Jesús es el Mesías ( II )

Jesús es el Mesías, parte B

IV INTERVENCIÓN DEL AUTOR

Reuniendo varias entrevistas hechas en distintos lugares del mundo, hemos escogido las preguntas que nos parecieron más interesantes. Las presentamos aquí con las respuestas del padre Emiliano Tardif.

El padre Emiliano Tardif

1 . – ¿En qué consiste precisamente el don de sanación?

El don de sanación es, como todos los demás carismas, una manifestación del Espíritu Santo. San Pablo afirma: A cada uno, la manifestación del Espíritu es dada en vista del bien común. Después enumera nueve: la palabra de sabiduría, la palabra de ciencia, la fe, los dones de sanación, el poder de realizar milagros, la profecía, el discernimiento de los espíritus, la diversidad de lenguas, el don de interpretarlas (1 Co 12, 8-11).

Padre, pero se dice que estos carismas extraordinarios eran únicamente para los comienzos de la vida de la Iglesia... y que ahora ya no son necesarios... Pero, ¿quién ha dicho eso? Entonces, ¿la fe que san Pablo cita en esa misma lista también era sólo para los comienzos de la vida de la Iglesia? El Concilio Vaticano II habla de estos dones extraordinarios que forman parte de la vida de la Iglesia de hoy (cf. Lumen Gentium 4 y 12).

Por otra parte, el Cardenal Ratzinger afirma en su libro Entrevistas sobre la fe:

“En el corazón de un mundo resecado por el escepticismo racionalista ha nacido una nueva experiencia del Espíritu Santo, que ha tomado la amplitud de un movimiento de renovación a escala mundial. Lo que dice el Nuevo Testamento acerca de los carismas que aparecieron como signos visibles del Espíritu ya no es sólo historia antigua, para siempre pasada: esa historia vuelve a estar hoy vibrante de actualidad.”

2 – ¿Por qué la Iglesia Católica no concede todavía a los carismas derecho de ciudadanía, cuando en numerosas Iglesias Evangélicas son comúnmente admitidos?

Debo subrayar distintos aspectos:

a) Me parece que es porque nuestra Iglesia catequiza mucho y evangeliza poco. Los signos acompañan la proclamación de que Jesús está vivo, pero no en la misma proporción cuando se enseñan verdades o la doctrina de la fe. El día en que resurja el anuncio explícito de Jesús como Salvador y Señor, veremos prodigios en el cielo y signos en la tierra. Para mí, el problema no es la ausencia de carismas. Esto no es más que la consecuencia. La raíz es que hemos dejado de proclamar el anuncio de la muerte redentora y la gloriosa resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

b) Por otro lado, hemos caído en la tentación del pelagianismo: utilizar solamente los medios humanos y contar únicamente con los medios naturales para realizar la obra de Dios.

Cuando se hace el análisis de la realidad, se olvida que contamos con el poder de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos. La obra de la Iglesia es una misión imposible que supera las fuerzas de los hombres. ¿Cómo realizarla sin el poder del Espíritu Santo?

Ni la ciencia ni la técnica pueden suplir la acción del Espíritu. No olvidemos que si el Señor no construye la casa, en vano se afanan los constructores (Sal 127, 1).

c) Esto puede ser también una reacción ante las exageraciones que se encuentran a veces. Yo también estoy en contra de las deformaciones, pero la existencia de la cizaña jamás justifica que se arranque el trigo.

d) Se ve resurgir algo que se había enterrado, y ahora que resurge no se sabe qué hacer con ello ni cómo servirse de ello. Pero dentro de poco, esto será normal. Espero que pronto lo anormal sea que un día no hubiera sanaciones, y que la gente se asombre porque en ese momento el poder de Dios no podía manifestarse.

e) Por último, puedo decir que ya hay muchos obispos abiertos a estas manifestaciones de orden carismático. No les citaré más que tres casos:

Monseñor Rafael Bello, Arzobispo de Acapulco, escribió una bella carta pastoral sobre la “Nueva Evangelización 2000” con ocasión de los quince años del Renacimiento en su arquidiócesis. La diferencia con otros escritos episcopales es que en ellos se habla y se evalúa el Renacimiento, mientras que en su carta el arzobispo quiso comunicar el fruto que él personalmente ha sacado de él. El parágrafo 54 dice lo siguiente:

Son numerosos los evangelizadores que actúan siempre bajo la acción del Espíritu Santo. Me alegra citar entre ellos al padre Tardif, que es mundialmente conocido como tal, pues ha venido muy a menudo a evangelizar a México, y es un amigo que predicó el retiro sacerdotal carismático en Acapulco en 1984.

El leitmotiv de su predicación, de sus cartas personales o circulares, como de sus conversaciones, es: ¡Qué fácil y eficaz es evangelizar con la ayuda del poder del Espíritu Santo! Todos los países lo han oído hablar de las maravillas del Señor y todos quedaban llenos de admiración (Hch 2, 11-12). Su extraordinario carisma de sanación atrae a miles y miles de oyentes, y aprovecha para evangelizar incansablemente. Piensa como Pablo: ¡Ay de mí si no anunciara el Evangelio!

(1 Co 9, 16).

Recomiendo fuertemente el estudio en los grupos de su libro Jesús está vivo. El padre Emiliano nos persuade de que el Renacimiento es una fuerza evangelizadora, porque conduce a sus miembros a abrirse al poder del Espíritu, a sus dones y a sus carismas.

El Cardenal Renard confesaba al padre Tardif que el Renacimiento ayudaba a los sacerdotes y a los Obispos a reconocer que la incredulidad y el racionalismo son un obstáculo para un apostolado fecundo. El Cardenal añadía: “Ponemos rieles al Espíritu Santo para que se ajuste a ellos, y él vuela mucho más allá. El Espíritu Santo no sigue nuestros programas pastorales. Es evidente que necesitamos un programa pastoral, pero todo programa debe ser permeable para que el Espíritu Santo pueda servirse de él e incluso transformarlo. La Iglesia es un Pentecostés permanente y no una racionalización permanente.”

El Cardenal Ratzinger, en el libro anteriormente citado, declara:

“Lo que es un signo de esperanza en toda la extensión de la Iglesia – precisamente también en medio de la crisis de la Iglesia en el mundo occidental – es el florecimiento de movimientos nuevos que nadie ha planificado, a los que nadie ha convocado, pero que provienen simplemente de la vitalidad interior misma de la fe. En ellos se dibuja – aunque sin ningún ruido – lo que haría pensar en una aurora de Pentecostés en la Iglesia. Pienso, por ejemplo, en el Movimiento carismático, en el Neocatecumenado, en Cursillos, Focolare, Comunión y Liberación, etc.”

– Para terminar, los últimos Papas han expresado cosas muy bellas sobre el Renacimiento. La más bella es la de Pablo VI, cuando se refiere al Renacimiento como a “una oportunidad para la Iglesia y el mundo” (19 de mayo de 1975).

3 – Usted habla de exageraciones en los carismas. ¿Cuáles son?

El problema principal es cuando los sacamos de su contexto: en el relato de Marcos, la frase que precede a la invitación a imponer las manos a los enfermos para que sean sanados habla de proclamar la Palabra: “Id por el mundo entero, proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16, 15-18). Es decir, que los signos prodigiosos acompañan el anuncio del Evangelio. No existen solos, sino cuando se proclama la salvación en Jesucristo.

Por su parte, Mateo concluye su envío en misión con: bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 18-19). Es decir, que después de la sanación debe seguir la vida sacramental. Se trata pues de una cadena de tres eslabones: Palabra-Sanación-Sacramento. Si no es así, esto se debilita.

Al comienzo de mi ministerio, un sacerdote vino a visitarme al Canadá para que participara en el Congreso que organizaba. Acepté ingenuamente. Pero durante todo el Congreso, dirigió la oración, los cantos, dio todas las enseñanzas. Presidió la Eucaristía, pronunció la homilía e hizo incluso los anuncios. Sólo al final del día me pidió que orara por los enfermos. Ahí aprendí a no orar por los enfermos cuando no he podido proclamar la victoria de Jesús en la cruz y el triunfo de su resurrección.

4 – ¿Cómo se dio cuenta de que tenía el don de sanación?

Después de haber orado por los enfermos en varios grupos de oración. El 18 de noviembre de 1973, un enfermo que sufría de artritis y artrosis me pidió que orara por él. Al final de la oración, se puso a caminar, dejando su bastón. Estaba totalmente sanado. Más tarde constaté cómo, cada vez más frecuentemente, Jesús sanaba a los enfermos. Así comenzó para mí esta vida llena de sorpresas: nunca hubiera imaginado hasta dónde podía conducirme. Creo, por otra parte, que mi ministerio es evangelizar. Cuando se anuncia a Jesús, cuando se proclama el kerygma, entonces aparecen estos signos.

5 – ¿Un carisma, se aprende? ¿Hay técnicas?

No diría que se aprende, sino que se fortalece. Y cuanto más se pone al servicio de los enfermos, más se desarrolla. Es un don gratuito que, si no se usa, no se desarrolla. Pero si se pone al servicio de los enfermos, se fortalece y se manifiesta más. Veo hoy muchas más sanaciones que hace cinco años, en las mismas circunstancias. El uso del carisma nos hace crecer en la fe. Cuantas más sanaciones vemos, más seguros estamos de que otros también serán sanados.

6 – ¿Cuál es el principal obstáculo para los carismas?

El padre Tardif y el ministerio de sanaciones

Creo que es el miedo a perder nuestra reputación. Los carismas son una cruz, y muchos no están dispuestos a llevarla. El ejercicio de algunos carismas nos hace pasar por locos, otros se burlan de nosotros y son numerosos los que nos menosprecian o nos persiguen. Si no estuviéramos dispuestos a morir a nosotros mismos, hasta abandonar nuestros privilegios y nuestra fama, no podríamos recibir estos carismas. Recuerdo muy bien a un párroco vecino que se burlaba de los carismáticos, y en sus homilías dominicales aseguraba que si algunos hablan en lenguas es porque les faltan vitaminas...

Les voy a contar una anécdota que ya he contado durante el primer retiro mundial de sacerdotes organizado por el Renacimiento Carismático en octubre de 1984 en Roma: había allí cerca de seis mil quinientos sacerdotes, más de ochenta obispos y varios cardenales.

Les dije: “Muchos sacerdotes tendrían carismas muy bellos si no tuvieran tanto miedo de perder su reputación y no estuvieran tan preocupados por su imagen de marca. El respeto humano y el miedo al ‘qué dirán’ nos cierran a la acción del Espíritu. Hay que morir a nosotros mismos, para que el Espíritu pueda pasar a través de nosotros”. Luego les conté:

Un día, durante un retiro, estábamos llenos del gozo del Señor. Todo se había desarrollado en una gran alegría, pero a la vez en la paz que viene del Señor. Para cerrar el retiro se había programado la Eucaristía, presidida por el padre obispo de esa diócesis. Ese obispo no amaba las manifestaciones espontáneas, ni los cantos exultantes, ni los carismas; incluso había prohibido los aplausos y que la gente levantara las manos. En varias ocasiones se había levantado fuertemente contra todas estas cosas, lo que hacía que la gente le tuviera un poco de miedo.

Cuando llegó, las guitarras enmudecieron y los cantos de alabanza se volvieron mudos, a la vez que las manos levantadas se bajaron. Todo tomó un tono muy formal y serio. En el momento preciso en que iba a abrir la Eucaristía, hubo un problema de sonido. Todos estaban nerviosos. El sacristán revisaba los fusibles, otro encendía y apagaba el micrófono, mientras otro trataba de ver qué le había pasado al amplificador. La iglesia, llena de gente impaciente, esperaba en un silencio tenso el comienzo de la misa.

Para calmar un poco los nervios, el Obispo dijo en voz alta: ¡Parece que tenemos un pequeño problema con los micrófonos...! “Y con su espíritu”, respondió la multitud. Todos creían que la misa había comenzado. Muchos tienen problemas con sus micrófonos. No dejan al Espíritu suficiente espacio para que pueda moverse libremente. Se le quiere aprisionar en moldes preestablecidos y no se le deja evolucionar con la libertad del viento que sopla donde quiere. Los que tienen problemas con sus micrófonos es porque están demasiado preocupados por lo que piensan los demás.

Si fuéramos menos celosos de nuestra reputación, seríamos más abiertos al Espíritu Santo. El miedo al ridículo nos impide abrirnos a los carismas del Espíritu. Es seguro que los carismas son humillantes. Nos conducen a la cruz. Por eso muchos les tienen miedo y otros los rechazan. Se acaban los horarios reposantes, las horas de sueño se acortan. Por otro lado, la reputación no crece, bien al contrario uno se ve agobiado por burlas, críticas y sarcasmos... pero en el fondo todo puede superarse, siempre y cuando uno no tenga problemas con sus micrófonos.

7 – ¿No es peligroso un don como ése?

En primer lugar, es un don; es decir, un regalo gratuito de Dios. La sanación es obra exclusiva de Dios, que pasa por instrumentos humanos.

– Por otra parte, es para el bien común, y no para quien posee el don. Sería muy peligroso apropiarse para uno solo de la gloria de Dios. Se podría incluso llegar a condenar a alguien que tuviera el don de sanación: “Muchos me dirán ese día: ‘Señor, Señor, ¿no es acaso en tu nombre que hemos profetizado? ¿en tu nombre que hemos expulsado los demonios? ¿en tu nombre que hemos hecho muchos milagros?’ Entonces les diré en su cara: ‘Nunca los he conocido. ¡Apartaos de mí, vosotros que cometéis la iniquidad!’” (Mt 7, 22-23).

Si lo ponemos al servicio de la comunidad, es un don precioso. Si reconocemos que no somos sino instrumentos, seremos edificados. Sin embargo, el mayor beneficio que veo en ello es que acrecienta la fe de la comunidad, que despierta a los que duermen y que revitaliza el ministerio de evangelización, mostrando a Jesús vivo en medio de nosotros.

8 – Padre, si san Pablo dice que lo esencial es el amor, ¿por qué concede usted tanta importancia a los carismas?

No soy yo quien se la concede. Es Jesús (cf. Mt 4, 23). San Pablo dice que “los signos” caracterizan al verdadero apóstol (cf. 2 Co 12, 12). Preferiría más bien preguntar: ¿Por qué algunos minimizan lo que para Jesús tenía una gran significación?

Desgraciadamente oponemos lo que es complementario. El amor en abstracto no existe. El ejercicio de un carisma, sea cual sea, es un servicio para la comunidad y, por consiguiente, es amor.

9 – Casi siempre se habla del padre Tardif como de una estrella aislada. ¿Trabaja usted solo?

Además de ser Misionero del Sagrado Corazón, soy miembro de una comunidad llamada “Los Servidores de Cristo Vivo”, que cuenta con ochenta y siete miembros. Un ministerio cualquiera, y sobre todo éste, es muy peligroso si se realiza “en solitario”. Mis hermanos de la comunidad me aman y me corrigen. Aprendo mucho de ellos. No me admiran demasiado. Soy simplemente su hermano, y están comprometidos respecto de él para que llegue a la santidad. Amo mucho predicar retiros con otros que dan puntos de vista distintos de la evangelización.

También con parejas que pueden tratar los temas de la familia de una manera mucho más completa de lo que yo lo haría. Trabajo actualmente con una comunidad de laicos. Nuestra comunidad nació en 1981-82. Con la ayuda de numerosos benefactores, hemos podido obtener una casa en la capital dominicana, que es nuestro centro de formación para los evangelizadores. La casa fue inaugurada el 19 de marzo de 1984 y el 25 de marzo comenzábamos el ministerio de adoración del Santísimo Sacramento. De ahí vino la idea de llamarla “Casa de la Anunciación”.

Cada día se expone el Santísimo Sacramento de ocho de la mañana a ocho de la noche. La comunidad tiene distintos ministerios, pero el primero es la adoración del Santísimo Sacramento. Todas las tardes hay un sacerdote disponible en la casa para acoger a las personas que desean una dirección espiritual. Tenemos además la celebración de la Eucaristía. La Casa es, en primer lugar, un centro de formación de evangelizadores con la contemplación de Jesús en la Eucaristía. La Casa de la Anunciación evangeliza a través de retiros carismáticos en la ciudad y fuera de ella.

Esto se hace mediante programas de televisión y de radio. Cada uno vive en su propia casa, pero nos encontramos cada semana para orar, compartir y organizar nuestro apostolado. Tenemos dos retiros anuales para alimentar nuestra vida espiritual de una manera más fuerte. Los miembros de la comunidad son laicos, no hacen votos, pero toman ciertos compromisos de base.

10 – ¿Es usted el único, dentro de su comunidad evangelizadora, que tiene el don de sanación?

Varios de nosotros tenemos el carisma de sanación física, otros el de sanación interior. De los 87, 11 han recibido el carisma de palabra de ciencia, y varios tienen el de profecía o de liberación. Les voy a contar algo que le sucedió a un catequista de la Casa: un día llegó una persona con sus muletas, apenas podía caminar y buscaba al padre Tardif para que orara por su sanación. El catequista que la recibió le informó que no estaba allí.

El enfermo lo sintió mucho, pero el hermano le dijo: Mira, no tengo ni oro ni plata, pero lo que tengo te lo doy. Ven a la capilla donde se halla expuesto el Santísimo Sacramento. Él es quien va a sanarte. El enfermo fue. Después de unos quince minutos de oración, salió de la capilla firme sobre sus piernas y caminando solo.

11 . – Son muchos los que tienen al padre Emiliano Tardif por un santo. ¿Qué piensa usted de ello?

Eso siempre me hace reír mucho. A veces, cuando estoy solo y me voy a acostar por la noche, me digo: “Si supieran quién soy, quedarían más tranquilos”. No he dejado de ser un cura de campo en una pequeña isla perdida en el mar del Caribe. No puedo pensar que yo sea más que el asno que llevó a Jesús. Sé bien que cuando me cubren de agradecimientos y ponen su manto en el suelo delante de mí, es para dar la bienvenida a Jesús que yo llevo.

Y cuando se lo he llevado, me devuelven a mi redil; en el regreso, ni mantos de flores ni reconocimiento: entro en el santuario de mi ser y digo: “¡Señor, qué grande eres!” Este regreso del asno a la casa es lo que nos mantiene humildes. La soledad y el cara a cara con Jesús no nos autorizan a equivocarnos. Cuando me arrodillo y proclamo las maravillas de Dios a través de los Salmos, pienso que si la gente conociera mejor a Dios, se fijaría menos en nosotros. Mi comunidad sabe bien que no soy un santo, pero que deseo serlo.

Es la vocación de todo bautizado. Pero imaginamos siempre a un santo como aquel del que se puede poner la fotografía en el altar o que realiza milagros. Para mí, ser santo es mucho más que eso: es ser como Jesús. ¿Quién no tiene ganas de ser santo?

Además, desde mi bautismo, porque he sido enraizado en la muerte y la resurrección de Cristo Jesús, llevo en mí el germen de santidad por el don del Espíritu Santo que me fue otorgado gratuitamente, sin ningún mérito de mi parte. El don de sanación no es un signo de santidad, es un don gratuito. Si lo pongo al servicio de los enfermos con paciencia y amor, puede ayudar a santificarme, porque es simplemente el ejercicio de la caridad, y a veces resulta pesado. Un día alguien me dijo: “Emiliano, ¿no tienes miedo de que la gente te canonice en vida por tantos milagros?” Respondí: “Prefiero que me tomen por un santo antes que por un bandido”.

12 – Padre, cuando usted predica a las multitudes, ¿hay manifestaciones de histeria colectiva?

Hay manifestaciones que no calificaría de histeria, sino que es un entusiasmo normal ante la presencia salvífica de nuestro Dios. Por ejemplo, los Salmos están llenos de estas expresiones. Por otra parte, los escribas y los fariseos encontraron exagerados los gritos de “¡Hosanna!” al Hijo de David. Me hago la pregunta de por qué la gente grita y se entusiasma ante el triunfo de su equipo favorito en el estadio y no podría expresar su emoción ante el único que ha vencido a la muerte. ¿Por qué se podría llorar de emoción ante un artista y no de alegría ante el Señor de los señores? Aunque no dudo que algunas personas exageren la expresión de su emoción, creo que otras carecen de libertad de expresión.

Pero hay a veces ciertamente exaltación y emotividad...

Prefiero encontrarme frente a un exaltado antes que frente a un muerto. Al exaltado se le puede corregir y educar, ¿pero qué hacer con el muerto?

13 – ¿Por qué algunas personas son sanadas y otras no? Algunas que aparentemente tienen una gran fe e incluso parecen merecer la sanación no son sanadas; y, al contrario, a veces son sanadas personas que nunca se hubiera imaginado.

Hay aquí dos cosas que distinguir. La primera es por qué la gente es sanada, y la otra, por qué no lo es. En cuanto a la primera, les contaré algo que nos sucedió ya hace tiempo. Durante una reunión, discutíamos justamente la razón de fondo por la cual el Señor nos sana. Uno daba una argumentación bíblica, otro se apoyaba en el hecho de que era una promesa del Señor, etc. Había allí un joven de aire bobalicón que quería dar su opinión, pero nadie le dejaba la posibilidad.

Al final, cuando todos hubimos terminado nuestras profundas reflexiones sobre el tema, el joven dijo con voz sosegada: “Creo que Dios nos sana porque estamos enfermos”. Después de dar muchas vueltas a la cuestión en mi cabeza, llegué a la misma conclusión: Dios es un Padre bueno que se compadece del dolor de sus hijos.

En cuanto a la razón por la cual otros no son sanados, no tengo la menor idea. Pero cuando llegue al cielo, es lo primero que le pediré a Dios. Lo que es cierto es que incluso paganos que no tienen fe son sanados... los he visto en África y en la India. Fue durante una campaña de evangelización en Mbandaka, en el Zaire: una tarde se habían reunido unas veinte mil personas en el estadio deportivo para la Misa de sanación. Un niño pagano que pasaba por allí entró por pura curiosidad para ver lo que sucedía. Era el momento de la Comunión.

Después tuvo lugar la oración de sanación. Ese niño de doce años sufría de taquicardia desde el nacimiento. Sintió rápidamente que un fuerte calor lo invadía, como si una corriente eléctrica le recorriera el cuerpo. Era el Espíritu de Dios vivo que resucita el cuerpo de Jesús en el sepulcro, el que lo llenaba y lo sanaba. Después de la misa, el niño estaba totalmente sanado de su taquicardia; el médico pudo verificar que lo que había sucedido no era puro fruto de su imaginación, sino una verdadera sanación del corazón.

En la clausura de la campaña de evangelización, ese niño de doce años dio su testimonio con una audacia sorprendente y terminó dando gracias al Señor así: “No soy cristiano, pero ahora quiero llegar a serlo”.

Estamos frente al misterio del amor de Dios. Si es verdad que el Señor sólo sana a algunos, nos ofrece a todos la sanación definitiva: la vida eterna donde ya no habrá ni enfermedad, ni duelo, ni lágrimas. Recibimos gratuitamente la sanación, pero ¿quiénes somos nosotros para pedirle a Dios: por qué sanas a éste y no a aquél? No se es sanado porque se lo merezca, es un puro don de Dios. Josefina Guzmán de Zapotiltic, Jal. (México) nos muestra que el Señor nos sana porque estamos enfermos y no porque lo merezcamos por nuestras buenas obras. Es un acto de puro amor.

Desde hacía algunos años sufría una enfermedad que me debilitaba a lo largo de todo el día. Me faltaba la respiración y no podía realizar los trabajos domésticos. Mi marido se enfadaba y decía que yo era muy blandengue. Estaba desesperada y triste. Fui a ver al doctor, que diagnosticó una hipotensión. Me recomendó beber un pequeño vaso de coñac todas las mañanas. Como no tenía de dónde sacar el coñac, tomé una cerveza pequeña. Cierto es que me sentí mejor. Al día siguiente, tomé una un poco más grande y me sentí todavía mejor.

Poco después, tomaba una al levantarme y otra por la tarde. Añadí luego una para dormirme. Sin darme cuenta, iba cayendo en el alcoholismo. No quería ser alcohólica, pero a la vez no podía dejar de beber. Por un lado me sentía muy débil. Por otro, me acercaba a la tumba a causa de este vicio del alcoholismo. Me di cuenta en mi propia carne cómo actúa el pecado sobre nuestro cuerpo. Inválida del alma, caí enferma del cuerpo. Fui a ver a los “Alcohólicos Anónimos”.

1. NDT: A.A. es una asociación de hombres y mujeres que comparten su experiencia, su fuerza y su esperanza con el fin de resolver su problema común y de ayudar a otros a recuperarse del alcoholismo.

Allí me dijeron que lo que más daño me hacía era el primer trago. Me encontraba en un callejón sin salida: si no bebía, no podía trabajar; pero si no trabajaba, mi marido me golpeaba. Estaba segura de que sólo un milagro podía sacarme de ese pozo tan profundo. Pero los milagros eran para otros tiempos y para los buenos, no para las borrachas como yo. Entonces comencé a asistir a las reuniones de un grupo de oración del Renacimiento, donde había oído decir que el Señor seguía haciendo milagros.

Escuché allí la Palabra del Señor, que nos dice que el pecado está en el origen de todos los males y de todas las enfermedades. Fue entonces cuando me dije que me faltaba una buena confesión y me acerqué al sacramento, aprovechando el jubileo del Año Santo 1983. Poco a poco mi salud se deterioró. Visité entonces al doctor Ismael Espejo, que me hizo un test de Papanicolaou el 24 de mayo de 1984. Los resultados mostraron un cáncer de matriz. Estaba tan avanzado que me condenaron. La ciencia médica no podía hacer nada por mí, pero para mí el Señor era lo primero.

Un día nos dijeron que el padre Emiliano Tardif venía a Guadalajara y que iba a celebrar una misa por los enfermos en el Auditorium de la ciudad. Durante la oración por los enfermos, sentí una mano suave posarse sobre mi hombro izquierdo. En noviembre del mismo año hubo un nuevo encuentro en el estadio Jalisco. Éramos más de sesenta mil personas alabando a Dios por sus maravillas. Después de la Comunión, el padre Emiliano comenzó la oración de sanación, asegurando que Jesús iba a sanar a muchos enfermos, pero no a todos.

Me dije a mí misma: “Tú, estás entre los que no van a sanarse, porque eres borracha y no lo mereces”. Me puse luego en manos de la Virgen María, para que me presentara a su divino Hijo. El padre Emiliano, en una palabra de conocimiento, dijo que cinco personas estaban sanadas de cáncer, entre ellas una mujer con un cáncer del vientre. Tomé en serio la palabra del Señor.

Me levanté de mi asiento y grité con todas mis fuerzas: “¡Soy yo!” La gente se volvía hacia mí, unos desconfiados, otros llenos de alegría, pero yo estaba segura de que el Señor acababa de sanarme. El 4 de enero del 85 me hicieron de nuevo exámenes. El resultado fue maravilloso. ¡El cáncer ya no estaba! El doctor no se explicaba lo que había sucedido, ya que había detectado un cáncer de quinto grado extendido a toda la pelvis; pero yo estaba perfectamente sanada. Le repetí las palabras del padre Tardif: “Jesús es el maestro de lo imposible”.

Me queda todavía este último examen del 10 de julio de 1986 para que sea confirmado. Tampoco he necesitado más el alcohol. Se acabaron las cervecitas. He recuperado ahora las fuerzas de mi juventud. ¡Mi fortaleza es el Señor! ¡Él es mi escudo! ¡El Señor me sanó el alma y me sanó el cuerpo! Ofrezco mis exámenes médicos a quien los quiera. Yo ya no los necesito. Prefiero más bien prepararme para el examen final cuando Jesús me pregunte qué he hecho por los más pobres que yo.

14 – ¿Qué siente usted interiormente cuando un ciego se pone a ver o un paralítico se levanta de su camilla?

Eso me llena de alegría, como cuando yo mismo he sido sanado por el Señor. Les contaré sólo dos casos de sanación que muestran el amor misericordioso de Dios; luego me dirán ustedes si eso no los llena de gozo. Predicaba un retiro en la provincia de Quebec. La primera tarde, durante la oración de sanación, recibí una palabra del Señor que decía que sanaba a una persona sorda del oído izquierdo.

Pregunté a quién concernía y un policía se levantó muy emocionado diciendo: “Soy yo, no oía nada del lado izquierdo y ahora oigo perfectamente”. La segunda tarde del retiro hubo otra oración de sanación. Una palabra de conocimiento decía que una persona que había tenido un accidente y sufría mucho de la columna vertebral estaba sanada. Pregunté quién era esa persona que sentía un gran calor en la espalda: “Levántate y te darás cuenta de que tu dolor ha desaparecido”.

Con lágrimas en los ojos, dijo: “Soy yo, ya no siento ningún dolor”. La tercera tarde, una de las palabras de ciencia decía: “Hay alguien aquí que sufre bajo las uñas de los dedos de los pies; sientes los pies calientes, muy calientes, y el Señor te los sana”. Pregunté de quién se trataba y el policía se levantó una tercera vez diciendo: “Soy yo”. Era su tercera sanación. Sufría de gota, pero yo no sabía que esa enfermedad se llamaba así.

Después de eso, la gente no quería que el policía volviera al cuarto día, temiendo que acaparara todas las sanaciones de la semana. Les dije: “No, para la sanación no es así. El poder de Jesús toca a cada uno. Como en las bodas de Caná, donde transformó tanta agua en vino que se habría podido celebrar otra boda, Dios ha hecho especialmente misericordia con nuestro hermano para que pudiéramos confiarnos a su amor. Nuestro Dios tiene bendiciones en reserva para todos sus hijos”.

Quince días después predicábamos un retiro en Montreal, y allí el policía dio el testimonio de su triple sanación: oído, columna vertebral y gota. Ese hombre, que estaba muy lejos de Dios, vivió un cambio tan grande que ahora – lo he reencontrado durante una predicación recientemente en su ciudad, Lasarre – es uno de los líderes del Renacimiento Diocesano, donde él y su mujer están muy comprometidos. La triple sanación ha tocado a toda la familia para una transformación espiritual. Es lo más bello de todo el testimonio.

Dios no es mezquino. A veces se sufre de varias cosas y sólo se pide al Señor una sanación, como si fuera algo que costara mucho. Hay que tener confianza y atreverse a pedirlo todo; Dios da siempre más allá de nuestra espera. Otro testimonio muy simpático que muestra el humor de Dios es lo que sucedió en Santiago del Estero, en Argentina, en 1984, en un estadio repleto de treinta mil personas durante una misión de evangelización que duró cinco noches. Después de la predicación teníamos la celebración de la Eucaristía.

Una madre de familia había traído consigo a su hijo de cinco años, paralítico desde hacía dos años. Durante la Comunión, como el niño no podía moverse, su mamá lo dejó sentado en su asiento y partió a comulgar. Había tanta gente que tardó un poco en volver junto a su hijo. Pero al final de la misa se acercó llorando al micrófono, preguntando quién le había tomado a su hijo paralítico que estaba sentado en su asiento. Alguien se dio cuenta de que el “pequeño perdido” estaba al fondo y jugaba con otros niños.

El Señor lo había sanado durante la oración de sanación: el niño había bajado de su asiento y se había ido a jugar con otros pequeños.

15 – ¿Y qué siente cuando las personas no quedan sanadas?

Eso me llena de compasión, pero no siento que se les haya quitado nada. Insisto en decir que Jesús nunca dijo que todos los enfermos serían sanados, sino que nos daría signos para la evangelización. Las sanaciones son los signos que acompañan el anuncio del Evangelio, pero no es necesario que todos sean sanados para creer en la Palabra de Dios. Un periodista me dijo un día: “Creo que habría que suspender todas estas reuniones, porque mucha gente viene esperando ser sanada y vuelve enferma a su casa. Es todavía peor estar decepcionado que no haber esperado”. Le respondí entonces: “Habría que cerrar también los hospitales, porque muchos de los que entran salen entre cuatro tablas hacia el cementerio”.

No es así como yo lo veo. Creo que todos los enfermos que vienen a estos encuentros, aunque no queden sanados físicamente, pueden recibir gracias. El despertar de la fe es para muchos una sanación importante. Aunque el enfermo no sea sanado, recibe una bendición del Señor. El siguiente reportaje titulado “Revivir” está escrito de manera muy bella por José M. Troche, del diario El Diario de Asunción, en el Paraguay, el 22 de abril de 1988: Estaba allí, marchito como una flor en otoño. Triste. Esperando la muerte.

Y pasaban los años, y esa muerte que esperaba como una liberación de sus sufrimientos no llegaba. Se sentía prisionero y, sin embargo, no había red que le impidiera escapar; pero ni siquiera podía, aunque lo deseara. No hay prisión más triste que la del sillón de ruedas, cuyo equipaje transporta una impotencia trágica. Ya no podía soportarlo. A los cuarenta años estaba atado a su sillón y era esclavo de su familia.

Lo llevaban a donde no quería ir; lo sacaban a la calle cuando habría querido descansar; lo acostaban cuando quería pasear. Nadie tenía tiempo para él. Piensen que había trabajado como un negro durante veinte años, ganando centavo tras centavo, hasta poder montar un comercio del que habrían podido vivir sin preocupaciones, pero ya no podía ocuparse de él.

Todos los días – desde aquella tarde de domingo, cinco años antes – se despertaba con la misma angustia. Hacía mentalmente todo lo que podía para levantarse de su cama, pero sus piernas ya no le obedecían. Se aferraba a las manillas que le habían instalado en la cabecera de su cama y así lograba levantarse. Miraba sus piernas: enormes, musculosas, de atleta; pero estaban dormidas. El accidente de coche había sido terrible, pero había logrado sobrevivir. El otro – un adolescente de diecisiete años – había muerto.

“¿Por qué no he muerto yo en su lugar?”, se lamentaba; sufría de ser como un muerto viviente y estaba harto. La última vez que lo vi estaba más abatido que nunca. Quería morir, pero ni siquiera tenía el valor de suicidarse. Pero... algo sucedió hace poco. Como todos los domingos, su hijo mayor empujaba el sillón hacia la misa dominical. Lo encontré totalmente por casualidad. Me había dispuesto a escuchar su letanía monótona de quejas, pero ya era otro hombre. Sonreía como hacía años que no sonreía.

Se había puesto una camisa blanca, había dejado de lado su triste chaqueta gris. Incluso olía a perfume francés, prueba evidente de que había resucitado a la vida cotidiana. “¿Por qué pones esa cara?”, me dijo de entrada. Quién sabe qué cara ponía yo al mirarlo. No era mi cara de compasión de siempre, ni nada que se le pareciera. Era más bien una cara perpleja, asombrada. Y mis ojos, seguro que preguntaban qué había sucedido.

Seguía sonriendo. ¡Es un milagro!, pensé. “Sí, viejo, es un milagro”, me dijo como si leyera en mis pensamientos. Y me contó toda la historia. En realidad, se creía muerto, porque su alma había muerto. Sin esperanza, sin asumir su condición de minusválido, olvidando que el cuerpo tiene otros órganos vitales más importantes que las dos piernas. “El milagro se produjo una noche. Mis hijos me llevaron al Estadio, más compasivos que nunca, pensando que saldría jugando al fútbol, como antes. Ya ves que no. Tengo el aspecto de antes, aparentemente.

Pero todo ha cambiado, desde aquella noche”. A partir de aquella noche sintió que era un hombre útil, fuerte, aunque no pudiera caminar, lleno de vida. A partir de aquella noche se puso a vivir de nuevo. Aquella noche comprendió que no estaba solo, y que la parálisis de sus piernas no era nada frente al cáncer de su alma. Y aquella noche sanó. Sanó del alma, de su pesimismo; ya ni siquiera necesita ser sanado de las piernas.

16 – ¿Cómo puede usted estar siempre alegre a pesar de todos esos enfermos que lo buscan, vivir cada día con el dolor y ser como una esponja que absorbe la amargura de la miseria humana? ¿No sufre usted del dolor de toda esa gente?

Sufro al ver todo ese sufrimiento, pero no me deprime. El Señor nos da la compasión, que es un grado de amor para con el enfermo... Por otra parte, soy testigo del gran amor de nuestro Dios por el que sufre. Si es verdad que cada día estoy en contacto con el dolor del hombre, no es menos cierto que cada día puedo palpar el poder misericordioso de Dios. Entonces repito con san Pablo: ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¡Ni la enfermedad ni la muerte podrán lograrlo!

17 – ¿Cómo “funciona” esa palabra de conocimiento a través de la cual usted sabe lo que Dios hace?

No veo ni siento nada. Sin embargo, tengo la certeza interior de que una persona está sanando de algo. La certeza se confirma cuando verifico que el enfermo ha quedado realmente sanado. Se trata de una impulsión interior, una moción del Espíritu. Es como san Pedro lanzándose al mar para caminar sobre las aguas. El Señor decía un día a una religiosa contemplativa: “Cada vez que das una palabra de conocimiento, debes hacer un acto de fe como el que haces cuando reconoces que estoy presente en la Santa Hostia”. Es como cuando uno se adentra en un camino lleno de niebla: al comienzo sólo se ve lo que está delante, pero a medida que se avanza, se ve más lejos.

Por ejemplo, tengo la certeza de que alguien está sanado del oído. A medida que lo digo, se me aparece que es una mujer que siente un calor e incluso su edad... Si no estuviera seguro de que eso viene del Señor, jamás me atrevería a decir su edad a una mujer... He aquí el bellísimo testimonio que la hermana Regina Catteeuw nos refiere en su carta del 10 de octubre de 1988: Rvdo. padre Tardif. Es con gran gozo y agradecimiento que le escribo para anunciarle una buena noticia: ha nacido Lucas. Es el primer hijo de mi hermano y de su esposa María Rosa, casados desde el 22 de agosto de 1975.

El 14 de noviembre, en Gante, la penúltima palabra de ciencia que usted dio era: “Hay una pareja casada desde hace doce años que no ha podido tener hijos. Dentro de un año tendrán un bebé entre sus brazos”. El 22 de agosto, exactamente el decimotercer aniversario de su matrimonio, nació un bebé de cabellos negros que pesaba tres kilos seiscientos cincuenta. Cuando mi hermano tomó a su hijo en brazos, exclamó con ternura: “Has estado tanto tiempo en nuestras esperas y en nuestros sueños. Cada año volvían la primavera y el invierno, pero tú no llegabas.

Pero si no llegaste antes, eso es un secreto entre Dios y tú”. La fe de toda la familia ha crecido. Un gran saludo de María Rosa, Lucas y el pequeño Lucas

Hermana Regina Catteeuw

El ejercicio de los carismas es un camino de crecimiento en la fe. Cada vez que doy una palabra de conocimiento me lanzo al agua, seguro de que el Señor nunca falla. Es también un camino de amor, porque sirve a la comunidad. Todos los carismas son para el servicio y son por esta razón manifestaciones del mayor de los carismas: el amor. La palabra de conocimiento es un acto de fe, tanto de parte del que la da como del enfermo que la escucha; y Dios, que da la fe, responde a esa fe.

18 – ¿Usted hace milagros?

Un día, un periodista colombiano me hizo exactamente la misma pregunta. Le respondí: “No, nada de eso. Todo es muy simple: yo rezo y Jesús sana”. Al día siguiente publicaba un artículo en un diario que se titulaba: “El padre Tardif reza y Jesús sana”. Cuando vi el diario exclamé: “¡Por fin un periodista que ha comprendido!” El don de sanación es para los demás, no para uno mismo. A veces estoy enfermo: si el don de sanación fuera para mí, me impondría las manos sobre la cabeza, rezaría y quedaría sanado, pero no es así como ocurre.

Durante un retiro de fin de semana para dos mil hispanohablantes en Tucson, Arizona, el Señor sanó a muchos enfermos, incluidas enfermedades muy importantes, sobre todo artritis y parálisis. A las dos de la tarde del domingo tenía una fiebre muy alta. Había cogido un resfriado y me costó dar mi última enseñanza. Al final del retiro tuve que acostarme durante día y medio.

Me decía: “Si el don de sanación fuera para el propio bien, me impondría las manos y me sanaría de un golpe para salir de la cama”. Pero el Señor me mostró de nuevo que no soy yo quien sana, sino Él.

19 – Cuéntenos una sanación que haya llamado su atención por algo particular.

Les contaré varias que muestran el humor de nuestro Dios. En 1984 predicaba un retiro en la ciudad de Monterrey. Durante la Eucaristía era muy difícil distribuir la comunión, porque todos los pasillos estaban repletos de gente. Ayudado por algunos guardas, me encaminé hacia la parte trasera. Mientras pasaba en medio de la multitud, algunos querían tocarme, otros llegaban incluso a pedirme que orara por ellos; pensaba: “Pero si Jesús mismo puede sanarlos, no sé por qué buscan al padre Emiliano”.

En medio de toda esa multitud vi a una mujer con los ojos llenos de lágrimas. Llevaba un niño pequeño en brazos. El niño me miraba con ternura. Recordé entonces a aquel paralítico de la piscina de Betesda (Jn 5) que no podía entrar en el agua milagrosa porque no tenía a nadie que lo ayudara. Me acerqué entonces al niño y lo besé. Sonrió; continué distribuyendo la comunión. Ordinariamente no beso cuando doy la comunión, pero en ese momento preciso había sentido el deseo y lo hice...

Al día siguiente, la señora se puso al micrófono ante la multitud y dijo: “Ayer, en el momento de la comunión, el padre Emiliano pasó cerca de nosotros. Rápidamente se volvió y dio un beso a mi hijito, que tiene dos años y estaba completamente sordo. Quiero dar gracias, porque desde ayer mi hijo oye. Dios lo ha sanado. ¡Gloria a su Nombre!”

A partir de ese momento se me complicó la existencia. Todo el mundo quería que le diera un beso; pero les decía: “No, los besos son sólo para los niños. Las mujeres deben recibir besos de sus maridos”. Sin embargo, la enseñanza dio fruto. Yo no sané a nadie. El beso, aunque fuera un signo de amor, no podía ni siquiera sanar un dolor de cabeza. Lo que había sucedido es que yo llevaba a Jesús en mis manos y era Jesús mismo quien había sanado al niño sordo. No soy sino el asno que lleva a Jesús, y por eso Él sigue sanando a los enfermos. Lo peor sería fijarse en el asno y no en el que lleva sobre su lomo. El día en que tomemos conciencia de que todos somos portadores de Jesucristo, ese día nuestro ministerio será transformado: ya no hablaremos tanto de Jesús, lo dejaremos actuar en todo su poder.

La manera de sanar de Jesús es tan extraña que no podemos dejar de contar lo que sucedió en Monte María, donde cada domingo se reúnen más de cincuenta mil personas para la celebración de la Eucaristía, durante la cual el padre Gilberto Gómez hace una oración por los enfermos. En una de esas celebraciones, el asta de la bandera del Vaticano cayó y golpeó a una persona que caminaba encorvada, haciéndola caer. Todos se entristecieron al ver que ese tubo tan grande y tan pesado había caído precisamente sobre una persona enferma. Para sorpresa de todos, el enfermo se enderezó por sí mismo. El tubo le había enderezado la columna. Todavía hoy camina normalmente.

Los caminos de Dios están llenos de buenas sorpresas. A veces Dios nos sana con un beso, a veces con “un tubazo”. Otra sanación muy curiosa que al comienzo me planteó un problema, pero que al fin me hizo reír mucho, tuvo lugar en Arequipa, en el Perú, en 1985. Durante la oración por los enfermos, la primera palabra de ciencia que recibí y di fue la siguiente: “En este momento, el Señor sana a un paralítico”. Luego, con voz más fuerte, añadí: “En el nombre de Jesús, levántate”. Ninguno de los que estaban en silla de ruedas tuvo la valentía de dar el paso en la fe.

Luego precisé: “El Señor sana en este momento a un paralítico. La señal que te identifica, y para que sepas que eres tú a quien el Señor sana, es que sientes un ligero calor en las piernas y tiemblas. Tú, que sientes ese calor, ponte de pie en el nombre del Señor”... Nadie se movió. Un silencio tenso envolvía la atmósfera. Insistí de nuevo, con voz lenta pero clara: “El paralítico a quien el Señor sana, ponte de pie”. Nadie se levantó. Ante la mirada dubitativa de los escépticos, parecía que esta vez no sucedería nada.

Entonces dije – y eso pareció una buena excusa a algunos –: “Bien, dentro de algún tiempo podrás dar tu testimonio”, y continué dando otras palabras de ciencia.

Aunque todas fueron confirmadas, esta primera se me quedó “atravesada en la garganta”. Para terminar anuncié: “El Señor está abriendo los oídos de un sordo”. En ese momento, un sordo sentado en una silla de ruedas se puso de pie y comenzó a gritar: “¡Padre, oigo, oigo! ¡Antes no oía nada!” Entonces declaré: “Como es lógico: tú eres el paralítico a quien el Señor ha sanado, pero como eras también sordo, no te has dado cuenta de que el Señor te había sanado de tu parálisis.

En el nombre del Señor, camina...” Y ese hombre se puso a caminar en medio de los aplausos, las risas y el gozo de la multitud... Al final les dije: “Todos los días se aprende algo. A partir de hoy voy a pedir al Señor que comience por sanar a los sordos para evitarnos esas situaciones embarazosas en las que nos mete...”

20 – Padre, ¿qué efecto le produce estar tan cerca del poder de Dios? No debe ser fácil acostumbrarse a que el Señor se manifieste todos los días.

Hay el mismo peligro que para el que celebra la misa todos los días. De la misma manera que corremos el riesgo de enfriarnos celebrando la Eucaristía, podríamos acostumbrarnos a este ministerio. La fe debe renovarse cada día. Afortunadamente, los testimonios están allí para edificarnos. Si no pudiéramos ver la confirmación de lo que el Señor realiza, creo que habríamos abandonado hace mucho tiempo. A veces uno puede desanimarse, pero los testimonios nos fortalecen para seguir adelante. Es viendo el gozo de los que quedan sanados como recobro el valor para orar por los enfermos.

21 – ¿No hacen olvidar las sanaciones el valor del sufrimiento?

Les responderé con un hecho de la vida corriente: un día mi avión se retrasó y llegué a un retiro tarde. El obispo me recibió con cierta impaciencia porque debía partir y sólo me había esperado para darme algunas indicaciones. Apenas llegué, sin casi saludarme, me dijo muy seriamente: “Padre, el sufrimiento y la enfermedad entran también en el plan de Dios. No debemos perder el valor del sufrimiento causado por la enfermedad. Le pido, por favor, que no haya ministerio de sanación durante la misa”.

Luego, mirando su reloj, añadió: “Perdóneme si no me quedo a su conferencia, pero el dentista me espera desde hace ya media hora...” Le respondí simplemente: “Pero, Monseñor, ¿no es su dolor de muelas un sufrimiento que tiene valor a los ojos de Dios? ¿Por qué podría el médico sanarnos y Jesús no?”

Para terminar, soy yo quien pregunta: ¿Acaso le falta dolor al mundo? En este mundo que ya sufre demasiado, ¿necesitamos todavía más cruces o el poder de la cruz que nos trae todos los frutos de la Redención? No debemos olvidar la palabra profética concerniente a Jesús: tomó nuestras debilidades y se cargó de nuestras enfermedades. Por sus llagas somos sanados. Durante el congreso de Lourdes hubo tantas sanaciones que un sacerdote se acercó a mí y me dijo: “Me parece que hay demasiadas sanaciones”. Mostrándole la larga fila de los que venían a dar su testimonio, le pregunté: “¿A cuál de ellos suprimirías tú?”

22 – ¿Ha visto ya maravillas de toda clase?

Creo que todavía no hemos visto nada. El Señor nos reserva cada día sorpresas más grandes. Pentecostés ha comenzado. Vamos a ver cosas todavía más grandes. Se acerca una época gloriosa, como nunca ha existido hasta ahora. El mundo, más que nunca, necesita a Jesús, y Él se manifestará con todo el poder de su Espíritu Santo. En la Basílica de San Pedro de Roma, el 19 de mayo de 1975, Ralph Martin dio una profecía que decía: “Viene una época de evangelización como jamás se ha visto en mi Iglesia”.

El profeta Joel anuncia signos en el cielo y prodigios en la tierra, y nosotros los vemos: en marzo de 1987, hacia las 5 de la tarde, predicaba en Coatzacoalcos cuando de pronto el sol se cubrió de una nube que, al moverse, daba la impresión de que el sol danzaba. Hemos sido quince mil personas en verlo. ¡Dios es grande! En la fiesta de Cristo Rey en 1984, en Monte María, en México, las nubes formaron una inmensa cruz en el cielo, seguida pronto de otras dos a cada lado. – En el Zaire predicaba en francés. Una mujer que no hablaba más que el dialecto lingala me comprendió perfectamente. Dios quiere darnos signos de que está vivo y tiene el poder de salvar el mundo. Veremos cosas todavía más grandes.

23 – ¿Y si un día ya no hubiera sanaciones?

Si ya no hubiera ninguna sanación, estaría muy inquieto y me preguntaría qué anda mal en mí, porque el Señor no puede dejar de cumplir sus promesas. Ha prometido que los signos y los prodigios acompañarían la proclamación.

24 – ¿Ha tenido también que sufrir la persecución o los rechazos?

Sí. He sido criticado, a veces con ironía, incluso por sacerdotes. En otras ocasiones he sido ridiculizado... pero eso forma parte de mi ministerio. Hay todavía Obispos que no autorizan el ministerio de sanación. Dicen que es fanatismo. Sin embargo, está en el corazón del Evangelio, como el signo que acompaña la proclamación. Las críticas no me hieren personalmente. Lo que me duele es ver que los corazones se cierran al amor misericordioso de Jesús, que quiere manifestarse a través de los signos y los prodigios.

25 – Padre, ¿todo esto plantea un problema a su Congregación?

Al principio, un hermano de mi Congregación vino a verme en privado y me aconsejó: “Trata de salirte de todo esto. Hasta ahora siempre nos han considerado una Congregación seria y con todas tus locuras se van a burlar de nosotros”. Le respondí: “No quiero salirme, porque veo frutos en el cambio de tanta gente. Jamás antes mi sacerdocio había sido tan fecundo”.

Lo más curioso es que hace poco tiempo mi Superior Provincial me hizo llamar diciéndome: “Hemos tenido una reunión de los Superiores Provinciales de Europa y se quejan de que predicas mucho en esos países sin decir jamás que eres Misionero del Sagrado Corazón”. Le objeté: “No lo digo porque hay quienes no están orgullosos de que yo sea carismático, incluso les da vergüenza. Lo que siempre confieso es que pertenezco al Corazón de Jesús.” El Superior General me aconsejó un día: “Emiliano, no querría que tuvieras problemas con los Obispos”.

A lo cual le respondí: “Padre, no tengo problemas con nadie. Creo que son los demás los que tienen problemas conmigo”. Gracias a Dios, ahora me han dado toda libertad para predicar a tiempo completo en todo el mundo. Mi agenda está tan llena que ni siquiera tengo tiempo de enfermarme.

26 – Cuando las personas son sanadas, ¿qué les ocurre después?

La persona que ha sido sanada necesita acompañamiento en su proceso de evangelización. Nuestro error sería no ocuparnos de ella después. No es la sanación la que da la fe, pero nos dispone maravillosamente a recibir la Palabra del Señor que engendra la fe. Si no aprovechamos ese momento óptimo para presentar a Jesús a la persona sanada, hemos perdido la mejor ocasión de evangelizarla. Hay gente que vive una gran sanación, pero después nadie la acompaña.

Reciben la semilla con gran gozo y felicidad, pero si no es regada ni enriquecida, se puede perder por falta de cuidados. La sanación no reemplaza a la evangelización, la acompaña. En el mes de octubre de 1988 pude predicar en cinco países de África con el padre Jo Heglin, M.S.C. Uno de esos países era Burkina Faso. Había más de cuatrocientos líderes del Renacimiento reunidos durante una semana entera. Pero cada noche del retiro íbamos todos ante la Catedral para una misa a las seis de la tarde, a la que asistían numerosos musulmanes.

Éstos creen en Dios (Alá), pero consideran a Jesucristo como un profeta más. Una sanación que me emocionó mucho fue la de una mujer musulmana de 45 años que sufría de parálisis del lado derecho. Una amiga la había invitado a la misa de sanación diciéndole: “Esta noche muchos enfermos serán sanados, ven con nosotros”. Esa mujer vino a la misa de sanación y durante la oración el Señor la sanó. En la misa de clausura dio su testimonio ante miles de personas: “Abran sus corazones a Jesús, Jesús está vivo. Soy testigo. Sufría de parálisis del lado derecho.

Fui a muchos hospitales y no me sanaban, pero una amiga me trajo a la misa de sanación el martes por la noche. Soy musulmana, pero he venido y Jesús me ha salvado. Me llamo Zeraibo, pero a partir de hoy quiero ser cristiana y me llamaré Catalina”. El Espíritu Santo, en pocos minutos, la había convencido de que Jesús era el Mesías Salvador y de que no hay otro Nombre dado a los hombres por el cual podamos ser salvados. Lo que sucede después de una sanación es siempre maravilloso.

La sanación, en general, es como una explosión que genera una reacción en cadena, para transformar no sólo a la persona sanada, sino también a todos los que la rodean. He aquí la prueba en el siguiente testimonio:

Guadalajara, Jal. 11 de octubre de 1984.

Mi nombre es María Guadalupe López de Preciado. Mi esposo, Armando Preciado, es reportero del diario El Occidental. Hace trece años que estamos casados y tenemos un hijo y una hija. Queremos con este testimonio alabar, bendecir y glorificar al Señor, pues ha hecho maravillas en nuestras vidas aunque casi lo hubiéramos olvidado. El 3 de julio de 1984 tuvimos que hospitalizar a nuestra hija Claudia en la clínica catorce de la Seguridad Social, para que fuera operada de lo que se pensaba que era una hernia. Al día siguiente llegamos temprano para ver a nuestra pequeña y saber cómo estaba.

Nos asombró ver sobre su cama una solicitud de examen radiográfico, lo cual no es corriente, y menos todavía cuando los pacientes acaban de ser operados. El doctor, muy pesimista, nos dijo que parecía que Claudia tenía un cáncer. Le habían hecho una biopsia; tendríamos los resultados la semana siguiente. Si el resultado era positivo, habría que reoperarla de inmediato.

El 11, hacia el mediodía, esperábamos los resultados con gran angustia. El doctor Barragán nos confirmó que nuestra hija tenía efectivamente un cáncer inoperable. Los resultados de la biopsia indicaban un neuroblastoma abdominal estadio III (inoperable): se trata de dos tumores que invaden casi por completo el abdomen. Sólo un milagro podía salvar a nuestra hija. Fuimos a la asamblea de oración para pedir su sanación. Después, la pequeña fue trasladada al Servicio de Oncología de otro hospital, con el doctor Juan Arroyo, que nos confirmó la gravedad de la enfermedad.

Continuábamos orando. El Señor nos dio el gozo de asistir a la santa misa celebrada por el padre Emiliano Tardif en el Auditorium el 28 de junio a las 17 horas. A pesar de todas nuestras dificultades para entrar, lo logramos. Era una verdadera fiesta donde el Señor ofrecía la sanación física o interior a varios hermanos. El padre citaba a las personas que eran sanadas y, desesperados, no oíamos nada que pudiera concernir a nuestra pequeña. Al final de la misa, mi hija y yo nos acercamos al padre Tardif y, llorando, le dije:

“Padre, mi hija tiene un cáncer casi incurable, y si ella muere, yo también quiero morir. Es mi única hija”. El padre, con voz calmada y apaciguadora, me dijo: “No llore señora. En el nombre del Señor, su hija va a sanar”. Dicho esto, puso la mano sobre la cabeza de Claudia y rezó cinco segundos. Ya han pasado tres meses. Los tratamientos de quimioterapia y radioterapia han terminado, sin ninguna reacción negativa en mi hija. Les enviamos copias del expediente de nuestra hija, en el cual una de las hojas, fechada el 12 de noviembre, dice textualmente: “Los tumores han desaparecido.

La paciente puede volver a su casa”. Tras esta maravilla del Señor, nuestras vidas han cambiado, nuestra unión se ha visto fortalecida. Muchos de nuestros amigos se han unido a grupos de oración. Nosotros, por nuestra parte, seguimos el Seminario de Vida en el Espíritu. Es para la alabanza y la gloria del Señor que damos este testimonio, que es la presencia manifiesta del Cristo que está vivo, que nos ama y que nos mira con los ojos llenos de compasión y de misericordia.

27 – ¿Sigue usted un método o una línea?

Un método, no. Anuncio siempre primero a Jesús y aliento la fe. Después rezo por la sanación del pecado por medio de la conversión y, por último, rezo por las sanaciones físicas. No hay un retiro donde no haya visto sanaciones sensibles. Pero eso no quiere decir que todos los enfermos deban ser sanados. Los milagros son signos del poder de Dios, que muestran que Jesús está vivo y sirven para el crecimiento de nuestra fe. Dios no nos quiere sólo restablecidos, sino enteramente sanados: cuerpo y alma, y asimismo en nuestras relaciones con los demás.

28 – ¿Qué consejo daría usted a las personas que ejercen este mismo ministerio de sanación?

El consejo es no rezar por la sanación sin evangelizar. No debemos comenzar rezando por la sanación física de golpe, sin preocuparnos de la vida espiritual del enfermo. Si la gente se siente muy lejos de Dios, hay que ayudarla para que se arrepienta de sus pecados. El caso del paralítico a quien primero le fueron perdonados los pecados antes de ser sanado es clásico para ejercer este ministerio. Si rezamos únicamente por la sanación física y no nos preocupamos de la conversión del inválido, hacemos un trabajo de veterinario: éste se ocupa únicamente del cuerpo. Hay que preocuparse del perdón y de la sanación interior. Si el ministerio de sanación se reduce a la sanación física, sin preocuparse de la vida de fe, no vale la pena tener ese carisma.

29 – Se dice que usted conoce a gente muy importante en todos los ámbitos: Reyes, Presidentes y Cardenales le han pedido la oración y lo han invitado a su misa privada. ¿Cuál es la persona más importante que usted conoce personalmente?

Para mí, la más importante es Jesús. Pero todos somos importantes, pues somos hijos de Dios. No hay título más grande en este mundo que el de hijo de Dios. Cada persona vale lo mismo, pues Jesús ha dado su vida por ella. Hemos sido rescatados al precio de la sangre preciosa de Cristo Jesús. Todas las personas que encuentro son importantes, pero la más importante de todas es Jesús, el Señor de los señores.

Sí, padre, pero nos referíamos a una persona viva.

¡Jesús está vivo! Desde que resucitó al tercer día del sepulcro, está vivo para no morir jamás. Y no sólo eso: tiene la vida para darla a todos los que creen en su Nombre. Usted también puede encontrarlo. Está allí y llama a la puerta de su corazón. Si usted oye su voz y le abre la puerta, Él entrará en su casa y lo convidará al banquete del Reino...

30 – ¿Cuál es el mensaje del padre Emiliano Tardif?

No hago sino predicar que Jesús es el único Mesías y que no debemos esperar a otro. La esencia de mi predicación es manifestar que Jesús está vivo hoy en su Iglesia. Creo que tengo cada día menos que decir, pues me doy cuenta de que lo esencial es ser testigo de lo que hemos visto y oído. Cada día me doy cuenta de que lo importante no es hablar de Jesús, sino dejarlo actuar con todo el poder de su Espíritu Santo.

31 – Finalmente, dada la importancia creciente del don de sanación y el número de personas que van a eucaristías donde se reza por los enfermos, ¿qué quiere Dios decirnos a través de todos estos signos?

A través de estos signos, el Señor viene a manifestarnos su victoria total. Jesús ha venido a liberar a su pueblo del pecado, pero además están las consecuencias de éste, como la enfermedad y la muerte. Jesús da signos de su victoria sobre el pecado sanando a los enfermos y resucitando a los muertos. Jesús resucita glorioso en el sepulcro y es allí donde se encuentra el signo definitivo de su victoria, porque la muerte entró en el mundo a causa del pecado, como afirma san Pablo (Rm 5, 12). Constato que cada sanación es un signo evidente de la victoria de Jesús.

Es también una manifestación del amor de Dios. Hay que recordar lo que Jesús dijo al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”. Luego añadió: “Para que sepan que el Hijo del hombre tiene el poder de remitir los pecados en la tierra, te lo ordeno, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa” (Mc 2, 9-11). Para mí es la frase más clara para explicar el sentido de la sanación: demostrar la victoria de Jesús sobre el pecado. Tiene el poder de perdonar los pecados y, por ello mismo, de destruir sus consecuencias.

Todos estos signos nos repiten una sola cosa: Jesús es el Mesías salvador de este mundo y no debemos esperar a otro. Este Mesías está vivo hoy, y da la vida a los que creen en su nombre.

Conclusión

Quisiera terminar este capítulo titulado “Entrevista del autor” con lo que me sucedió un día a propósito de una entrevista. Un periodista del semanario francés V.S.D. (Viernes, Sábado, Domingo) me pidió un día una entrevista para su periódico, que tira a cuatrocientos mil ejemplares. Declara que “para responder a las interrogantes de tanta gente que no puede encontrarlo” se ha convertido en “detective para escudriñar cielo, mar y tierra durante dos meses, antes de poder localizar al padre Tardif por teléfono y fijar el encuentro en Santo Domingo”.

Cuenta luego su viaje a las Antillas y la travesía de Sabaneta: “Una iglesia blanca y un puñado de casitas rosadas y turquesa, al flanco de la montaña verde..., y precisamente porque este hábitat está desheredado de la tierra, el padre Tardif lo visita para que no se prive del cielo”.

A continuación aparece una foto del padre Emiliano Tardif sonriendo sobre un asno en un camino de la isla caribeña, con la siguiente leyenda: “A lomo de mula, el padre Tardif evangeliza a los campesinos”. Poco después de la publicación de ese reportaje fui a París, y mucha gente me dijo que había quedado extremadamente asombrada de que me hubiera dejado entrevistar por una publicación semejante, que no es religiosa, sino que más bien trata de temas ligeros y superficiales. Estaban escandalizados de ver mi foto en medio de gente del mundo y de artículos poco cristianos.

No respondí a sus críticas, pero pensé que si Jesús se había sentado a la mesa de los publicanos y era seguido por prostitutas, no había que tener miedo a ese tipo de situaciones. Un año más tarde predicaba en Estrasburgo; debía ir luego a Dijon. Roger, miembro de la comunidad del “Pozo de Jacob”, se ofreció a llevarme en coche. En el camino le pregunté cómo había encontrado al Señor, y se puso a contarme la historia de su vida, cómo había permanecido largos años lejos de la fe y de todo contacto con la Iglesia.

Continuó: “Pero sucedió que un fin de semana compré la revista V.S.D., donde encontré un artículo de un sacerdote que curiosamente se llamaba como usted, Tardif. Me pareció interesante, pues hablaba de un Dios maravilloso que yo no conocía. Me llamó tanto la atención que me informé de dónde podía encontrar un grupo del Renacimiento. Seguí luego un seminario de la vida en el Espíritu donde tuve un encuentro personal con Jesús que me cambió la vida. Fue allí donde encontré ese Dios que me amaba y que quería mostrarme todo su perdón.

Me arrepentí y le abrí las puertas de mi corazón para que viniera a salvar todo lo que estaba perdido. Me confesé, y desde entonces soy otro hombre”.

Le dije: – Pero ese padre Tardif de la revista V.S.D., soy yo... – ¿Cómo? ¿Usted es de Santo Domingo? – De corazón sí, pero nací en el Canadá. Damos entonces gracias a Dios, que se sirve de todos los medios, hasta de esa clase de revistas, para acercar a sus hijos que experimentan el verdadero amor y no se abrevan en el camino en cisternas agujereadas, sino en la verdadera fuente de agua viva. Si yo hubiera publicado mi testimonio en los “Anales de la Propagación de la fe”, Roger jamás habría encontrado al Señor, pues no es esa clase de revistas la que compraba para divertirse. ¡Qué grande es el Señor! Sus caminos no son nuestros caminos y sus criterios no son los nuestros.

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LA NUEVA

EVANGELIZACIÓN

Hoy, el Santo Padre habla incansablemente de la Nueva Evangelización. A partir de su visita a Haití en 1983, donde empleó por primera vez ese término, no ha dejado de aludir a este tema. No hay casi ocasión en que no se refiera a él. El Papa señala los tres aspectos en los que la Evangelización debe ser nueva: Nueva en su ardor. Nueva en sus métodos. Nueva en su expresión. Notemos bien que no es nueva en su contenido. Está claro que la novedad no puede recaer sobre eso.

No existe otro Evangelio que el anunciado por Jesús mismo y repetido por los apóstoles: Jesús es el único Salvador. No hay otro mediador entre Dios y los hombres. El Evangelio es la persona de Jesucristo. La Buena Nueva es que Dios ha amado tanto al mundo que le ha dado a su Hijo Único, no para juzgar al mundo, sino para que el mundo sea salvado por él (Jn 3, 17). La Buena Nueva no es algo, sino alguien: Jesús, que dio su vida por nosotros, resucitó al tercer día de entre los muertos y está vivo para no morir jamás.

Así pues, su propia persona es el mensaje del gran amor de Dios por nosotros: aunque seamos pecadores, ha entregado a su Hijo a la muerte, para que todos los que creen en él tengan la vida eterna. La Buena Nueva que da esperanza sea cual fuere la situación o la circunstancia es que la muerte ha sido vencida por la resurrección de Jesús. Aunque Jesús no hubiera pronunciado ningún discurso, o los evangelistas no hubieran referido ninguna de sus enseñanzas, el mensaje central no se habría devaluado: él es la Palabra y su estilo de vida es el mensaje más grande y más fundamental.

El Evangelio es siempre el mismo y lo será siempre. Aunque un ángel bajado del cielo anunciara un Evangelio diferente de éste, sería falso y anatema, según la vigorosa expresión de san Pablo (Ga 1, 7-9). No necesitamos pues un nuevo Evangelio, sino una Nueva Evangelización. Veamos juntos qué significa la novedad de la evangelización.

1 – Nueva en su ardor

Nadie puede sentir ardor por la evangelización si no ha tenido antes un encuentro personal con Jesús resucitado. La razón es muy simple: la palabra ardor viene de “ser ardiente”, y no podemos ser ardientes si no estamos ante el fuego del Espíritu del Cristo resucitado. Los corazones de los discípulos de Emaús arden cuando Jesús mismo les explica las Escrituras: por eso regresan rápidamente a Jerusalén a dar testimonio de lo que les ha sucedido en el camino.

Arder por el Evangelio es un elemento fundamental en la evangelización: – Que el celo por la Casa del Señor nos devore. Que, como Pedro y Juan, no podamos dejar de hablar de todo lo que hemos visto y oído. – Que, como Jeremías, un fuego nos queme los huesos que nos empuja a evangelizar a tiempo y a destiempo. Para renovar el ardor hay que volver al primer amor, ese mismo que nos sedujo y nos impulsó a entregarnos sin condiciones a Jesús. Sólo entonces estaremos dispuestos a cumplir nuestra misión profética, aunque parezca amarga o difícil.

Si nuestro corazón arde de amor por Jesucristo, nuestra boca proclamará necesariamente su mensaje de salvación y nuestra vida será un reflejo de la suya. El predicador, más que teorías y doctrinas sobre Jesús, debe tener a Jesús en su corazón. Por esta razón el Papa Pablo VI decía que el mundo de hoy tiene más necesidad de testigos que de maestros. Hacen falta nuevos evangelizadores, encendidos por el fuego del Espíritu; testigos que no repiten lo que han leído o estudiado, sino que no pueden dejar de contar lo que han visto y oído.

Es preciso que se note que están llenos del Espíritu. Dos seminaristas habían ido a un retiro de Introducción al Renacimiento Carismático. Volvieron tan felices que fueron directamente a casa del Rector del seminario para contarle lo que habían vivido. Éste los miraba con duda, pero los escuchó con atención y respeto.

Muy pronto, uno de los dos, un poco imprudentemente, le dijo: “Monseñor, ¿no quiere que oremos de inmediato para que usted reciba el Espíritu Santo?” Él, un poco cohibido, respondió: “El Espíritu Santo lo recibí en el momento del bautismo. Se me volvió a dar el Espíritu el día de mi Confirmación, y todavía el día de mi ordenación sacerdotal...” Después de algunos segundos de silencio tenso, el otro seminarista añadió: “Entonces, Monseñor, ¿no podríamos orar para que eso se note?” El ardor por el Evangelio nos impulsa a estar encendidos en nuestro apostolado, de tal manera que a pesar de la amplitud de la tarea siempre hay una razón más fuerte: el amor.

A finales de 1984, después de haber predicado un mes consecutivo en Quebec, fui a Francia. De allí a Holanda, donde pude anunciar la Buena Nueva en Eindhoven y Róterdam. Aparte del trabajo muy intenso había además el peso de la traducción simultánea. Estaba tan cansado y hacía tanto frío que me puse a pensar en mi casita de La Romana y en el clima cálido y agradable de las Antillas; esa tranquila parroquia junto al mar, mi comunidad, etc.

Pero durante mi oración matinal el Señor me dio una lectura de la pequeña Teresa que decía: “Si un día llega a faltar el amor, entonces los apóstoles ya no predicarán el Evangelio”. Comprendí y dije: “Emiliano, no te quejes de que todavía haya mucho por hacer...” Después de una campaña de Evangelización en el Paraguay, terminábamos el último retiro con una misa de sanación en el gimnasio del gran seminario. Se calculó que debía haber más de veinte mil personas.

Toda la Eucaristía fue retransmitida por la televisión y mucha gente pudo ver las sanaciones que realizaba el Señor y oír los testimonios vivos de sanación, como el del doctor Galeano Duarte, de Caacupé: “Durante la misa del jueves pasado mostré a la multitud mis muletas, que ya no necesitaba, pues podía caminar sin ellas... Antes, cuando la gente se acercaba a mí para orar por mi sanación, les decía que había que esperar, que Dios tiene su hora para cada uno. Pero el jueves fue mi hora, y me sanó.

Y me encontré caminando por las calles de Asunción. Siento que mis piernas no cesan de fortalecerse. Estoy muy feliz de poder caminar. Según el diagnóstico de los médicos, debía pasar el resto de mi vida con mis muletas. No podía dar un paso sin ellas, y ahora estoy sanado. Por eso: ¡Gloria a Dios!”

Al día siguiente regresaba a Santo Domingo, vía Miami, con mi compañero de evangelización. Al subir al avión nos reconocieron y nos ofrecieron asientos en primera clase, mientras nuestros pasajes eran para la clase turista. Por supuesto aceptamos, agradecidos ante tanta gentileza. Después del despegue del avión, el copiloto vino a verme, preguntándome si podía hablarme y si aceptaría orar por él. Lo hice, más rápido que de costumbre, porque tenía que ir a su puesto y yo también quería descansar un poco...

Cuando terminé, el jefe de cabina me dijo: “Padre, ayer oí los testimonios de sanación por la televisión. ¿Podría orar por mí?” Pensé entonces: “Voy a hacer aquí otro retiro”. Hablamos y oramos juntos. Cuando se levantó, me dijo: “Padre, las azafatas se mueren de ganas de hablar con usted”. Respondí: “Que vengan”. Añadió: “El problema es que ellas no pueden venir a sentarse aquí, en primera clase...”. “Bien”, le pregunté, “¿dónde puedo hablar con ellas?” “Si usted está de acuerdo, padre”, me dijo, “podría venir a la cocina del avión...”

Me levanté pues, dejando mi cómodo asiento de primera clase, para ir a la cocina del avión. Cerraron la cortina y me ofrecieron un taburete tan alto que mis pies colgaban. El asiento era de hierro y apenas me sostenía. La primera me dijo: “Anoche participé en su misa y tenía muchas ganas de hablar con usted...” La segunda me contó que había seguido la misa por la televisión y que deseaba recibir una dirección espiritual. Fueron así viniendo todas por turno, reemplazándose en su trabajo para que yo pudiera orar por cada una de ellas.

No lograba acostumbrarme a mi taburete, donde pasé más de una hora, riendo de haber caído en la trampa al aceptar mi sillón de primera clase. Al volver a mi asiento le dije a mi compañero: “Demos gracias a Dios de que el piloto no haya venido a pedir una entrevista”. Cuando nuestra pasión es Jesús, siempre se puede evangelizar, en todas las circunstancias. A veces no nos queda tiempo para descansar, pero si nuestro descanso es Jesús, entonces se ve todo de manera distinta.

2 – Nueva en su método: Kerigma y Catequesis

El método es el camino pedagógico para anunciar el Evangelio. La Buena Nueva tiene un sistema organizado con etapas bien definidas y claras. En el proceso integral de evangelización podemos y debemos distinguir claramente dos momentos sucesivos que, aunque interdependientes, son diferentes: El kerigma, que es el anuncio de la persona de Jesús. La catequesis, que es la transmisión del depósito de la fe.

Si tomamos como punto de partida los seis discursos kerigmáticos de los Hechos de los Apóstoles (Hch 2, 14-39; 3, 12-26; 4, 9-12 y 20; 5, 29-32; 10, 34-43; 13, 16-41), nos daremos cuenta de que el contenido del kerigma es diferente del de la catequesis. El kerigma o Primer Anuncio, base de nuestra fe, está centrado en la proclamación de Jesús, con los tres acontecimientos más importantes: su muerte, su resurrección y su glorificación, con sus tres títulos más grandes: Salvador, Señor y Mesías.

No se trata, pues, de una doctrina que deba comprenderse con la inteligencia, sino de una persona que debe ser aceptada libremente por la fe.

En el kerigma no se habla de algo, sino de Alguien. La base inamovible del cristianismo es Cristo Jesús. Sin esa base, todo lo que se construyera encima (ya sea la catequesis, la moral o la teología) sería como construido sobre arena. Una de las primeras definiciones del cristianismo no fue ni la filosofía, ni la doctrina, ni la enseñanza, sino “la vida” (cf. Hch 5, 20). El kerigma nos conduce a un encuentro personal con el Cristo resucitado y a una experiencia de su salvación, que hace de nosotros criaturas nuevas por la fe y la conversión.

Nuestro gran error de método en la pastoral de evangelización es insistir en la enseñanza y la catequesis de personas que aún no han nacido de nuevo. Durante una gira de predicación en Egipto visitamos las imponentes Pirámides. Se nos contó que para el viaje al más allá del difunto se le dejaban platos de manjares exquisitos. Desgraciadamente, esos alimentos tan ricos se perdían, pues el muerto nunca podía probarlos.

Esto es lo que sucede cuando damos el rico alimento de la doctrina, de la moral o de la ortodoxia a quienes están todavía muertos, porque no han hecho la experiencia de la Vida en abundancia que Cristo vino a traer a la tierra. Por eso, cuando Jesús llegó a la casa de Jairo, donde su hija de doce años acababa de morir, lo primero que hizo fue resucitarla y fue después cuando pidió que le sirvieran de comer. Algunos piensan que es comiendo como resucitan los muertos, pero no es el caso.

Muy a menudo nuestra estructura doctrinal es perfecta, pero supone algo que todavía no existe.

Había un sacerdote muy activo y dinámico a quien le gustaba organizar la liturgia con mucho cuidado. Pero como quería hacerlo todo él mismo, siempre olvidaba algún aspecto. Un día organizó una procesión del Santísimo Sacramento. Había puesto atención a todos los detalles: el coro, los monaguillos, los cantos, las velas, el incienso, el orden, etc. La ceremonia comenzó a la hora. El órgano tocaba, la gente cantaba y todos marchaban en orden, mientras el dulce olor del incienso daba un toque de solemnidad y recogimiento. Vestido con su capa y cubierto por el palio sostenido por cuatro acólitos bien vestidos, el sacerdote elevaba respetuosamente la custodia hacia el cielo.

La procesión estaba a punto de terminar cuando un acólito se acercó al sacerdote para hablarle. Éste se resistía, porque eso salía de su esquema y de su organización. Sin embargo, ante la insistencia del acólito, le preguntó qué pasaba. “Padre”, le dijo el monaguillo, “usted ha olvidado poner la Hostia en la custodia...” El sacerdote bajó entonces la custodia para verificar y se dio cuenta de que realmente la había olvidado. No pudo contenerse y exclamó en voz alta: “¡Siempre olvido un pequeño detalle!” A veces lo tenemos todo bien organizado. Nuestros esquemas pastorales son fabulosos, nuestros planes están bien hechos. Todo es perfecto... pero se olvida “el pequeño detalle...”

En 1985 abordábamos este tema con un grupo de misioneros del Japón. Uno de ellos comentó: “Este es el punto central para evangelizar estos países. Si no les presentamos ante todo el kerigma, estamos condenados a trabajar para un fruto mínimo”. Entonces el obispo emérito de Fukuoka reconoció: “Hemos construido muy cuidadosamente nuestras estructuras, pero a veces se ha olvidado presentar a Jesús”. La catequesis, para dar un fruto abundante, debe estar en su lugar: siempre después del anuncio kerigmático. Para que la vida crezca, primero tiene que haber nacimiento.

Se nace a la Vida Nueva por la respuesta de fe y la conversión al mensaje de salvación. La catequesis no comprende ni mucho menos suplanta al kerigma. Lo supone. Hacer una catequesis sin haber transmitido antes el kerigma es olvidar “el pequeño detalle”. La información de la catequesis no basta; es necesario que el Espíritu Santo talle la imagen del Cristo en nosotros.

Desgraciadamente, en la formación de un cristiano a veces se olvida “el pequeño detalle” que se ha convertido en la piedra angular de la vida cristiana. En la Iglesia Católica tenemos la riqueza del depósito de la fe, la enseñanza de los apóstoles, el magisterio de la Iglesia, la vida sacramental, etc., pero todo esto tiene una base: la persona de Jesús que murió y resucitó. Esa es la piedra angular sobre la que se edifica toda la obra. Si no construimos sobre esa roca inamovible, la más pequeña tempestad o una ráfaga de viento echará el edificio por tierra y su ruina será grande.

3 – Nueva en su expresión

Para comprender esto debemos mantener los ojos fijos en Jesús, el primero y el más grande de los evangelizadores, para darnos cuenta de cómo transmitía él mismo la Buena Nueva de la salvación. Jesús presentaba el Evangelio de una manera muy simple. San Mateo resume maravillosamente la actividad de Jesucristo en un texto muy bello: Jesús recorría toda la Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia entre el pueblo (Mt 4, 23 y 9, 35). La evangelización de Jesús comprendía dos aspectos fundamentales: el anuncio de la Palabra y la sanación de los enfermos.

El anuncio de la Palabra

Hoy algunos piensan que el testimonio de vida basta y que no es necesario proclamar la Palabra. Sin embargo, no ha existido testimonio de vida más auténtico que el de Jesús, y él anunciaba la Palabra por todos los medios, recorriendo las ciudades y los pueblos. Evangelii Nuntiandi, en su parágrafo 22, afirma que aunque el testimonio de vida sea la primera manera de proclamar la Buena Nueva, no basta y debe ser acompañado de la Palabra de vida. No hay verdadera evangelización si no se anuncia el Nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el Reino y el misterio de Jesús, Hijo de Dios. El mensaje es la persona de Jesús.

La sanación de los enfermos

Jesús realizaba signos y prodigios que reunían a las multitudes, y a esas multitudes enseñaba la Palabra de salvación. Hay gente que sostiene que lo más importante es proclamar la Palabra y que los signos milagrosos no son necesarios. Sin embargo, numerosos lugares de oración están vacíos porque no basta oír la Palabra; la gente quiere comprobar su eficacia. Es necesario que haya manifestaciones donde se revele el triunfo de Jesucristo sobre el pecado, la enfermedad y la muerte.

Cuando anunciamos la Palabra con signos, las multitudes se reúnen no sólo para oír, sino para ver que la Palabra de Jesús se cumple. Se muestran entonces más dispuestas a responder al mensaje de salvación con un acto de adhesión a la persona de Jesucristo como Salvador y Señor. Cuando predicamos de esta manera vemos cosas como las relatadas en El Diario de Asunción, en el Paraguay, el 22 de abril de 1985, en el artículo titulado: “La fe convoca a más de cuarenta mil fieles”.

Es con un poder de convocatoria insólito, dado que no hubo ninguna publicidad para la venida de este sacerdote carismático canadiense a nuestro país, que más de cuarenta mil personas se reunieron en el estadio del Club Cerro Porteño

La campaña de evangelización del Renacimiento Carismático a través de la predicación del padre Tardif ha producido un gran espectáculo de fe en Jesucristo. El lugar, demasiado pequeño, no pudo contener a la gran multitud que quería participar en la ceremonia; mucha gente tuvo que quedarse fuera. Miles de personas siguieron la celebración en su televisor. Se puede decir con toda honestidad que el Canal 13 batió el récord de lo que se llama taux d'écoute, según los comentarios hechos en la noche.

Actualmente la Iglesia Católica ejerce una gran atracción sobre todos los fieles, pues sin ninguna campaña de publicidad el país entero se ha beneficiado del mensaje y de las oraciones del sacerdote. Hay que señalar además el lugar que tiene en la actualidad el Movimiento del Renacimiento Carismático Católico en el país y en el mundo. En silencio, no cesa de extender su influencia de manera sorprendente. Este movimiento, en el seno de la Iglesia, se encarga de revivificar el poder de la fe en el mundo cristiano.

Los signos acompañan la proclamación del kerigma, pero jamás hemos visto signos que acompañen a las tesis teológicas, aunque sostengan los mismos argumentos. Ahora que volvemos a la predicación del kerigma vemos esos signos que reúnen a tanta gente que eso plantea problemas que habrá que resolver. Cuando la Palabra está acompañada de signos, el problema no es saber cómo hacer para que la gente venga, sino más bien cómo hacer con todos los que vienen. ¿No es curioso ese telegrama que me enviaron el 4 de mayo de 1986 desde Elizabeth, en el New Jersey, EE.UU., que decía así: “Gracias por no venir a predicar para el encuentro del 13 al 18 de mayo de 1986. No podemos encontrar un lugar suficientemente grande para contener a todas las personas que quieren escuchar la Palabra del Señor. Atentamente,”

Padre Roberto Trabold

Las sanaciones y los milagros no son apéndices secundarios de la evangelización, pues es a través de ellos como se revela la eficacia de la Palabra proclamada. Antaño se decía que los milagros servían para probar la veracidad de la doctrina. Tienen, sin embargo, una función todavía más importante: muestran que el Dios que predicamos actúa verdaderamente. Es la salvación en acto. Así pues, los signos milagrosos y las sanaciones nos ofrecen una ocasión maravillosa de manifestar la acción de Dios, y no sólo de hablar de un Dios que nadie puede ver ni ver actuar.

Durante un congreso ecuménico, un Obispo del Pakistán nos decía muy convencido: Hace más de veinticinco años que trabajo en el Pakistán. Puedo decir que soy la persona que ha convertido a más musulmanes: cerca de mil en todo mi ministerio. Al final de mi carrera me doy cuenta de que si no predicamos a los musulmanes el Evangelio con los signos y los prodigios que muestran que nuestra religión no es una ideología, sino una realidad, perdemos el tiempo ejerciendo nuestro ministerio en medio de ellos, pues son de una cultura anticristiana, pero no el anticristo.

Por su parte, un delegado de Irlanda añadió: Antes, el hombre elevaba la mirada al cielo ante todo problema y toda dificultad. Frente a una epidemia se hacía una cruzada de oración. Si no llovía, la gente organizaba jornadas de intercesión para suplicar a Dios que enviara agua. Hoy, las vacunas no han hecho olvidar a Dios. Pero lo peor es que nos hemos separado de Él en otras esferas más trascendentes. A veces se quiere construir el Reino con simples técnicas y organización.

Pero si es cierto que los musulmanes necesitan esta clase de signos, me atrevo a afirmar que para el mundo occidental y desarrollado son todavía más necesarios. El hombre vive a costa de sus propias fuerzas y debe experimentar que existe el poder de lo Alto: la fuerza del Espíritu Santo. Personalmente, creo que la nueva expresión para predicar el Evangelio debe ser que la Palabra esté acompañada de los signos de poder. Así predicaba Pablo (cf. 1 Ts 1, 5). Los milagros mismos autentificaban su ministerio apostólico (cf. 2 Co 12, 12).

Como si no pudiera haber un verdadero apóstol, completo, sin esos signos.

Creo que Jesús no ha cambiado de pastoral y que por eso en nuestros días sigue manifestándose con poder frente al hombre contemporáneo. Jesús no ha cambiado de método pastoral, puesto que el que tiene es eficaz. No necesita congresos de Pastoral ni semanas de “puesta al día” o de “reciclaje”, porque su método sigue funcionando y no hay nada mejor que pudiera suplantarlo. Sigue sanando, convoca a las multitudes, la Palabra es anunciada y los que se abren a la fe se convierten.

El 23 de diciembre de 1987, el padre Paul Pegeaud, de Issia, en Costa de Marfil, me escribe y me dice: La gira de evangelización ha dejado una profunda huella en la parroquia. Me arrepiento de no haber invitado a más paganos, puesto que cada pagano sanado se ha convertido en catecúmeno. Hubo sanaciones espectaculares como la de un niño jorobado de cuatro años. Estaba en los brazos de su papá, que es médico. Cuando comenzó la oración por los enfermos, se puso a sudar abundantemente. Cayó al suelo y se agitaba como si se encontrara en una marmita de agua hirviendo.

Luego sintió que algo lo tiraba de la cabeza y de las manos y se levantó solo. Entonces le dijo a su papá: “Papá, se puede decir que eres un buen médico”. Su padre le respondió muy emocionado: “Pero no soy yo quien te ha sanado. Es Jesús de Nazaret...” Cuando volvió a su casa, el papá intentó tomar un poco de licor, pues le gustaba mucho, pero su boca lo rechazó y quedó así liberado del alcoholismo. Tenemos otros casos muy bellos de reconciliación familiar y de perdón.

Habíamos predicado muchas veces que Jesús ha resucitado y da la vida, pero ahora tenemos numerosos testigos que lo confirman.

Habíamos leído y predicado muchas veces las sanaciones de las que habla el Evangelio, pero ahora las han visto con sus propios ojos. El Evangelio ha recobrado un nuevo valor para los cristianos y no cesa de asombrar a los paganos. Hay quienes critican las exageraciones del ministerio de sanación. Yo hago lo mismo, porque a veces existen. Pero los que señalan los extremos deberían hablar también de los que exageran por defecto, es decir, de los que jamás toman en cuenta ese aspecto evangélico. Para mí esta última exageración es más peligrosa, pues nos conduce a olvidar que el poder de Dios manifiesta la salvación al hombre de hoy.

A veces, si uno es miope, piensa que la sanación lo es todo y no descubre su valor. No se percibe el alcance de un signo tal: la sanación suscita una reacción en cadena en los distintos ámbitos de la vida de la persona y de los que la rodean, como se ve en el caso siguiente: en Santiago de los Caballeros, en República Dominicana, en el otoño de 1987 tuvo lugar una sanación muy grande. Oscar Lama había tenido un accidente de coche, tras el cual había permanecido en coma durante dos meses. Fue trasladado a un hospital conocido en Pittsburg, en los Estados Unidos, donde pasó varias semanas.

Allí, cuando se constató que ya no había nada que hacer – se le había extirpado una parte del encéfalo – se lo devolvieron a su casa. Si lograba salir del coma, llevaría una vida vegetativa, sin ninguna característica humana. Durante una Misa de sanación en la Catedral de Valverde, su papá nos pidió que fuéramos a su casa a orar por su hijo. Fuimos, el párroco de la Catedral y yo. Oramos al Señor para que lo sanara, durante unos cinco a ocho minutos.

Era impresionante ver a ese ser humano totalmente inmóvil, que no reaccionaba a ningún estímulo ni tenía el menor movimiento propio. Al día siguiente, por la mañana, Oscar llamó a sus padres. Fue una gran emoción para ellos oírle hablar. Durante la semana miraba los programas deportivos por la televisión y recordaba el nombre de todos los jugadores famosos que conocía. Le volvió la memoria y las demás facultades mentales. Más tarde se levantó y, gracias a una intensa terapia y al ejercicio, se puso de nuevo a caminar.

Hoy Oscar Lama tiene un trabajo profesional totalmente normal. Esta sanación ha sido para toda la familia una llamada a la fe; incluso uno de sus mejores amigos, que lo visitaba regularmente, vino a confesarse conmigo. Cuando Oscar volvió a la iglesia, su amigo hizo su primera comunión a su lado. Toda la familia fue tocada espiritualmente a través de esta sanación. Había sucedido lo mismo que en las Bodas de Caná, donde san Juan dice: Jesús manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él (Jn 2, 11). Este signo despertó la fe en los que lo rodeaban.

La sanación se había convertido en instrumento de evangelización.

4 – Nuevas maneras de evangelizar

Debemos buscar nuevas maneras de predicar el Evangelio. Lo que hemos hecho hasta hoy no basta. Hay que predicar en los estadios, emplear medios todavía poco usados por los católicos, como la radio y la prensa. La imaginación debe conducirnos a buscar nuevas expresiones del Evangelio a través de la música, el arte, la cultura. Ya no podemos esperar a que la gente venga a la Iglesia. Hay que salir. Jesús dijo: “Id y proclamad”. No dijo: “Esperad a que los demás vengan a vosotros”. Los estadios, las plazas, los centros comerciales y toda reunión social pueden ser centros de evangelización. Nuestra comunidad “los Servidores de Cristo Vivo” evangeliza por la televisión. Aunque es un ministerio muy costoso y no tengamos los medios necesarios, damos pasos en la fe.

De la misma manera que Moisés no esperó a tener el oro suficiente para comprar los alimentos necesarios para su travesía por el desierto, sino que dio un paso en la fe, así nos hemos lanzado nosotros. Oro y plata no tenemos, pero lo que tenemos lo damos: Jesús, con la ventaja de que es el único que la gente necesita. Podemos contar con el mejor artista del mundo: el que hizo de su vida y de su muerte una obra de arte. Eso nos basta. Si ponemos lo poco que tenemos, ¿cree usted que el Señor nos va a fallar?

Nuestro programa comenzó en un canal local; ahora se difunde a nivel nacional todos los días. Hemos recibido incluso testimonios de toda clase. Una mujer estaba en su cocina, en su casa, y miraba el programa de evangelización por la televisión. En el momento de la oración por los enfermos se puso de rodillas y oró por el hijo que deseaba tener desde hacía diez años que estaba casada. En ese momento sintió una emoción muy fuerte y un calor que la invadía. El Señor la sanó del problema que causaba su esterilidad.

Poco tiempo después, la pareja esperaba un bebé que nació en las mejores condiciones y que fue bautizado con el nombre de Emmanuel. Cuando oímos hablar de este caso los invitamos a la televisión. Mientras ella daba su testimonio, la cámara estaba fijada en el rostro del pequeño, en los brazos de su padre. Fue realmente un testimonio muy bello.

Hay que servirse de todos los medios para evangelizar. He oído hablar de una persona en Santiago de los Caballeros que fue sanada por el Señor escuchando en casete la oración por los enfermos. A través de este medio se puede tocar a las personas que no saben leer, o a las que simplemente no les gusta. El teléfono también es un medio de evangelización. Tenemos en la Casa de la Anunciación un servicio de escucha telefónica durante todo el día para recibir las llamadas de personas necesitadas, algunas desesperadas e incluso al borde del suicidio. Por medio del teléfono las evangelizamos y oramos por ellas; tenemos resultados maravillosos.

He aquí una carta que recibí:

21 de febrero de 1983

Rvdo. padre,

No sé cómo agradecer a Dios la sanación de mi hija María Guadalupe. Durante el año 1978 usted vino a Guadalajara para un retiro de sacerdotes. Como me era imposible encontrarme con usted, me había informado de su alojamiento y le había dejado un mensaje, pidiéndole que orara por mi hija: tenía un tumor en los dos senos y los médicos habían decidido extirparlo.

Había comenzado su tratamiento hormonal hacía apenas cuatro días cuando supe que usted estaba aquí y me animé, como la mujer que sufría hemorragias, a pedirle que, si le quedaba un poco de tiempo, nos encontráramos y orara por mi hija. Usted fue tan amable de hacerlo. Cuando mi hija habló con usted, lloraba de alegría. No transcurrió una semana antes de que nos diéramos cuenta de que ya no tenía ningún tumor. Hace ya cinco años de eso, y jamás ha vuelto a tener ningún problema. Desde el principio dimos gracias a Dios por usted.

Que Dios lo bendiga por esta gran ayuda que nos ha traído, sin preocuparse de la fatiga que seguramente sentiría con todo ese trabajo. Dios es tan grande que aprovechó esta llamada para llenarnos a todos de alegría.

Dolores S. de Reyes

El testimonio siguiente viene de una mujer que me telefoneó un día desde España a República Dominicana: A comienzos del año 1982, después de haberlo buscado por todos los rincones, logré comunicarme con usted por teléfono. Tras algunos instantes de espera, usted me respondió desde el otro lado del Atlántico. Le presenté mi pena por la enfermedad de mi marido y usted no me dijo que iba a orar por él; de inmediato hizo por teléfono una pequeña oración por él. Vengo a decirle que mi marido está ahora perfectamente sanado de su mal, y me doy cuenta de que con el Señor las distancias no cuentan.

El Señor se ha manifestado también a través de las cartas. Como recibo mucho correo pidiendo oración y no tengo tiempo de leerlo todo, una religiosa se encarga de responder, asegurando que el próximo primer viernes ofreceré la Eucaristía por los que han pedido oración. Así fue como hace algunos meses recibí una carta del Brasil en la que una mujer me decía: Querido padre Emiliano: Hace algún tiempo le escribí para contarle mi pena y mi sufrimiento.

Tuve la gran alegría de recibir su carta, en la que usted me prometía su oración durante la Eucaristía del primer viernes. Padre, quiero decirle que fue precisamente ese día cuando quedé sanada de mis males. Que Dios bendiga su ministerio. Yo no había podido leer esa carta, pero el Señor sí la había leído y se había ocupado de esa mujer.

La nueva expresión no son los métodos ni los instrumentos que usamos en la evangelización, sino contar con el poder del Espíritu Santo y servirnos de todo instrumento a nuestro alcance para anunciar la Buena Nueva.

5 – La Nueva Evangelización es integral

Todo el Evangelio para todo el hombre y para todos los hombres. Todo el Evangelio

El Evangelio es Jesús. No hay otro. Pero no debemos olvidar el misterio de su Cuerpo. Jesús forma un cuerpo con su Iglesia; por eso no se puede evangelizar integralmente si reducimos el Evangelio a la sola presentación de la persona de Jesús y olvidamos su cuerpo, que es la Iglesia. Él extendió su misión a los suyos: “Como el Padre me ha enviado, yo también os envío” (Jn 20, 21). Desde entonces, la salvación de Jesús se hace presente y efectiva a través del ministerio de la Iglesia. Por eso, separar el cuerpo de la cabeza es traicionar el Evangelio. Omitir el aspecto eclesial sería separar la pareja Cristo-Iglesia.

Cuando un escriba interrogó a Jesús sobre el primer mandamiento, le respondió: “El primer mandamiento es amar a Dios, pero el segundo es amar al prójimo”. Los dos son inseparables. Desde entonces, la relación con Dios implica una relación con los demás miembros del Cuerpo. Por otro lado, el Evangelio completo incluye también los signos de poder que muestran que el Reino está en medio de nosotros. No podemos omitir los carismas so pena de mutilar el Evangelio.

Un día, un Obispo me invitó a predicar un retiro sacerdotal en el Canadá, pero con la condición de que no se oraría por la sanación física y de que no se abordaría el tema de los carismas, particularmente la sanación. Le sugerí que invitara a otro predicador que no hablara del ministerio de sanación, pues yo no podía no hablar de lo que había visto y oído. Entonces el Obispo me respondió: “Venga y predíquenos el Evangelio completo”.

En mi primera charla tomé el texto donde san Mateo resume la pedagogía evangelizadora de Jesús: Jesús recorría toda la Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia entre el pueblo (Mt 4, 23). Añadí luego: “Jesús no ha cambiado de método. No podemos inventar un método mejor que el suyo. Suprimir un elemento del Evangelio es creer que nuestros métodos son mejores que los de Jesús. Suprimir las sanaciones es una traición al Evangelio”.

Para todo el hombre

El Evangelio no debe alcanzar sólo la transformación del corazón, sino también todo lo que concierne a la persona humana. El hombre es cuerpo, alma y espíritu; por consiguiente, la salvación debe extenderse al ser humano en su totalidad. Jesús no ha venido a salvar almas, sino a personas que son cuerpo y alma. En mi propia experiencia he podido notar que Dios toma dos caminos: – El del paralítico: primero le perdona sus pecados, luego sana su cuerpo (cf. Mc 2, 9-12). El del ciego de nacimiento: comienza por sanarlo y luego lo transforma interiormente (Jn 9).

El plan de Dios es tocar al hombre entero. Por consiguiente, la evangelización debe ser salvífica en todos los aspectos de la vida humana: alcanzar a todo el hombre: liberación del pecado, de la ignorancia y de la muerte. Pero debe también satisfacer las necesidades fundamentales de todo hombre: alimento, vestido, salud y una vivienda digna como hijo de Dios.

Para todos los hombres

La evangelización que es salvífica debe ser igualmente liberadora: alcanzar todas las estructuras humanas: la vida política, económica y social.

Transformar las estructuras injustas e inhumanas.

Influir en las culturas, impregnándolas de los criterios y de los valores del Evangelio.

Dios ha querido liberarnos y salvarnos no como individuos aislados, sin ningún lazo entre nosotros, sino que ha formado un pueblo.

El Evangelio debe pues transformar las relaciones de los individuos y de los pueblos, instaurando la civilización del amor: cielos nuevos y una tierra nueva.

El poder del Evangelio está en su máximo cuando, habiendo transformado a los individuos, éstos son capaces “de alcanzar y como de conmover por la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes de inspiración y los modelos de vida de la humanidad”.

Lo que mejor puede resumir lo que significa esta Nueva Evangelización integral es lo siguiente: hace algunos años me encontré en la diócesis de Monseñor Carlos Talavera, donde predicaba un retiro de fin de semana. Había allí más de veinte mil personas deseosas de oír la Palabra de salvación y de ver su eficacia. Después de haber predicado la Palabra de vida y de que el Señor hubiera sanado a muchos enfermos, el Obispo dijo a esa inmensa multitud: “Evangelizar no es sólo hablar de Jesucristo, sino permitirle actuar para que pueda esparcir su salvación en este mundo.

Evangelizar es sembrar la actividad salvífica de Jesús. Ya no basta al mundo que hablemos de Jesús; necesita verlo actuar. Si no, ya no creerá en él. Si por un lado el mundo no se satisface de palabras y quiere hechos, por otro nuestro testimonio personal no basta: la salvación de Jesucristo debe hacerse efectiva en todos los ámbitos de la vida humana.

Estamos llamados a cambiar los centros de interés, los modelos de vida y los valores que determinan la conducta de los hombres. Entonces sí, el mundo puede darse cuenta de que el Reino ha llegado, y de que Jesús es realmente el Mesías que ha venido a traer un nuevo estilo de vida entre los hombres, los grupos, las naciones. Evangelizar es dejar sembrada la actividad salvífica de Jesucristo, para que con la fuerza de la semilla que crece sola quede fecundada la realidad humana y se cumpla el designio de Dios en este mundo.

Evangelizar es salvar a todos los que se encuentran presos en las garras de Satán, ya sea por el esoterismo y el ocultismo, o por un contacto de todo tipo con curanderos y el espiritismo. Sin hablar del culto satánico que se extiende cada vez más. Es evidente que la principal arma del enemigo es la mentira; nos engaña haciéndonos creer que sólo está en esta clase de cosas. Pero también está en el consumo desmedido, la codicia, la injusticia, la carrera armamentista, la pornografía, el aborto y toda forma de corrupción y ambición desmesurada.

El enemigo tiene mil maneras rodeadas de engañarnos: hoy hay sistemas que están bajo el poder de Satán. El nazismo lo fue. Pero ciertas formas de capitalismo, de socialismo y de regímenes totalitarios, como la Seguridad Nacional llevada al extremo donde se violan los derechos de la persona humana, hecha a imagen y semejanza de Dios, son también antievangélicas. El Evangelio no es una evasión de la realidad, sino un fermento que transforma nuestra vida económica, política, social, comercial y eclesial... Entonces sí podremos afirmar que el Reino ha llegado y es lo que determina la vida de la sociedad.

6 – La Nueva Evangelización, obra del Espíritu Santo

La evangelización es una obra eminente divina, pues se trata de instaurar el Reino de Dios en este mundo, mientras que por otro lado la vida divina es engendrada en el corazón de los hombres. Y esto sólo es posible con el concurso de la acción del Espíritu Santo. El papel del Espíritu Santo es indispensable, tanto en el evangelizador como en el evangelizado.

En el evangelizador

Lo unge con su poder, para que la Palabra anunciada pueda llegar a los corazones de los que la escuchan como una Palabra eficaz, capaz de convertir. No son nuestra retórica, ni los dones oratorios, ni la facilidad de hablar los que convencen a las personas. El Espíritu Santo puede ciertamente servirse de todo eso, pero en definitiva, el agente principal de la evangelización es él. La evangelización siembra la vida divina y es una acción propia del Espíritu Santo. Ciertamente necesita de nuestra colaboración, pero sin el Espíritu Santo nuestro esfuerzo y nuestra buena voluntad no podrían transformar el mundo ni el corazón de las personas. Si el Señor no construye la casa, en vano se afanan los constructores (Sal 127, 1).

Pablo, Apolo o cualquier otro evangelizador no son sino instrumentos, pero el único que hace crecer la semilla es Dios. No somos capaces de convertir a nadie. Esto es obra propia del Espíritu Santo. Un día, un predicador conocido, muy fogoso, predicaba un retiro de cuaresma en un templo desbordante de gente. Estaba muy emocionado y hacía grandes gestos, usando bellas figuras literarias y citando a grandes pensadores del cristianismo. Al final de su predicación entró en la sacristía para descansar un poco.

Se sentó en un sillón cómodo y se desabotonó el cuello romano. Como si hubiera librado una gran batalla, se relajó y estiró las piernas. Muy pronto, una mujer vieja entró de improviso y le dijo: “Padre, estoy lista para cambiar de vida. Pongo mi vida en manos del Señor Jesús”.

El sacerdote, con aire de satisfacción, constatando de inmediato los frutos de su elocuente predicación, le preguntó: “¿Y cuál es la frase de mi sermón que te ha convencido de convertirte?” Ella le respondió con toda franqueza: “No, padre, no es nada de lo que usted ha dicho, sino que cuando en medio de tanto calor sacó usted su pañuelo blanco, reflexioné y me dije: Magdalena, y tu alma que es tan negra...

Y cuando usted se sonó, hizo tanto ruido en el micrófono que me hizo pensar en las trompetas del juicio final, y entonces decidí confesarme de inmediato...”

A veces, el Señor se sirve de las “trompetas del juicio final” para tocar un corazón. Sus caminos son siempre originales. Se sirve de toda circunstancia y de todo detalle.

En el evangelizado

El Señor llama a la puerta de los corazones y da a la vez la gracia para que puedan abrirse: cuando Pablo predicaba en Filipos había una mujer llamada Lidia que escuchaba con gran atención. Pero san Lucas declara que el Señor le abrió el corazón, de modo que se apegó a las palabras de Pablo (Hch 16, 14). Dios da la gracia para responder a su llamada. La fuerza del Renacimiento Carismático se arraiga en la experiencia del poder del Espíritu Santo. Sabemos que la obra de Dios no depende de nuestras fuerzas ni de nuestras capacidades, pero tampoco se detiene en nuestros límites o defectos. Dios es todavía más grande que todas nuestras miserias.

La Nueva Evangelización es eficaz cuando está animada por el viento violento de Pentecostés. Esa es la piedra angular de una evangelización eficaz. El secreto del éxito de Pedro cuando convirtió a tres mil personas en esa mañana gloriosa reside en el hecho de que acababa de bajar del Cenáculo, colmado de la plenitud del Espíritu Santo y de sus carismas. Por eso afirma el Papa Pablo VI: “Las técnicas de evangelización son buenas, pero las más perfeccionadas no podrían reemplazar la acción discreta del Espíritu”. El kerigma o evangelización fundamental culmina con una experiencia del poder del Espíritu Santo. El nuevo nacimiento es obra del Espíritu Santo. Por eso, sin él no puede haber evangelización completa. Hemos pretendido convencer con la verdad en lugar de dejar actuar al Espíritu Santo. 1. Evangelii Nuntiandi, § 75.

7 – Nuevos evangelizadores para una Nueva Evangelización

Ciertamente necesitamos una Nueva Evangelización en la línea indicada anteriormente. Pero no puede haber Nueva Evangelización sin nuevos evangelizadores que transmitan lo que han experimentado. D. Dino decía en la misa de clausura del Encuentro Nacional del Renacimiento Italiano en Rímini, ante cuarenta mil personas: “Id y proclamad que Cristo está vivo”. “En esta Eucaristía que concluye nuestro Encuentro, mientras elevamos nuestro himno de acción de gracias hacia el Padre, por todo lo que hemos visto con nuestros propios ojos, por lo que hemos contemplado y por lo que nuestras manos han tocado, no nos queda más que, como a los apóstoles, anunciar al mundo con fuerza esta maravillosa experiencia, contando lo que el Cristo resucitado ha hecho por nosotros.

Desde el día en que ante el sepulcro vacío, María de Magdala lloraba porque le habían quitado a su Jesús, ha resonado el mensaje del Ángel: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? ¡No está aquí! ¡Ha resucitado! Como los apóstoles primero y luego todos los cristianos, hasta nosotros, debemos acoger este mensaje para vivirlo y luego proclamarlo a todos: ¡Cristo está vivo hoy como ayer y para siempre! El que estaba muerto en la cruz ha dejado el sepulcro y está vivo.

De la oscuridad de ese sepulcro surge una brillante luz que ilumina a todos los hombres para dar nacimiento a una nueva creación. Si Jesús no está en el sepulcro vacío de Jerusalén, ciertamente está en todas las partes del mundo. Jesús no invitó a sus apóstoles a transmitir teorías o ideas abstractas, sino a dar testimonio de lo que habían visto y oído. La evangelización debe partir de los que han tenido una experiencia personal con Cristo resucitado.

Desgraciadamente, parece que siempre hemos estado más preocupados por enseñar la doctrina que por comunicar la vida. Para crecer en la vida de Dios hay que estar primero lleno del poder del Espíritu Santo. Lo hemos subrayado fuertemente estos días. Un evangelizador, ante todo, es un testigo que tiene una experiencia personal de la muerte y de la resurrección de Cristo Jesús, y transmite a los demás, más que una doctrina, una persona viva que ofrece la vida en abundancia. Sólo después, y siempre después, se debe hacer una catequesis y enseñar la moral.

A veces hacemos todos nuestros esfuerzos para que la gente observe los mandamientos. No debemos olvidar que la Ley fue dada después de la Teofanía del Sinaí. Por consiguiente, nadie puede ser mensajero auténtico del Evangelio si no ha hecho él mismo la experiencia de la vida nueva dada por Jesucristo. Cuando nos convertimos en testigos de lo que Jesús ha hecho, entonces todo cambia. Nuestro anuncio, nuestra evangelización, es rápidamente acompañada de los signos y los prodigios que el Señor ha prometido.

Un anuncio, una predicación, no debe ser una manera de hablar bien de Jesús, sino de colaborar y dejarlo servirse de nosotros como instrumento en su mano para que pueda actuar con el poder de su Espíritu; esto quiere decir que debemos anunciar a todos su amor misericordioso, que debemos hacer saber que Jesús ama a cada uno indistintamente, como testigos convencidos. Alguien ha dicho estos días que volvemos a vivir lo que sucedió hace dos mil años: sí, los dones del Espíritu no son historia antigua. “El mundo de hoy, harto de seguir a los maestros, se deja conducir por los testigos”, decía Pablo VI. Testigos que han vivido la experiencia de la vida nueva traída por Jesucristo, en el encuentro personal con el Resucitado.

Queridos hermanos, si queremos ser verdaderos evangelizadores, no nos queda más que repetir con los apóstoles: “Nosotros, en cuanto a nosotros, no podemos dejar de publicar lo que hemos visto y oído” (Hch 4, 20). Lo que hemos oído y lo que hemos visto nos provoca. El evangelizador, si no es un testigo que ha tenido su encuentro personal con Cristo resucitado, se convierte en un propagandista de teorías abstractas.

Debe haber experimentado en su propia carne la salvación, para poder asegurar a los demás: “Lo que me ha sucedido a mí puede sucederte a ti también”. Es lógico que la Nueva Evangelización no pueda realizarse sin un nuevo tipo de evangelizadores. Los discípulos de Jesús ya habían partido a evangelizar y, sin embargo, Jesús insistió en el hecho de que necesitaban algo que todavía no tenían: “Vais a recibir una fuerza, la del Espíritu Santo, y seréis mis testigos... hasta los confines de la tierra” (Hch 1, 8). Nosotros también necesitamos ser renovados por el Espíritu de Jesús.

Lo que muestra la diferencia entre un evangelizador y un nuevo evangelizador es Pentecostés. Sólo el Espíritu Santo hace de nosotros testigos de la resurrección de Cristo Jesús. El que no ha tenido su experiencia personal de Pentecostés no puede evangelizar con fuerza, pues nadie puede tocar los corazones si no es el Espíritu Santo, que nos hace proclamar que Jesús es Señor y Salvador. El nuevo evangelizador no se satisface con la ciencia, ni con el servicio, ni con la proclamación. Hay algo más profundo que todo eso. Tres personas parecen ejemplares; sin embargo, les faltaba “el pequeño detalle”

Nicodemo

Nicodemo era un sabio, maestro en Israel, que conocía la Ley y a quien todos consultaban para las cuestiones más difíciles. Sin embargo, pese a su ciencia, sus títulos y su reputación, le faltaba un pequeño detalle fundamental: nacer de nuevo. No basta saber las cosas con la cabeza. Hay que conocerlas por experiencia. Se puede ser experto en las cosas del Señor, tener títulos en ciencias religiosas e incluso ser diplomado en teología de una Universidad de renombre; eso no basta. No es malo, pero puede suceder lo que le había ocurrido al sacerdote de la procesión, que lo había organizado todo perfectamente pero había olvidado el pequeño detalle. El que ha nacido de nuevo comunica la vida nueva; si no, se reduce a la teoría o a la pura doctrina descarnada.

Samuel

Su madre Ana lo consagró al Señor apenas fue destetado. El canto de los Salmos fue la primera música que oyó y las ceremonias litúrgicas fueron el marco de su infancia. Por eso no es de extrañar encontrarlo desde su juventud en el Templo, prestando servicios junto al Sacerdote Elí. La Escritura afirma que Samuel servía al Señor en el Santuario (1 Sm 3, 1). Sin embargo, se nos dice, seis versículos más adelante, que Samuel no conocía todavía al Señor.

Es decir, aunque hubiera sido consagrado por su madre, pese a todas esas horas de servicio y de consagración a las cosas del Señor, no conocía siquiera a la persona a la que servía. Desgraciadamente, podemos estar consagrados al servicio de la Casa del Señor, pero sin conocer al Señor. Se puede trabajar horas en la viña del Señor, sin conocer al Viñador, ni estar enamorado del heredero. Podemos estar en las cosas del Señor, sin estar, sin embargo, al Señor de las cosas.

Pero en cuanto Samuel se puso a escuchar, no sólo la Palabra del Señor, sino al Señor que le hablaba, se convirtió en profeta.

Es decir, que podemos realizar un servicio (incluso el ministerio de la Palabra) como simples asalariados, profesionales del oficio, pero cuando hemos tenido un encuentro personal con el Señor, entonces nos convertimos en profetas.

Cleofás

Jesús logró hacer renacer las esperanzas de liberación de Israel. Como hijo legítimo de David, alimentó la espera de la restauración del Reino de Israel. Sin embargo, todo se desvaneció en tres días. Los sumos sacerdotes y los escribas lo arrestaron de improviso, lo condenaron y lo ejecutaron para evitar el peligro que amenazaba a las estructuras existentes. Así la fiesta de la Pascua se vio salpicada por la sangre de otro cordero inocente que se derramó sobre el monte del Calvario. En todos los que lo habían seguido, el llamado a la restauración nacional se apagó rápidamente. Ya no había nada que hacer.

Unos se escondieron, otros se dispersaron y muchos fueron los que desertaron, negando su relación con el crucificado. Así moría otro de esos sueños de liberación y de justicia del pueblo de Israel. El primer día de la semana, dos discípulos salieron de la ciudad fortificada de David para recorrer el camino árido de la decepción, mientras el sol agonizaba, dejando a todo el mundo de duelo.

Conversaban entre ellos, tristes y con el rostro sombrío, de todo lo que le había sucedido a Jesús de Nazaret; recordaban sus milagros y sus sanaciones: lo había hecho todo bien, sin herir ni apenar a nadie. Admirban su gran poder y reconocían que había en él un poder de Dios... pero todo había terminado y su esperanza había desaparecido por completo. Rápidamente y en el mismo camino, un peregrino se unió a los dos discípulos. Tenía un bastón de caminante en la mano, sandalias de cuero y una túnica blanca ligera.

Se acercó y, viendo la angustia de los viajeros, les dijo: “¿De qué hablaban?” Asombrados de tanta ignorancia, se detuvieron, con el rostro sombrío, porque Él tocaba una herida que todavía no había cicatrizado. Entonces le dijeron: “¿Eres el único habitante de la ciudad que no sabe lo que allí ha sucedido? ¿En qué sepulcro estabas escondido durante tres días, para no darte cuenta de la noticia que ha conmovido las entrañas de la tierra y oscurecido la luz del sol? ¿No sabes nada de lo que toda Jerusalén cuenta y que el mundo comentará durante muchos años?

El viajero misterioso, encogiéndose de hombros, respondió con aire asombrado: “¿Qué cosas?” Esta pregunta refrescó la memoria de Cleofás, que se puso de inmediato a contarle todo lo que sabía sobre Jesús: los milagros, las sanaciones y su misión profética. Con aire triste añadió: “Nosotros esperábamos que fuera él quien iba a liberar a Israel, pero... nuestras autoridades lo han condenado a muerte y lo han colgado de la cruz; y ya hace tres días que sucedieron esas cosas...” Cleofás había oído los gritos de la multitud que pedía la condenación del Rey de los judíos.

Estaba presente en la procesión hacia el Calvario y, desde un lugar protegido, había sido testigo de su último suspiro. Había visto cómo se había hecho rodar la piedra para sellar el sepulcro. Por eso hablaba con autoridad de todos esos detalles. Luego, sin convicción y con incomodidad, añadió: “...ha sucedido que esta mañana algunas mujeres de las nuestras se han dirigido al sepulcro y nos han dejado estupefactos diciéndonos que no habían encontrado su cuerpo, sino que habían tenido la visión de ángeles que lo dicen vivo...

Sin embargo, para asegurarnos de todo esto, algunos de los nuestros fueron a la tumba: la piedra estaba quitada, pero no vieron a los ángeles...” Cleofás había hablado con seguridad de todo lo que concernía a la vida y a la muerte del Maestro, pero cuando se trató de la resurrección, se contentó con repetir lo que las mujeres habían dicho que los ángeles habían dicho. No tenía la experiencia personal de que Jesús estaba vivo; por eso tenía que contar lo que otros decían que otros habían dicho.

El que no ha tenido la experiencia del Cristo resucitado deberá siempre repetir lo que los demás han dicho o escrito al respecto, porque no tiene nada que decir por sí mismo. Si nos fijamos bien, el discurso de Cleofás contiene el mismo mensaje que el de Pedro el día de Pentecostés, pero con las siguientes diferencias: Pedro anuncia una Buena Nueva, mientras que Cleofás no hace sino transmitir una noticia. Cleofás se refiere a la muerte y a la resurrección con aire triste. Su relato de los acontecimientos está envuelto en decepción. Su alegría había quedado enterrada en la tumba del crucificado.

Pedro transmite un testimonio de lo que él mismo ha experimentado, mientras que Cleofás repite simplemente de memoria lo que otros le han contado que otros habían dicho. – Pentecostés es el testimonio del Espíritu. En el camino de Emaús, Cleofás no hace sino repetir el testimonio de las mujeres. Pedro está convencido de lo que dice. Cleofás no hace sino repetir.

– Y todo esto por una gran diferencia de fondo: Cleofás era el reportero de lo que sus corresponsales le habían transmitido acerca de la resurrección, mientras que Pedro da testimonio de lo que él mismo ha experimentado. Conviene, pues, que nos preguntemos si somos simples reporteros o verdaderos evangelizadores. Un reportero informa, pero no convierte a nadie, mientras que un testimonio tiene fuerza de convicción. Cleofás proclama noticias, pero no el Evangelio. No basta conocer técnicamente las verdades y los hechos que se proclaman.

Es necesario al mismo tiempo ser un testigo que evangeliza con una alegría contagiosa, una esperanza firme y una seguridad personal. Por eso el resultado es evidente: el discurso de un testigo, ungido por el poder del Espíritu Santo, convierte a tres mil almas. Mientras que con tres mil discursos como el de Cleofás el reportero no se convierte a nadie. En resumen, no basta ser ni sabios como Nicodemo, ni obreros en la viña como Samuel, ni predicadores como Cleofás. Hay que hacer un encuentro personal con Jesús resucitado.

Ese es el pequeño detalle fundamental que hace de nosotros nuevos evangelizadores. La Nueva Evangelización no podrá ser llevada a cabo sino por nuevos evangelizadores que han sido renovados por el Espíritu de Dios y ungidos por su poder, y que dan testimonio de que Jesús está vivo.

8 – Nueva estrategia

La Nueva Evangelización requiere una nueva estrategia. La única manera de comunicar todo el Evangelio a todo el hombre y a todos los hombres es que trabajemos como cuerpo de Cristo. La unidad de todos los miembros del Cuerpo de Cristo es imperativa para poder evangelizar eficazmente. Durante la última cena, Jesús intercedió en la oración sacerdotal: “Padre, que sean uno para que el mundo crea” (Jn 17, 21). A partir de este texto podemos darnos cuenta de que la unidad revierte directamente en beneficio de la evangelización. Mientras que si cada uno trabaja solo o al margen de los demás, será como un miembro desprendido del cuerpo, que pierde toda su fuerza y toda su eficacia.

La unidad de los distintos Movimientos de la Iglesia debe ser un imperativo más allá del prestigio o del reconocimiento de nuestro movimiento. Lo que debe interesarnos por encima de todo es que el Evangelio alcance a todos los hombres y a todas las estructuras humanas. Si no renunciamos a nuestro particularismo, que es una forma de egoísmo, no tendremos ninguna eficacia en la evangelización.

San Lucas cuenta un episodio que ilustra maravillosamente el fruto de la unidad (cf. Lc 5, 1-7): después de que Simón Pedro hubiera pasado toda la noche pescando sin coger nada y de que hubiera experimentado el sabor amargo del fracaso, se retiró a la orilla del agua para lavar sus redes. Pero Jesús subió a su barca y la condujo a las aguas profundas. Debemos ir mucho más profundo de donde hoy hemos llegado. Mientras que si no vamos a aguas profundas o si, desanimados, lavamos nuestras redes, nunca lograremos la pesca abundante que necesitamos.

Cuando se encontraron en medio del mar de Tiberíades, les ordenó echar sus redes para pescar. Aunque eso parezca incongruente a Pedro, obedeció la Palabra del Señor.

He aquí el secreto de la Nueva Evangelización: si la hacemos en nuestro nombre o a título de tal grupo o Movimiento, seremos como Pedro cuando pescó toda una noche sin coger nada. Pero cuando lo hizo en el Nombre del Señor, la cantidad de peces fue tan grande que su red casi se rompía y no podía subirla. La siguiente enseñanza es de lejos la más rica: al persistir en subir la red llena de peces, ésta se habría roto. Si lo hubieran logrado, la barca habría naufragado bajo el peso y habrían perecido, pues estaban lejos de la orilla.

Hicieron entonces señas a sus compañeros de la otra barca para que vinieran en su ayuda. Cuando llegaron, subieron juntos la red y llenaron las dos barcas hasta el punto de que se hundían. Solos, no podemos subir la red, porque no resiste. Se rompe y se pierde. Si queremos cargar todos los peces en nuestra barca, serán tantos que la red se romperá y se perderán los peces.

La estrategia prudente fue pedir ayuda a sus asociados. Cuando éstos llegaron, se pudo realizar felizmente la operación. La enseñanza es que, para que tengamos éxito en la evangelización, debemos ayudarnos unos a otros. Si no, la barca de Pedro quedaría vacía o se hundiría. Y llenaron tanto las dos barcas: hay pescado para todos. Todas las barcas pueden llenarse, pero siempre con la misma condición: colaborar unos con otros.

Si Pedro hubiera querido toda la pesca para él, la habría perdido por completo, pero cuando decidió compartirla con sus colegas de la otra barca, pudo llenar la suya. Por otra parte, fue cuando sus compañeros, que estaban en la orilla sin haber cogido nada, decidieron ayudar de manera desinteresada a los que estaban pescando, cuando vieron llenarse también su barca. Tenemos demasiado poco tiempo para evangelizar. No podemos darnos el lujo de desperdiciarlo con celos, envidias ni críticas.

Debemos aprovecharlo para evangelizar, compartiendo nuestros despojos, nuestra experiencia y todo el bien que hemos acumulado a lo largo de nuestra carrera. En mi opinión, el mayor milagro no es la cantidad de peces que obtuvieron, sino la unidad de los pescadores. La abundancia de peces no era un milagro, sino la consecuencia lógica de la unidad de los pescadores. Cuando evangelicemos unidos como cuerpo de Cristo, nos sorprenderá el gran poder que tenemos cuando trabajamos juntos.

Por eso yo no llamaría a este pasaje “la pesca milagrosa”, sino más bien Cuando nos unimos para evangelizar, el testimonio del amor que manifestamos tiene un poder mayor que las palabras que pronunciamos. Por eso Jesús dice en la oración sacerdotal: “Padre, que sean uno como tú y yo somos uno, para que el mundo crea” (Jn 17, 21). Es decir, que el testimonio de la unidad cristiana es un signo que muestra que el Reino ha llegado a este mundo y revierte directamente en favor de la evangelización.

Conclusión

La Nueva Evangelización es fruto del Espíritu Nuevo prometido por el profeta Ezequiel: Pondré en vosotros un Espíritu Nuevo... (Ez 36, 26). Sólo el Espíritu Santo puede renovar la faz de la tierra, renovando los corazones de los que creen en Jesús como su Salvador. Sólo él nos hace proclamar que Jesús es el Señor. El Espíritu Santo que ungió a Jesús en el Jordán es el mismo que fortalece a los evangelizadores para anunciar la resurrección de Jesucristo de entre los muertos y abre los corazones, disponiéndolos a responder a la llamada de la conversión.

La Nueva Evangelización es integral: todo el Evangelio para todo el hombre y todos los hombres. El Evangelio que cambia los corazones transforma también las relaciones de los hombres e instaura un nuevo estilo de vida, en consonancia con los valores y los criterios evangélicos. En una palabra, instaura la civilización del amor, un reino de justicia, gozo y paz en el Espíritu.

La Nueva Evangelización no puede existir sin nuevos evangelizadores que no sean reporteros que repiten lo que los demás han dicho, sino testigos de ojos abiertos y corazón palpitante que han experimentado la Nueva Vida y han tocado el Verbo de Vida. Evangelizadores que evangelizan con el ardor de quien ha vivido un encuentro personal con Jesucristo y no puede dejar de hablar de lo que ha vivido.

Durante el Congreso Internacional del Renacimiento celebrado en Roma en 1975 hubo una profecía en la Basílica de San Pedro en la que Ralph Martin decía entre otras cosas: “Viene una etapa de evangelización como jamás se ha visto en mi Iglesia”. Siete años más tarde, el Papa comenzaba a hablar de la Nueva Evangelización. ¿No será la Nueva Evangelización el camino para que se cumpla esa profecía?

Por otra parte, nace en el seno del Renacimiento el proyecto “Evangelización 2000”, que alienta a los católicos a ser evangelizadores e intenta ofrecer a Jesús un gran regalo para su dos milésimo aniversario: un mundo más cristiano, sin guerras ni injusticias, un mundo donde reinen la justicia y la paz, la solidaridad y el amor. Nos acercamos al año 2000. Muchos hablarán de catástrofes, pero nosotros somos los mensajeros de la Buena Nueva: que Dios ha amado tanto al mundo que ha enviado a su Hijo único, no para condenarlo, sino para que el mundo sea salvado.

Estamos al final de este segundo milenio, y si bien es verdad que existen grandes problemas y que estamos en peligro de una catástrofe nuclear, no es menos cierto que Dios ama a este mundo y que quiere salvarlo. Estamos en la víspera de un aniversario: van a hacer 2000 años que Jesús está vivo y da la vida a los que creen en su nombre. Y el Evangelio, en lugar de desvanecerse o debilitarse, recobra un nuevo esplendor. No hay otra respuesta para el hombre de hoy que el estilo de vida y las enseñanzas de Jesús de Nazaret. Nos acercamos al año 2000, pero Jesús es el mismo ayer, hoy y eternamente. No necesitamos un nuevo Evangelio, sino una Nueva Evangelización. Es la hora de evangelizar, y de evangelizar unidos.

Reproducido

El 11 de febrero de 2001

Fiesta de Nuestra Señora de Lourdes

Jornada mundial de los enfermos

Por Yves Rancourt, pbro.

St-Georges

P.Q., Canadá