae hacia la Jerusalén de arriba, cada vez más fuerte. Por una sola razón quisiera que el viaje durara más: a causa del vértigo embriagador que me hace esperar lo que espero. En un abrir y cerrar de ojos, al son de la trompeta, lo conoceré cara a cara. Él me poseerá y yo lo poseeré junto a las murallas de Sión. Una invitación personal, impresa con la sangre del cordero, me ha llegado para que participe en las Nupcias del Cordero. La novia ha sido ataviada de dones y carismas, embellecida por una diadema de estrellas y de sol.
Su vestido está salpicado de virtudes y sus ojos brillan con la llama del Amado. Durante estos últimos años he sido testigo de las obras del amor y de la misericordia de nuestro Dios. Si es tan grande en sus obras, ¿cómo será Él mismo? Si los rayos de su misericordia son tan luminosos, ¿cómo será Él, el sol de justicia? Si en la fe se perciben sus rasgos, ¿cómo será en la visión que no engaña? Por eso, en avión o sobre el lomo de un asno, canto siempre: ¡Qué alegría cuando me dijeron: vamos hacia la Casa del Señor! Ya mis pasos se posan en tu umbral, Jerusalén.
Mi Señor y mi Dios, quiero decirte a Ti estas últimas palabras: Dios mío, me sondas y me conoces; sabes cuándo me siento y cuándo me levanto; traspasas mis pensamientos; sabes si parto de viaje o si me acuesto; todos mis senderos te son familiares. La palabra no está todavía en mi boca cuando ya Tú, Dios mío, la conoces. Estás detrás de mí y delante de mí, y has puesto tu mano sobre mí. ¿Adónde iré lejos de tu espíritu? ¿Dónde podré huir de tu rostro? Si me elevo a los cielos, allí estás. Si me acuesto en el Seol, he aquí que estás.
Si tomo las alas de la aurora, si me voy a los confines del mar, también allí tu Mano me conduce, tu diestra me toma. Aunque diga: «Que tus tinieblas me cubran y que la noche sea la luz a mi alrededor.» Las tinieblas mismas no son tinieblas para ti, y la noche es luminosa como el día. Pues eres tú quien formó mis riñones, tú quien me tejió en el vientre de mi madre; te doy gracias por tantas maravillas: eres un prodigio, prodigiosas son tus obras.
Conocías mi alma en su justo valor; ninguno de mis huesos te era desconocido, cuando yo era moldeado en el secreto, tejido en las profundidades de la tierra. Todas mis acciones, tus ojos las veían; todas ellas estaban en tu libro. Mis días estaban allí inscritos, señalados antes incluso de existir. ¡Qué insondables son, oh Dios, tus pensamientos; qué innumerables! Más numerosos que los granos de arena, y si termino de contarlos, todavía me queda Tú.
Reproducido el 14 de diciembre de 2000
Aniversario de Santa Teresa del Niño Jesús
Patrona de las Misiones
Por Yves Rancourt, ptre., St-Georges, Beauce, P.Q., Canadá