Jesús es el Mesías (I)
Jesús es el Mesías, parte A
JESÚS es el Mesías
Los cojos caminan
Los sordos oyen
Los ciegos ven
Traducción: Cathy Brenti
Edición original:
Jesús es el Mesías, Publicaciones Kerygma, 1989, México
IMPRIMI POTEST
RAYMOND SAVARD, m.s.c.
Superior provincial
Imprimatur:
Nicolás de Jesús López Rodríguez
Arzobispo de Santo Domingo, R.D.
15 de marzo de 1989
Obra del mismo autor:
Jesús hizo de mí un testigo,
Ilustración de portada: miniaturas francesas del siglo XIII del Maestro Ermengol de Béziers, tituladas el Breviario de amor, que representan tres milagros de Cristo, conservadas en la Biblioteca Real de El Escorial. Foto de la Agencia Giraudon.
ÍNDICE
PRESENTACIÓN
INTRODUCCIÓN
I — ¿ERES TÚ EL MESÍAS?
1- Los ciegos recobran la vista
2. Los cojos caminan
3 - Los sordos oyen
4 - Los leprosos son purificados
5 - La Buena Nueva es anunciada a los pobres
Conclusión.
II — LA SANACIÓN INTERIOR
III. JESÚS ESTÁ VIVO
IV - ENTREVISTA DEL AUTOR
V - LA NUEVA EVANGELIZACIÓN
1 - Nueva en su ardor
2 - Nueva en su método
3 - Nueva en su expresión
4 - Nuevas maneras de evangelizar
5 - La Nueva Evangelización es integral.
6- La Nueva Evangelización, obra del Espíritu
7 - Nuevos evangelizadores
8 - Nueva estrategia
Conclusión
Presentación
Fue en 1985 cuando comenzamos a preparar estas páginas. No dejábamos de seleccionar y clasificar con mucha atención los mejores testimonios y cartas que recibíamos.
Un día fui invitado a predicar una serie de retiros en Venezuela.
Al salir de mi casa, había tomado con mucha precaución mi maletín que contenía una treintena de hermosos testimonios muy interesantes de sanaciones de estos últimos años, con la intención de entregárselo a mi compañero de predicación, con quien iba a escribir al mismo tiempo mi nuevo libro. Predicamos primero un retiro para sacerdotes en Los Teques, y luego uno para líderes del Renovación Carismática. El último día, el arzobispo de Barquisimeto nos llevó en su automóvil a Caracas, a un estadio donde se habían reunido más de diez mil personas venidas a escuchar la Palabra del Señor. Predicamos en una atmósfera de gran fervor y recogimiento. La fe de esa gente era tal que las sanaciones comenzaron a realizarse incluso antes de que iniciáramos la oración de sanación.
Al final estábamos cansados, pero también muy contentos, en esa región donde sigue muy viva la figura del libertador Simón Bolívar, que había declarado: «No tomaré descanso hasta que mi pueblo sea liberado». Al salir del estadio para ir a descansar, nos dimos cuenta de que unos ladrones habían abierto el automóvil y se habían llevado todas nuestras cosas: mi maletín con todo lo que contenía, mi cartera con mi pasaporte y mis pasajes de avión. Todo había desaparecido.
Sin discusión, lo que más nos dolió fue haber perdido la carpeta que contenía los testimonios tan preciosos. Entonces le dije al Señor: «Señor, si quieres que escribamos este nuevo libro, vas a realizar más sanaciones. Se pueden perder esos testimonios, pero a ti no se te puede perder». Las páginas que siguen son una respuesta del Señor a esa oración, pero sobre todo son un testimonio de lo que Dios realiza en un mundo al que ama tanto. No se le ha perdido; al contrario, parece que se han multiplicado los signos, los prodigios y los milagros que acompañan la proclamación de la victoria de Cristo Jesús sobre el pecado y la muerte. El Señor Jesús no toma descanso mientras su pueblo no quede completamente libre: libre del pecado y de la muerte, libre de la opresión y de la cautividad.
Padre Emiliano Tardif
Emiliano Tardif, M.S.C.
Santo Domingo, República Dominicana,
En la fiesta de la Anunciación, el 25 de marzo de 1989.
Introducción
Jesús es el Mesías y no debemos esperar a otro. En él se cumplen los signos proféticos que identifican al Mesías, salvador de este mundo. No hay otro nombre dado a los hombres para que sean salvados. No hay otro mediador entre Dios y los hombres que Jesucristo, el Señor, que tiene todo poder en el cielo y en la tierra y ha sido enviado a su Iglesia para anunciar la Buena Nueva de la salvación e instaurar el Reino de Dios. Estas páginas nos sumergen en el Evangelio, que es el mismo de ayer, de hoy y de siempre, mostrando cómo Jesús resucitado no cesa de dar pruebas de que está vivo y de que da vida a quienes creen en su nombre.
Por fin, debo confesar que en cada página hemos procurado centrarnos en Jesús, y en Jesús solo, y en ningún otro. Teníamos tantos elementos y a veces tantas manifestaciones de agradecimiento que debemos subrayar como un principio lo que, aquí y allá, repetiremos en cada página: el padre Emiliano no es más que el asnito del Domingo de Ramos que lleva a Jesús a todas partes. El ministerio del padre Emiliano Tardif es como el dedo de Juan Bautista que nos señala con claridad: «Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Mantengamos, pues, los ojos fijos en Jesús, y en Jesús solo.
No miremos al padre Emiliano, sino más bien a aquel a quien él mira: Jesús, el Mesías, que no cesa de manifestar hoy los signos que lo identifican como el Mesías anunciado para salvar a este mundo. El mundo de hoy no necesita un Evangelio nuevo, sino más bien una nueva evangelización con la fuerza del Espíritu Santo, acompañada de sanaciones y de milagros, que muestren la victoria de Cristo Jesús sobre el pecado, la enfermedad y la muerte.
José H. Prado Flores, Guadalajara, Jal., el 25 de marzo de 1989.
¿ERES TÚ EL MESÍAS?
(Lc 7, 18-23; Mt 11, 2-6)
Cada día aumentaba el deseo de liberación del pueblo de Israel. Los hijos de Jacob soñaban con el día en que apareciera el descendiente de David que condujera al pueblo en la justicia y la libertad. La dominación imperialista de Roma hacía subir gritos hacia el cielo para que apareciera el nuevo Moisés que liberara al pueblo de las garras de las águilas romanas, cuyos estandartes ondeaban sobre la Torre Antonia. El pueblo, cargado de los ramos verdes de la esperanza, estaba pronto a acoger a aquel que viene en nombre del Señor. Fue entonces cuando una voz poderosa rompió el silencio del árido desierto de Judea.
Juan el Bautista se convirtió en la estrella más brillante de la escena religiosa de Israel. De la capital bajaban hacia el Jordán soldados, escribas y autoridades religiosas que venían a escuchar a Juan y a hacerse bautizar por él. Su figura cobró tan rápidamente importancia que hizo surgir una vez más la inquietante pregunta: «¿No sería el Mesías, por casualidad?»
Juan confesó la verdad que desengañó a muchos: «Yo bautizo en el agua. En medio de vosotros se encuentra alguien a quien no conocéis, el que viene detrás de mí, a quien no soy digno de desatarle la correa de la sandalia» (Jn 1, 26-27). Para aumentar aún más el desengaño, su voz fue rápidamente silenciada por Herodes en un calabozo del palacio real. Una vez más las esperanzas de Israel se veían aniquiladas y no quedaba más que esperar y esperar aún la venida del Señor. Juan era la voz... pero ¿quién sería la Palabra? — Juan era el amigo del esposo... pero ¿cuándo aparecería el esposo para que se pudiera celebrar la boda con el vino nuevo de la alegría? — Juan era el testigo de la luz... pero ¿cuándo se levantaría el día nuevo que no conoce ocaso?
Muy pronto, de la fértil Galilea y precisamente de una pequeña aldea, Nazaret, apareció un hombre llamado Jesús a quien todos seguían y escuchaban. Hacía todo bien. No predicaba como los escribas ni los fariseos; era manso y humilde de corazón y hablaba de un Reino de justicia y de paz. La espera crecía en torno a él. Algunos pensaban que era Elías, o Jeremías, o un profeta más. Otros pensaban que Dios había visitado a su pueblo. Juan, primo de Jesús, sabía ciertas cosas que los demás ignoraban. El Bautista se daba cuenta de que su pariente era el modelo anunciado por las profecías mesiánicas: Hijo de David: según la profecía de Natán, un hijo de David se sentaría para siempre en el trono de Israel (2 S 7, 13-14). Juan sabía que los antepasados de Jesús pertenecían a la Casa real de David...
- Nacido de una virgen: el signo dado por Isaías a Acaz era que de una joven doncella nacería aquel que sería el Emmanuel, Dios con nosotros (cf. Is 7, 14). Esa virgen era su prima María. Nacido en Belén: Miqueas había asegurado que el Mesías nacería en Belén (cf. Mi 5, 1-3). Mientras todo el mundo suponía que Jesús era de Nazaret y que por eso se le llamaba «el Nazareno», Juan sabía que había nacido en Belén y que así se cumplía la profecía. - Se llamaba «el hijo del hombre», haciendo eco a la profecía de Daniel (cf. Dn 7, 13-14).
-Su nombre, Jesús, reflejaba el ideal mesiánico descrito por Jeremías (cf. Jr 23, 6). Ungido por el Espíritu: Juan había sido el testigo más cercano cuando, en las aguas del Jordán, el Espíritu de Dios se había posado sobre Jesús y lo había llenado de su poder, como lo había vislumbrado el profeta Isaías (Is 11, 1-2). En Jesús se cumplían cada una de las profecías, pero faltaba algo que Juan no podía constatar desde su prisión: los signos que el profeta Isaías (Is 35, 5-6) había descrito como reveladores de los tiempos mesiánicos. Entonces se abrirán los ojos de los ciegos; se abrirán los oídos de los sordos; entonces el cojo saltará como un ciervo y la lengua del mudo gritará su alegría.
Para ver las cosas con más claridad, Juan envió entonces a dos de sus discípulos para que se dieran cuenta por sí mismos. El Bautista quería tener la respuesta a la pregunta fundamental de la historia, pero sobre todo quería que sus discípulos constataran la verdad. De hecho, he aquí lo que fue la enseñanza más importante del Precursor: «No creáis porque yo os lo digo. Id y daos cuenta por vosotros mismos». La pregunta era doble: «¿Eres tú el que ha de venir...?» Si lo eres, muéstralo. No nos lleves por las ramas. No se trata de palabras.
Muchos han venido diciendo que eran aquel a quien se esperaba, y a algunos los han matado; otros han fracasado en su intención liberadora. ¿Qué signo nos traes para probar que eres de verdad el Mesías? «...¿o debemos esperar a otro?» ¿Seremos siempre peregrinos que no llegarán nunca a la Tierra Prometida? ¿Vamos a seguir suplicando sin cesar para que los cielos nos envíen al Salvador de este mundo? Estas preguntas resumen el pensamiento y el sentimiento de Israel: ya hemos recorrido el camino de la historia. Ya nos han cansado con falsos mesianismos.
¿Debemos seguir esperando sin esperanza? ¿Habrá todavía muchos que quieran atribuirse el título de «Ungidos» para venir a instaurar el Reino de justicia, de alegría y de paz? ¿Debemos continuar con nuestra lámpara de aceite, hasta que aparezca el sol de justicia con la sanación en sus rayos? Ya tenemos bastante. Tantos han usurpado ese título glorioso y dudamos de cualquiera que pretenda ser el Mesías. Ya no seremos tan ingenuos, mientras no veamos primero cumplirse los oráculos de los profetas y revelarse los signos de la autenticidad.
Muéstranos, pues, los rasgos que identifican al Mesías, para que ya no nos quede ninguna duda y podamos entregarnos sin condiciones a ti. Si eres el Mesías, entonces te seguiremos y te entregaremos toda nuestra vida. Jesús los escuchó, no les respondió con palabras, sino con hechos: sanando a los enfermos, liberando a los endemoniados, purificando a los leprosos, haciendo levantarse a los paralíticos y resucitando a los muertos.
Era por fin el cumplimiento de la era mesiánica descrita por Isaías: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha dado la unción, me ha enviado a llevar la Buena Nueva a los pobres, a curar los corazones heridos, a anunciar a los cautivos la liberación y a los prisioneros la libertad, a proclamar un año de gracia de parte del Señor (Is 61, 1-2). Este texto es el que Jesús había escogido para mostrar su programa de acción, y lo había proclamado en la sinagoga de Nazaret (cf. Lc 4, 18-19).
Así parecía querer decir: «Si puedo cumplir esta palabra de la Escritura, es que soy el Mesías...». No era solamente para aquella época, sino bien para todo hombre de toda época. Si Jesús hoy responde a este modelo, eso significa que es el Mesías anunciado por los profetas, aquel que las naciones esperaban y el Salvador del mundo. En cuanto a mí, porque soy su discípulo, quiero dar testimonio de que Jesús es el Mesías, porque en él se cumplen hoy los signos que lo muestran como tal.
En todo el mundo, Jesús sigue manifestando que es el mismo de ayer, de hoy y por toda la eternidad. Lleno de la fuerza del Espíritu Santo, hace visibles los signos por los cuales debe ser reconocido el Mesías. Jesús fue el Mesías para el Pueblo de Israel de hace dos mil años; pero para nosotros, que creemos en él, somos el Israel de Dios. Por eso continúa hoy trayendo las pruebas de su mesianismo. Estos signos están destinados a todos los hombres de todos los tiempos.
Aun hoy Jesús nos da las pruebas de que no solo era el Mesías, sino que además «es» el Mesías, porque las profecías mesiánicas siguen cumpliéndose en nuestro tiempo. No puedo dejar de hablar de lo que he visto y oído. Me siento empujado a cumplir el mandato confiado por Jesús a los discípulos de Juan el Bautista: «Id a contar lo que habéis visto y oído:
los ciegos ven, los cojos caminan, los leprosos son purificados, los sordos oyen, los muertos resucitan, la Buena Nueva es anunciada a los pobres» (Lc 7, 22).
1 - Los ciegos recobran la vista
La sanación mesiánica por excelencia es abrir los ojos de los ciegos. Jesús es la luz del mundo, y comunica esta luz a los ciegos: es el signo de que su luz nos hace salir de la oscuridad del error y de la mentira. Cuando sana a un ciego de nacimiento, nos recuerda que nos ha hecho pasar de las tinieblas a su admirable luz (1 Pe 2, 9). Cada vez que un ciego recobra la vista, eso muestra que Jesús es la luz que viene «para iluminar a los que permanecen en las tinieblas y en la sombra de la muerte, a fin de guiar nuestros pasos en el camino de la paz» (Lc 1, 79). Este testimonio nos muestra que Jesús es luz para el hombre de hoy.
Terminábamos una jornada de evangelización en Mbandaka, en el Zaire. Durante la Eucaristía de clausura, en la que participaban alrededor de quince mil personas, una niña de ocho años, ciega de nacimiento, se puso a gritar: «Veo, veo». Todos la rodearon. Entonces preguntó: «¿Quién es mi mamá?» Dos brazos abiertos, dos ojos llenos de lágrimas y una sonrisa materna le dieron la respuesta.
Entonces, en brazos de su madre, la pequeña exclamó en voz alta: «¡Oh, mamá, qué hermosa eres!». Fue la primera sanación de un ciego de nacimiento a la que yo haya asistido; pero lo más importante es que todos nos dimos cuenta de que Jesús es la luz del mundo, capaz de iluminar la vida de todos aquellos que comprenden que necesitan salvación. Cuando un ciego de nacimiento recobra la vista, nos encontramos ante el signo evidente de que Jesús puede sacar al hombre de la tiniebla más oscura y que puede transformar incluso un elemento congénito, siendo el pecado el peor y el más grave de todos.
El testimonio que sigue, de Panamá, muestra cómo el signo de recobrar la vista puede repetirse, pero el significado es siempre el mismo: Jesús es el mismo ayer, hoy y por toda la eternidad. Un sábado, durante la Misa de sanación, el padre Emiliano anunció que el Señor había sanado a una mujer muy afectada de los ojos. Sin dudar, me dije: «No puede ser yo». El domingo, el padre anunció que iba a orar por los enfermos y pidió que cada uno pusiera las manos donde quería ser sanado.
Me puse las manos sobre los ojos y oí que el Señor había sanado a varias mujeres afectadas de cataratas. Exclamé: «¡Señor, si soy yo, gracias!». Al regresar a David, la ciudad vecina, pedí que me pusieran la cinta de cantos y sacamos todas nuestro cancionero. Cuál no sería mi sorpresa cuando, al abrirlo, descubrí que podía leer con claridad. Exclamé: «El Señor me sana, veo las palabras».
Me puse a llorar de alegría al contemplar unas ramas de sauce, un árbol cargado de frutos, una plantación de bananos, la hierba... y añadí después: «Gracias, Señor, por permitirme contemplar lo que has hecho en la naturaleza». Veía también el camino iluminado por los faros de los automóviles. Había proyectado ir a Panamá a ver al doctor Rubén Orilla para que me pusiera lentes para mejorar la visión, lo que me habría ayudado mucho para ocuparme de mi hija, que iba a tener su primer hijo. Sin ninguna duda, nuestros planes no son los planes del Señor.
Había fijado un tiempo para mi sanación y sabía que yo esperaba con confianza. Doy gracias al Señor por su amor y su misericordia; continúa realizando tantas maravillas en medio de su pueblo. Doy mi testimonio para que todos sepan que Jesús está vivo y que realiza los mismos prodigios que hace dos mil años.
En Guadalajara, María M. Pérez, reportera del periódico «El Occidental», relata los siguientes hechos el 26 de marzo de 1987: la tarde del martes 24 de marzo, en la ciudad de Espíritu Santo, el padre Tardif anunció numerosas sanaciones de enfermedades de la piel, de la columna vertebral, de los hombros, de los ojos, del oído, del cáncer, del corazón, de la artritis, del asma, de los riñones y de muchas otras. Sin ninguna duda, la que más conmovió a los presentes fue la de un niño de once años, Alejandro Anguiano Contreras, que había llegado a la reunión casi ciego.
A pesar de su corta edad, Alejandro ya contaba con cuatro operaciones en su historial hospitalario, y los médicos habían dicho a su madre, la señora María Contreras, que «su hijo no podía ser tratado y que lo mejor era que le buscara una escuela para ciegos». Esa tarde, durante la oración, Alejandro abrió los ojos y recobró la vista. Tanto él como su mamá lloraban de emoción, porque el pequeño podía de nuevo apreciar los colores, las flores y las personas que lo rodeaban.
El siguiente testimonio de una persona sanada ante cuarenta mil personas en la Convención de la Renovación, en Rímini, Italia, en 1988, es muy hermoso porque lo cuenta un niño de apenas doce años: Me llamo Luca Pib y soy de Canegrate (Milán); tengo doce años y estoy en segundo de secundaria. Desde hace cerca de un año formo parte del grupo de Renovación en el Espíritu Santo. Este año vine al Encuentro Nacional con mi tía Luciana y algunos miembros del grupo. Lo que me ha sucedido ha superado de lejos mi espera.
Nací con una lesión del nervio óptico y no podía distinguir los colores. Fui operado en una clínica de Varese en 1984. Como no podía caminar solo, tenía que ir siempre acompañado a la escuela, a la iglesia y a todas partes. Hace unos días dije a mis amigos: «Voy al Encuentro de Rímini, y allí, o el Señor me sanará, o me llevará al Paraíso».
Oré de manera muy particular ayer (23 de abril) por mi sanación. Durante el servicio de sanación del padre Emiliano Tardif, sentí como si me tomaran de las manos y me di cuenta de que me caían de los ojos como escamas, lo que me hizo pensar en la conversión de Saulo. Se lo dije a mi tía, que estaba muy cerca. Ella me había tomado de la mano y, como la sentía helada, creyó que yo me sentía mal de nuevo. Yo le repetía: «Me siento bien, querría quitarme las gafas oscuras, porque veo». Busqué un pañuelo blanco para manifestar mi sanación.
Justamente, en el micrófono se anunciaba que un niño había sido sanado de la vista. Estaba muy emocionado de sentir en esta sanación el amor de Jesús. Me levanté de mi banco y salí de las gradas. Mis gafas están desde ayer en la bolsa de mi tía, en el armario del hotel. ¡Gracias, Jesús!
El profeta Isaías había identificado los tiempos mesiánicos afirmando: Entonces se abrirán los ojos de los ciegos. Si Jesús abre hoy los ojos de los ciegos, eso significa que estamos en el entonces al que se refiere el profeta. ¡Estamos en los tiempos mesiánicos! Si Jesús abre hoy los ojos de los ciegos, eso significa que estamos en el entonces al que se refiere el profeta. ¡Estamos en los tiempos mesiánicos!
2 - Los cojos caminan
Aunque es el más discutido de todos los signos, el del paralítico que se levanta es una manera privilegiada de demostrar que Jesús es el Mesías Salvador. Él mismo lo declaró cuando dijo a un paralítico: «Para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene poder para perdonar los pecados en la tierra, te lo ordeno, dijo al paralítico, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa» (Mc 2, 10-11). Hoy Jesús es generoso en sus signos. El testimonio que sigue es magnífico.
Giovanna nos cuenta todo el proceso de su sanación, que tuvo su remate el 6 de julio de 1986, en Laureana Cilento, en Italia. Es muy importante observar el papel evangelizador de una comunidad que la lleva hasta los pies de Jesús. Mi nombre es Giovanna Monzo, tengo diecinueve años y quisiera contar las maravillas que Jesús ha realizado en mi vida. Me hizo renacer después de catorce años vegetando en una vida que no tenía ningún sentido. Desde el día de mi nacimiento padezco una enfermedad rara de los huesos, que pocos médicos conocían; raros eran entre ellos los que sabían tratarla (osteoporosis).
Es una enfermedad hereditaria que debilita los huesos, pudriéndolos poco a poco por una descalcificación crónica. Tenía cuarenta días cuando, a causa de mis llantos permanentes, mis padres se dieron cuenta de que tenía una fractura del fémur derecho. Me llevaron al hospital, pero los médicos, ignorando lo que pasaba, no hicieron más que agravar el mal. Después de siete operaciones y cuatro años de hospitalización, dijeron a mis padres que cuando yo llegara a la adolescencia, o moriría, o quedaría paralizada.
Pero mis padres, a pesar de su pobreza, no se dieron por vencidos y me llevaron al Instituto Ortopédico Rizzoli, en Bolonia, donde comenzó una serie de intervenciones quirúrgicas: en total soporté dieciocho, la última hacía cinco años. A los catorce años, mi corazón estaba lleno de amargura. Los únicos rostros que conocía eran los de mis padres y de numerosos médicos de Italia. Estaba cansada y desesperada. Quería destruirme a mí misma, y a los demás igualmente. ¿Por qué estaba condenada a pasar el resto de mi vida en esa silla de ruedas?
Me enfurecía oír a los vecinos de mi edad jugar en el patio, mientras a mí me condenaban a quedarme en mi cama o a veces en un sillón, a causa de una nueva fractura. Esta situación me hizo elegir la única solución que estaba a mi alcance: el suicidio. Ya no podía soportar esta vida tan estúpida y vacía. Quería que me mostraran a Dios, pero no podía conciliar la existencia de un Dios bueno y todopoderoso con mi sufrimiento. Para mí, Dios era una invención, y si a veces se me hablaba de Él, respondía que si existía, era un Dios cruel.
Durante el verano de 1985 intenté de diferentes maneras poner fin a lo que los demás se atrevían todavía a llamar vida. Una mañana de julio encontré una manera infalible de realizar mi plan: aferrarme al balcón de la terraza y arrojarme al vacío; jamás tendría la posibilidad de salvarme. Así, me acerqué poco a poco al balcón y, cuando solo me quedaba un último pequeño esfuerzo para lanzarme al vacío, el Señor intervino de una manera totalmente inesperada. En ese momento preciso, mi abuela me llamó porque unas personas pedían conocerme.
Estaba furiosa, dándome cuenta de que ni siquiera era libre de morir... Ese verano, el padre Miguel Vassallo había abierto la «Casa de Oración San Miguel» y había invitado a varios jóvenes a una semana de oración y de evangelización. Se habían dividido en grupos y se habían puesto a recorrer las calles y los barrios, llevando la Palabra de Jesús. Dos de ellos, Rossellina y Sabina, habían llegado en el momento preciso en que yo iba a suicidarme... Llegué al comedor en mi silla de ruedas. Como de costumbre, mostré toda mi angustia y mi rabia.
No reaccionaron ni me impusieron su punto de vista, sino que me comprendieron. En lugar de mostrarme que estaba enferma, me ofrecieron una gran sonrisa y me hablaron con una dulzura y una ternura que no había encontrado nunca antes. Ese amor desarmó mi agresividad, así que no pude luchar con quienes no habían venido a atacarme.
Después me dijeron que querían presentarme a un amigo. Esperaba verlo entrar, pero me dijeron que se llamaba Jesús y comenzaron a hablarme de él. Les pregunté por qué ese Jesús me había hecho sufrir de esa manera. Cuando me dijeron que me amaba, les respondí que si era así como quería mostrármelo, no quería su amor.
Se esforzaron con gran bondad y dulzura en responder a mis preguntas y entraron en el drama misterioso del sufrimiento en el mundo, a la luz de una cruz vacía, testigo del dolor y signo de la victoria sobre el sufrimiento. Sentí un profundo calor en mi cuerpo, sin poder explicarme la causa. Era como una suave caricia del amor que siempre me había faltado. Por un lado, quería que ya se hubieran ido, para poder volver a mi balcón y saltar, pero por otro deseaba que siguieran dándome de ese bálsamo que me endulzaba la vida.
Acepté su amistad, pero con una sola condición: que no me hablaran más de ese Jesús que me hacía compartir su cruz... Aceptaron y se fueron prometiendo volver un día. Mientras tanto, me preguntaba asombrada de vez en cuando: ¿qué ha pasado? Volvieron esa misma tarde con veinte personas más, todas con la misma sonrisa y la misma dulzura. Me habían preparado una gran fiesta y me dedicaron todo su tiempo sin pedir nada a cambio. Ese día, por primera vez en dieciocho años, sonreí.
Después de que habláramos, Rosa María propuso que oráramos todos juntos. Esto me disgustó mucho, porque rompía nuestro pacto, pero acepté solo en agradecimiento por todo lo que habían hecho por mí, no por convicción. Durante la oración, Rosa María pidió a Jesús que nos dijera si quería sanarme. Abrió la Biblia y sacó el pasaje del paralítico que no podía bajar solo a la piscina cuando el ángel agitaba el agua, pero Jesús vino a él y lo sanó (cf. Jn 5, 1-18). Al final de la lectura todos lloraban y me abrazaban, asegurándome que Jesús iba a sanarme.
No comprendía absolutamente nada. Pensé que todo esto era una farsa premeditada o incluso que se burlaban de mí. Resistía, no queriendo esperar mi sanación, por miedo a ser engañada. Pero, aun así, ¿por qué hacían todo esto si yo no tenía nada que ofrecerles a cambio? En septiembre tuve que afrontar una nueva intervención quirúrgica muy complicada, semejante a la última, durante la cual había arriesgado mi vida.
Pero como no tenía nada que perder, había decidido intentar esa operación: se trataba de trasplantar diez centímetros de hueso al fémur que años atrás me habían extraído. Intentaron hacerlo crecer mediante una cura de «Calcitar», pero era un medicamento tan fuerte que tuve que abandonarlo, para evitar un colapso. Cuando volví a ver al médico, tuvimos la prueba de que Jesús había comenzado a actuar en mi vida. El hueso había crecido y la herida se había cicatrizado perfectamente.
Volví a casa, pero me perseguía sin cesar esta pregunta: ¿está Jesús realmente cuidando de mí?
El verano siguiente, Rossellina vino con Rosa María, acompañada de dos jóvenes: Pino y Simón, dos nuevos ángeles que, con todos los demás, me ayudaron a conocer a Jesús. Pino resultó ser el mejor hermano mayor que jamás hubiera tenido: tomó mi historia muy a pecho, comprendió que me hacían falta hechos más que palabras, me mostró cómo amar y no depender de él ni de los demás seres humanos, sino solo de Dios. Formó luego un grupo de oración en el que tuve la ocasión de conocer el inmenso amor de Dios. Es allí donde aprendí a escuchar la voz de Jesús en el silencio y a hablar con Dios como con un amigo íntimo. En ese momento, mi sanación física no me interesaba. El milagro ya se había producido: Jesús me había devuelto el gusto por la vida. Amaba y era amada.
Un día, el padre Miguel Vassallo nos habló con mucho entusiasmo de la próxima visita del padre Emiliano Tardif, que oraba por los enfermos en el mundo entero, y que muy pronto franquearía las montañas del Cilento para hablarnos de las maravillas de Dios. Estábamos todos muy felices, orando y preparando el retiro. Mientras todo el mundo me aseguraba que se acercaba «el gran día del Señor para mi vida», yo, desde mi silla de ruedas, ofrecía mi sufrimiento por el éxito de este retiro. Sin dudar, Alessandra me aseguraba que esa silla de ruedas pronto estaría vacía...
Por fin llegó el día esperado. Todo era fiesta, alegría, esperanza. Vino gente de toda Italia, e incluso de otros países de Europa. El sábado se proclamaba que Jesús sana interior y físicamente. Al día siguiente, muchos daban testimonio de su sanación, entre las alabanzas de la multitud. Uno de los jóvenes del grupo, al ver tantas sanaciones, reclamó al Señor: «Jesús, sanas a gente que viene de Suiza. Has sanado a esta mujer sorda de Milán. Has derramado tus bendiciones por todas partes, pero aquí, donde te hemos preparado la fiesta, ¿no vas a sanar a nadie? No puedes seguir así...
¿Qué van a decir los de aquí?» El domingo los temas trataron de Jesús, que tiene todo poder en el cielo y en la tierra. Durante la oración por los enfermos, oí al padre anunciar que el Señor estaba sanando a una persona que tenía problemas para caminar, y que sentía un fuerte calor en las piernas porque el Espíritu de Dios la fortalecía. En efecto, sentí el fuerte calor que subía poco a poco por mis piernas y pensé que se debía a la emoción y a la alegría de participar en el Encuentro.
El padre añadió entonces: «En este momento, el Señor realiza una sanación muy grande...». Mi corazón palpitaba rápido. Después de un instante que me pareció una eternidad, añadió: «Jesús sana a un paralítico». Alessandra, que estaba sentada a mi lado, me gritó: «¡Eres tú, Giovanna, eres tú!» Sentía la mirada de todos los que me amaban. Alessandra lloraba, pero yo no lograba dar el paso en la fe. «Sientes un profundo calor en tu cuerpo», precisó el padre Emiliano. Era precisamente lo que yo estaba sintiendo. Pero, ¿no era a causa del clima o de la emoción?
«En nombre de Jesús, levántate», ordenó el sacerdote. No pensé en mí, sino en Jesús, para quien nada es imposible. Me levanté sola y, por primera vez en mi vida, fui a acercarme al altar. Mis amigos lloraban, otros reían, todos se abrazaban, otros me cubrían de besos. Parecía un manicomio. Me sentía muy ligera, como si mi cuerpo no pesara nada. Sin la ayuda de nadie, subí las gradas donde se encontraba el altar y glorifiqué a Jesús por lo que había hecho en mí. Alessandra lloraba, otros no podían creerlo.
Un compañero se quedó mudo cinco horas, conmocionado de haberme visto caminar. La silla de ruedas está vacía. Ya no necesito muletas. Llevo desde entonces una vida normal. Trabajo en el despacho del padre Miguel. Todos los días subo y bajo gradas. Dios ha sido bueno conmigo. Mi agresividad ya no es más que recuerdo del pasado. Solo queda una cosa que me irrita: la incredulidad de los que no conocen el vacío de mi vida pasada. He puesto mi salud al servicio de los demás, he descubierto que mi vida es útil y que otros la necesitan.
Este testimonio tan hermoso está cargado de varias enseñanzas: Giovanna fue evangelizada con amor por una comunidad que se comprometió con ella. Antes de ser sanada, fue liberada de sus amarguras, y finalmente puso su salud al servicio de los demás. Cuando el Señor sana el cuerpo, su acción se extiende a toda la persona. Myriam Lejeune, de Lyon, en Francia, muestra cómo la sanación física va acompañada de la rehabilitación completa de la persona. Jesús no vino a sanar la parálisis, sino a los paralíticos; es decir, a la persona completa.
Antes de dar mi testimonio, quisiera agradecer a Jesús que nos haya revelado el verdadero rostro de Dios, ese rostro que es todo amor. Quiero bendecirlo por su mirada puesta sobre cada uno de nosotros ahora y en cada instante. He sentido personalmente esa mirada durante la campaña de evangelización de Ginebra en 1981. Soy la tercera de diez hijos. Fui educada en la fe cristiana por el amor de mis padres. Hacíamos oraciones diarias y visitas regulares a la iglesia.
Era muy feliz como estudiante de medicina, cuando durante una noche de guardia en el servicio de cirugía, al levantar a un paciente, me fracturé un disco intervertebral, provocando así una hernia discal grave, con un síndrome raquídeo agudo que exigía una urgente intervención quirúrgica. El diagnóstico fue pronunciado por el jefe del servicio de neurocirugía, pero no sé por qué razón retrasó la intervención cuarenta y ocho horas, lo que me causó un daño irreversible. El menor movimiento me hacía sufrir.
Sobre la cicatriz de la hernia discal se instaló una espondilitis anquilosante, confirmada médica, radiológica y biológicamente. Fue para mí la perspectiva de una parálisis progresiva y evolutiva. Los sufrimientos eran tales que todo mi ser interior gritaba, reclamando ayuda. Pasé por terribles estados de ánimo: me rebelé contra el Señor, pues lo hacía culpable de mi enfermedad; contra mi familia, contra mí misma y sobre todo contra la medicina. No esperaba nada. Odiaba mi cuerpo, que no servía para nada, salvo que era fuente de sufrimiento continuo.
Mi itinerario de salvación comenzó en Estrasburgo, con una comunidad de la Renovación llamada «el Pozo de Jacob», y gracias a la ayuda de mis hermanos acepté perdonar a la medicina. Después de dar ese paso, me reconcilié con la medicina y terminé mis estudios. Viví entonces una etapa en la que me sentí realmente escuchada por el Señor cuando me arrodillaba ante él. Encontré luego en Lyon hermanos del «Camino Nuevo» que me enseñaron a dejarme amar por el Señor. Y sobre todo, aprendí lo que es el perdón. Mis sufrimientos habían establecido una caricatura de un Dios justiciero, terrible y que castiga.
Le pedí perdón y abandoné mi rebelión contra Él y contra mi familia, pero tuve que caminar todavía un buen rato antes de poder perdonarme a mí misma. Todas estas etapas de perdón y de reconciliación fueron determinantes en mi vida. El perdón revitaliza de manera eficaz. Mientras los dolores persistían y se agravaban, me había acostumbrado a sufrir.
En esa época los dolores eran tan fuertes que pasaba mis noches caminando; era la única manera de calmar las crisis. Había consultado a todos los neurocirujanos conocidos en Francia, sin resultado. Durante un retiro de la comunidad del «Camino Nuevo», una hermana me dijo: «¿Has pedido al Señor la sanación de tu espalda?» La pregunta me asombró. Se suponía que yo vivía un camino de sanación interior y le respondí muy segura: «Para mí no, pero para mis hermanos sí». Esta pregunta me condujo a la campaña de Evangelización de Ginebra, con Emiliano Tardif.
Fui allí acompañada por mis padres, acostada en el automóvil, porque los dolores eran tan fuertes que no podía permanecer sentada. En un momento, me puse a llorar, gritando a Dios que me tuviera misericordia. Ese dolor fue una gracia, porque me hice pobre ante él, sintiéndome obligada a pedirle socorro. Me postré ante el Señor, con las manos vacías y abiertas, y él me reveló el verdadero rostro de su amor misericordioso.
Durante la oración, el padre Tardif dijo: «Una persona que sufre mucho de la columna vertebral y que es inválida, siente un calor que sube de la columna hasta la cabeza». Oí al padre y me puse a orar por el hermano que comenzaba a recibir esa gracia. Después pensé, maravillada: «Pero, Myriam, eso es lo que tú sientes». En efecto, una ola de calor me recorría la columna y me cubría la cabeza. ¡Era maravilloso! Sabía que el Señor me estaba tocando y me quedé con esa gracia interior.
Hubo todavía más de parte de Dios: a mi lado, una joven que no conocía me tomó la mano y me dijo: «Esta noche el Señor te ha tocado, estoy segura». Era la confirmación de que el Señor me estaba sanando.
Volvimos a casa, pero esta vez iba sentada en el automóvil. Tenía la absoluta convicción interior de que el Señor quería devolverme la salud para que cumpliera mi misión. La sanación fue progresiva, de seis a ocho meses. Poco a poco los dolores desaparecieron; pasé primero dos noches sin sufrir, luego una semana, y hacia el final, el dolor solo venía de manera esporádica, permitiéndome dormir noches enteras. Era la respuesta a ese llamado que le había dirigido: «Señor, si me necesitas como médico y si lo quieres, devuélveme un cuerpo sano». ¡El Señor me había sanado!
Así, habiéndome sanado ya en mi cuerpo, el Señor me hizo seguir un camino interior. Cuando uno percibe la mirada del Señor, cuando acepta su amor en nuestra vida, viene la sanación del cuerpo, del alma y del espíritu, para que a nuestra vez podamos ser Palabra del Señor, su alegría y su luz.
Después de haber tenido durante mucho tiempo una gran aversión a la medicina, ahora estoy feliz de ser médico. Quería ser una doctora cristiana; después de esta sanación de mi cuerpo y de mi alma, soy una cristiana doctora. Ahí está la diferencia. En mi profesión tengo la gracia de palpar la misericordia del Señor, de transmitir su mirada de amor y su vida, que recibo todos los días, y me gusta citar esta frase: «El médico asiste, Jesús cura y concede la vida». Jesús me ha sanado completamente, porque me ha perdonado todo ese período de pecado y de tinieblas que había vivido. Me ha dado la luz interior, me ha fortalecido para que pueda reflejar la luz de la vida. Me ha devuelto mi identidad de hija de Dios, latente desde mi bautismo. ¡Bendito sea el Señor por su proyecto de vida sobre cada uno de nosotros!
Si Jesús fue capaz de sanar al paralítico para demostrar que el Hijo del hombre tiene el poder de perdonar los pecados, actualmente, al sanar a los paralíticos, nos pide que enseñemos la misma cosa: que Él es el Mesías que debía venir. La parálisis es el reflejo de la muerte en la que permanecemos a causa del pecado. Por eso Jesús hizo muchas veces levantarse a los paralíticos y devolvió la integridad a hombres que tenían un miembro paralizado. Es de esta manera que manifiesta su poder para perdonar el pecado.
Una sanación da fruto no solo para el enfermo, sino también para toda su comunidad, como lo confirma el testimonio que sigue, contado por el hermano de aquel que fue sanado: José Ramón Rosario Sánchez nació en San Víctor, municipio de Moca, el 2 de enero de 1949. Desde su nacimiento tuvo graves problemas de salud. Siempre necesitó una vigilancia clínica permanente. Los primeros problemas detectados por los médicos fueron de carácter diabético.
Los galenos sostuvieron durante mucho tiempo que el niño tenía una insuficiencia de insulina, obligándolo a someterse a un régimen riguroso, que no tardó en dejar secuelas de anemia en ese organismo delicado. El problema fue tal que hubo que hospitalizarlo en el hospital Angelita, en la capital. Los esfuerzos médicos fueron infructuosos. Los efectos de la anemia consumían cada día el cuerpo del niño. Con el tiempo, fue necesario replantear el cuadro clínico, pero su diabetes presentaba signos inhabituales. Los médicos se pusieron a estudiar más seriamente el caso.
Mientras tanto, José sufría en su cuerpo las aflicciones del dolor. Al final, se concluyó esto: José sufría de una anemia aplásica. Sus glóbulos rojos tenían una estructura anormal. Las crisis se sucedían, causándole dolores indescriptibles. Los médicos solo podían administrarle paliativos, pues se estaba en presencia de un mal hasta entonces incurable. A los veintidós años, José fue hospitalizado en el hospital Salvador B. Gautier, en Santo Domingo (República Dominicana). Allí, durante un año y tres meses, se esforzó por recobrar el caminar, perdido a causa del desarrollo de la enfermedad.
El doctor Gonzales Cano, especialista en anemia aplásica, afirmó que era imposible que José pudiera volver a caminar algún día, porque la médula espinal estaba muy afectada. Caminar le provocaría irremediablemente un derrame cerebral, declaró el especialista a los padres del paciente. El doctor les aconsejó que lo llevaran de vuelta a casa, para intentar acomodarle esa vida de inválido. José ya había vivido recluido cuatro años en cama, sin poder caminar. Para nosotros, la familia, todo nos pareció perdido, y nos encontramos en un mundo de angustias inexpresables.
Pero siempre había habido entre nosotros una búsqueda de soluciones a nuestros grandes problemas, a través de invocaciones al Ser Supremo. Todos juntos suplicamos por su sanación, aunque nos pareciera cada día más lejana. Así transcurrieron tres años más, pero el 17 de junio de 1975 fue un día memorable para nuestra familia. La mañana de ese día llegó sin aviso un grupo de fieles cristianos, miembros del floreciente Movimiento Carismático, acompañados del padre Emiliano Tardif, sacerdote canadiense.
El sacerdote, una vez en la casa y después de haber hablado con José, oró por él, invocando al Señor para que le concediera su sanación. Unos instantes más tarde, ordenó a mi hermano levantarse del asiento en el que estaba sentado desde hacía más de cuatro años. José se mostró asombrado. ¿Cómo era posible que caminara, si el especialista le había dicho que jamás volvería a hacerlo? Hizo lo que le ordenaba el padre y dio algunos pasos. El sudor le cubría el cuerpo. El asombro se extendió en el espíritu de todos: José caminaba.
La familia dudaba en creerlo y nuestra casa se llenó de gente. Todo el mundo estaba asombrado; muchos lloraban de alegría, otros aplaudían y tenían los ojos muy abiertos de estupor. En cuanto a mí, confieso que me sentí aturdido al ver caminar a mi hermano. Me parecía que era un sueño. Solo al tercer día acepté la realidad: mi hermano estaba sanado y ya no tenía esos dolores que durante años lo habían confinado a la inmovilidad.
José reintegró la vida cotidiana de manera normal; viaja por numerosas ciudades del país como el más sano de todos los hombres. Mi hermano se ha consagrado a dar testimonio de su sanación en diversos lugares, y las personas constatan a través de su testimonio el poder de Dios sobre la enfermedad de un hombre condenado por la ciencia médica... La fe de los habitantes de Moca no ha cesado de crecer desde que conocieron este milagro. Nadie duda ya de que es Dios quien tiene todo poder en este mundo. Lo que le pasó a José queda en las memorias.
Hoy, ocho años después de este acontecimiento milagroso, se me conoce como «el hermano de José, el del milagro», más que como abogado, profesión que ejerzo desde hace varios años. Pedro Rosario Sánchez
En los tiempos evangélicos, un hombre fue llevado por sus amigos en una camilla para ir al encuentro de Jesús: es lo que le pasó a Fernande Gobert en Cordes el día de su sanación. Las circunstancias son semejantes, y Jesús es el mismo. Yo era profesora y llevaba una vida marcada por los alumnos y los estudios. Había escuchado el llamado del Señor a vivir únicamente para Él y debía entrar en un convento benedictino. Pero en julio de 1975, a causa de una ciática hiperálgica, provocada por una hernia discal, fui hospitalizada y operada.
Después de mi convalecencia, entré en el Monasterio, pero a causa de los dolores continuos y de numerosas operaciones, tuve que dejarlo. Tomé un trabajo muy sencillo. A pesar del dolor constante y de la dificultad que de ello resultaba para desplazarme, me consideraba feliz de poder todavía movernos. No sabía que me esperaban lo peor y lo más maravilloso al mismo tiempo.
Nuevas operaciones me clavaron en cama con intensos dolores permanentes. Ya no podía sentarme, y solo caminaba unos pocos pasos con la ayuda de un bastón. Médicamente hablando, no había nada que hacer: estaba condenada a la posición acostada y al sufrimiento. Pasaría el resto de mi vida postrada en un lecho de dolor. Soporté seis intervenciones quirúrgicas sin que eso disminuyera el sufrimiento; bien al contrario. E incluso, al final me inyectaban morfina dos veces al día para que pudiera soportar los intensos dolores.
En medio de esta agonía, los hermanos del grupo de oración venían a ofrecerme su compañía, su valor, su amistad y su oración. El 16 de septiembre de 1982, una hermana del grupo de oración me propuso la loca idea de ir hasta Cordes porque, me dijo, «el padre Tardif va a venir a celebrar allí la Eucaristía». Gracias a Dios, no pensé en los sufrimientos ni en los dolores que me iba a costar. Acepté y partimos en ambulancia. Durante mi oración, el Señor me dio la lectura de la sanación de Ezequías, pero no le di gran importancia. La celebración comenzó.
La homilía del padre Tardif estaba centrada en la presencia real de Jesús en la Eucaristía; presencia efectiva y vivificante. Nos dio diferentes testimonios de sanaciones producidas después de que el enfermo hubiera recibido la Eucaristía o durante la procesión del Santísimo Sacramento. Cuando llegó el momento de la comunión, dos hermanos me llevaron en mi camilla desde el fondo de la iglesia hasta el altar. Pensaba en esos cuatro amigos que habían llevado al paralítico a la casa donde se encontraba Jesús.
El padre Tardif se arrodilló para darme la Eucaristía. Pidió después a Jesús, presente en la hostia, que me sanara. Por fin, me puso el copón sobre la cabeza y dijo: «Señor, un día una mujer tocó tu vestido y fue sanada. Sabemos que estás presente en la Santa Hostia. Toca a tu hija y sánala como sanaste a la mujer hemorroísa». Cuando terminó, me dijo que debía hacer un acto de fe, levantarme y comenzar a caminar. Fue para mí el «levántate y anda» del Evangelio que Jesús me dirigía. Le tomé las manos y me levanté de mi camilla. Con su ayuda, me puse a caminar. Luego me soltó y di cinco pasos sola. No pude dar más. El padre añadió: «El Señor te ha sanado. Mañana, camina diez pasos, aunque sea doloroso. Poco a poco experimentarás tu sanación...»
El tiempo pasó, sin que yo tuviera noticias de Fernande Gobert. Pero dos años más tarde, recibí una postal de Lourdes, que contenía este mensaje: 5 de septiembre de 1984. Querido padre Tardif: el 16 de septiembre de 1982 en Cordes, en la comunidad del León de Judá, en su presencia, el Señor me hizo levantarme de mi camilla por la fuerza de su presencia en la Eucaristía. Vengo hoy a compartir con usted lo que he vivido: en acción de gracias, con un grupo de amigos hemos venido en bicicleta hasta Lourdes: ¡doscientos ochenta y siete coma cinco kilómetros! Dios es grande. ¡Aleluya! Fernande Gobert
Desde entonces, Fernande se ha casado y ha vuelto a sus clases de matemáticas. No es religiosa, pero se ha consagrado a cantar las alabanzas del Señor. Quienes la ven no pueden reconocer a la mujer debilitada por el dolor, sentada en su silla de ruedas, pero todos reconocen que el poder de Dios es maravilloso. Isaías vislumbra los tiempos mesiánicos describiendo que el cojo saltará como un ciervo. Es precisamente lo que sucedió en la isla Mauricio en septiembre de 1985.
Durante la oración por los enfermos, el Señor hizo levantarse y caminar a un hombre de sesenta años que apenas podía caminar con un bastón. Pero una vez sanado y habiendo dado su testimonio ante las diez mil personas reunidas allí, se puso a correr; otro dejó también su bastón, y había uno más que caminaba. Era casi exagerado ver a tantos cojos caminar por todas las naves, unos con las muletas en alto, otros sin su bastón. Nuestro Dios es generoso. En las bodas de Caná faltaba un poco de vino y transformó seiscientos litros de agua en buen vino.
Tanto hizo que se habría podido celebrar otra boda.
3 - Los sordos oyen
Cuando el Señor abre los oídos de un sordo, eso significa que Jesús reanima la comunicación que había sido aniquilada por el pecado. En Jesús son vencidos todos los obstáculos que impiden la comunicación. Abrir los oídos de un sordo es un signo de la liberación que el Señor opera del aislamiento, del individualismo y de la imposibilidad de comunicarse. Jesús viene a restablecer las relaciones cortadas, permitiéndonos así una comunicación profunda. Nos vuelve sensibles para escuchar la Palabra de Dios y, al mismo tiempo, nos hace capaces de oír los gritos de nuestros hermanos.
En el mes de mayo de 1986 predicaba en el Zaire. El segundo día, después de la oración de sanación, una joven, con el rostro asustado, lanzaba gritos en medio de una multitud de veintiséis mil personas reunidas en el estadio de Mbandaka. Era una sordomuda de nacimiento a quien habían sorprendido los cantos y las alabanzas, y gritaba tapándose los oídos. Al día siguiente, en una gran paz y con una gran sonrisa, ante la multitud, dio su testimonio de sanación pronunciando las palabras que había aprendido esa mañana: «Gracias, Dios, Jesús, amén, aleluya».
Le pregunté su edad, pero aún no sabía responder. Sin vacilar, su hermana, que estaba a su lado, respondió: «Catorce años». Y la que antes era sordomuda repitió: «Catorce años». Fue un testimonio muy hermoso que conmovió a toda la multitud, viendo el poder de sanación de Jesús. Una vez más, hemos visto que las profecías fueron escritas para nosotros; literalmente, lo que había profetizado Isaías se había cumplido: Entonces la lengua del mudo gritará su alegría (Is 35, 6).
En esa misma línea, la sanación más asombrosa es la de Celia Covarrubias. Tan increíble, que la primera vez que la compartí con mis compañeros, todos se quedaron en silencio y nadie hizo ningún comentario. Después, uno de ellos se acercó a mí y me dijo muy seriamente: «No deberías contar esa historia, porque no solo nadie te creerá, sino que además das la mala impresión de hablar de cosas ilógicas y todo el mundo se reirá de ti...». Sin embargo, un año después de su sanación, Celia, con los informes médicos en la mano, dio el siguiente testimonio en una arena, en la ciudad de México, ante quince mil personas: Hace veinte años comencé a sufrir de un colesteatoma en el oído izquierdo. La enfermedad se agravó hasta la infección.
En 1976 se me hizo una trepanación, vaciándome el oído interno: perdí así totalmente la audición de ese lado. A causa del avance de la infección, se me hizo otra trepanación, durante la cual me rasparon además los huesos internos. Hasta entonces no me preocupaba oír, dado que no tenía órganos auditivos. El único interés que eso podía tener era eliminar la infección que ganaba terreno. En enero de 1986 comencé un Seminario de Vida en el Espíritu de la Renovación. El acompañante me dijo que Dios había permitido todas las tristezas de mi vida para glorificar su nombre.
Le respondí que yo preferiría glorificarlo con alabanzas. Mi vida había sido muy difícil, con problemas de toda clase. En febrero de ese mismo año fui al Encuentro Carismático de Querétaro (México) para pedir la sanación de mi corazón, tan herido por los sufrimientos y las incomprensiones. Cuando el padre Tardif hizo la oración de sanación, intercedí por la salvación de mis hijos, de mis hermanos, de mis amigos. Apenas me acordé de que quería orar por mi sanación, pues estaba resignada a no volver a oír jamás.
Sabía que Dios hace cosas imposibles, pero no pedí nada porque estaba acostumbrada a oír de un solo oído. Le dije simplemente: «Señor, aquí estoy. Tú sabes lo que me falta y lo que me sobra. Me pongo en tus manos», sin pedir nada concreto. Después, el padre dijo por el micrófono que una mujer de treinta y ocho años había sido sanada del oído izquierdo. En ese momento sentí un gran calor y oí un ruido muy fuerte. Me tapé el oído derecho.
Para mi gran sorpresa, oía del oído izquierdo como si tuviera muy cerca de mí un altavoz grande como un armario. Pregunté a mi vecina si habían aumentado el volumen, pero me dijo que no. ¿Me había sanado el Señor? No podía creerlo, dado que en ningún momento había pedido la sanación. Lo que es seguro es que, contra toda posibilidad médica, oía del oído izquierdo. El padre Tardif volvió a Canadá y yo a Irapuato, a mi casa, acompañada de Jesús.
El Señor me ha rodeado de personas que me han enseñado muchas cosas y que viven muy cerca de él; me ha conducido por su camino y ahora soy otra, totalmente renovada. Toda la noche la pasé llorando y dando gracias a Dios y alabándolo. Disfrutaba de todos los ruidos. Todo me parecía tan puro. Pero lo más importante era la alegría que me inundaba, y ciertamente no era solo el hecho de haber sido sanada, sino de estar en paz con Dios y conmigo misma. A partir de ese momento, toda mi vida cambió. El Señor me transformó de manera maravillosa.
Antes me sentía sola y deprimida. Sabía que Dios existía, pero consideraba que estaba lejos de mis problemas. Mi vida estaba llena de penas. A veces me parecía que no podía continuar así. Sabía que era el templo del Espíritu Santo, pero como no lo experimentaba, no lograba creerlo.
Aquel que conoce realmente al Señor debe seguirlo. No se puede resistir. Ya no podía dar marcha atrás. Cuando una persona tiene todos sus órganos y Dios la sana en la oración, estamos ante un milagro. Pero si la persona no tiene ningún órgano auditivo y se vuelve a poner a oír, ya no se trata solo de un milagro, sino de un llamado. Dios da una nueva dirección a su vida. Así lo comprendí. Cuando Dios llama, no se puede resistir argumentando: «No puedo, no sé». Antes vivía muy oprimida por problemas financieros.
Pensaba que el día en que no tejiera, no tendría nada que comer. Ahora paso hasta quince días sin tejer, porque mucha gente viene a casa a pedirme que ore por ellos, y ya nunca he vuelto a tener esa preocupación financiera. Cuando la gente oye lo que Dios ha hecho en mi vida, hay corazones endurecidos que se convierten al Señor. Algunos lloran y otros están profundamente tocados por Él. He tenido incluso la visita de sacerdotes y religiosas que sufren mucho por su falta de fe.
Les digo que no es culpa suya; que su problema es que no han experimentado el amor de Jesús y que por eso no lo conocen. Antes me preguntaba qué empujaba a los evangelizadores a hablar ante los micrófonos, y cómo se atrevían a predicar ante tanta gente. Ahora que he vivido esta experiencia del amor y del poder de Dios, lo comprendo perfectamente: no se puede callar lo que se ha vivido.
Una vez un sacerdote me atacó, porque pensaba que nunca había estado enferma del oído y que mentía. Pero le respondí: «Padre, para Dios nada es imposible». Han pasado dos años desde mi sanación. Los médicos me han vuelto a hacer pruebas de audición y no se explican cómo puedo oír. Ahora mi problema no es oír, sino saber cómo proclamar al mundo entero que tenemos un Dios que es Padre, y que puesto que nos ha dado a su Hijo único, ¿cómo no nos dará todo lo demás...?
En esta sanación, Dios nos enseña que sus planes son mucho más vastos que los nuestros. No es solo el oído izquierdo de Celia lo que Él ha abierto, sino que es toda su vida la que ha cambiado, y ahora es el testimonio de que existen una vida nueva y una misión para quienes creen en la fuerza infinita de Jesús. Si usted marca el «52» (462) 63 319, es probable que sea Celia quien responda y quien ponga el aparato en su oído izquierdo.
Durante el mes de octubre del 88 predicaba en Costa de Marfil. Teníamos un servicio de sanación con cuatro mil personas, y una de las palabras de conocimiento que recibí fue que dos sordos estaban sanándose en la asamblea. Pedí a los dos sordos que habían sido sanados que se manifestaran y dieran su testimonio. Un hombre de treinta años se levantó muy emocionado y dijo que hacía mucho tiempo que ya no oía, pero que su oído terminaba de destaparse y que ahora podía oír. Luego pregunté quién era el otro. Insistí, pero nadie respondió.
Entonces dije: «Continuemos orando». Al día siguiente tuvimos la reunión del clero de la diócesis. Un sacerdote levantó la mano y dijo: «Padre, anoche usted hizo algo antievangélico: cuando Jesús sanaba a un enfermo, le prohibía hablar del milagro, mientras que usted anoche pidió a los que habían sido sanados que lo proclamaran a todo el mundo». Le respondí: «Pero, padre, era el secreto mesiánico. Al comienzo de su vida pública, Jesús no quería desvelar de manera abrupta su identidad mesiánica, y por eso decía: no se lo digas a nadie.
Pero el día de su ascensión, ordenó que anunciáramos el Evangelio hasta los extremos de la tierra. Así fue revelado el «secreto mesiánico». Ahora no solo sabemos, sino que debemos anunciar hasta los extremos de la tierra que Jesús es el Mesías salvador. La misión de la Iglesia es precisamente eso. Si no, ¿qué razón tiene de existir?» En ese momento, un sacerdote levantó la mano.
Pensaba que era para una nueva objeción, pero explicó: «Padre, anoche, cuando usted anunció la sanación de dos sordos, solo uno vino a dar su testimonio; el otro no se manifestó, pero era yo. Me di cuenta de que oía bien, pero no me atreví a levantarme, pensando: esperaremos para ver si es de verdad verdad... Pero esta mañana, cuando me desperté, oí el canto de los pájaros por primera vez en tres años. Esta tarde pude confesar durante más de una hora, oyendo perfectamente sin aparato auditivo».
Cuando dio su testimonio, todos aplaudieron. Entonces pregunté al primer sacerdote: «Padre, ¿no cree usted que glorifica más a Dios que proclamemos sus maravillas?» Y ahí terminó la discusión.
Cada sanación es una ocasión de mostrar que Jesús es el Mesías. Cada testimonio es un grito de evangelización que proclama que Jesús es el Salvador del mundo.
4 - Los leprosos son purificados
Jesús es el mismo ayer, hoy y por toda la eternidad. Lo que hizo hace dos mil años, lo vuelve a hacer hoy, porque tiene el mismo poder hoy que ayer. Después de haber predicado un retiro para sacerdotes en Sagmeline, en Camerún, me invitaron a orar en una leprosería del gobierno donde hay más de trescientos enfermos. Llegamos ante esa multitud sufriente. Era muy impresionante encontrarse ante ese cuadro de dolor: el gusano de la lepra royendo la carne humana.
Unos, con los miembros amputados para poder seguir viviendo; otros, ciegos a causa de su enfermedad, el olor de la carne podrida... Después de haberles hablado del poder de sanación, oramos, pidiendo al Señor que sanara a esos enfermos. Poco tiempo después de volver a mi casa, recibí una carta de una religiosa enfermera en la leprosería que me anunciaba que el Señor había sanado a diez leprosos. ¡Diez leprosos que han podido volver a la vida normal de su aldea y que dan su testimonio!
Pregunté al Señor: «¿Por qué hubo diez sanados y no nueve u once?» Sentí que el Señor respondía en mi corazón: «Para que sepan que el que sana hoy es el mismo que sanó a los diez del Evangelio». Creo que la lepra de nuestro tiempo es el cáncer. Palabra que se ha vuelto sinónimo de condenado a muerte. Por eso les voy a contar cómo Jesús sana de la lepra del cáncer. Frente a la enfermedad y al mal, estamos ante un misterio. Algunos chocan contra él y caen, pero quien profundiza el misterio a la luz de la cruz vacía, lo valora. Es lo que le sucedió a esta mujer que se encontraba al borde de la muerte: Me llamo Hélène Gaspoz, soy de Evolène, en Suiza, tengo 43 años, estoy casada desde hace 21 años y tengo tres hijos.
Sufría de un cáncer generalizado, que comenzó por los huesos en 1975. Se me hizo una toma de muestra ósea y tres semanas más tarde el médico nos anunciaba el resultado: tumor maligno. Cáncer de los huesos. «No quiero morir, respondí, tengo tres hijas que criar, una de ellas tiene una enfermedad grave, y mi marido acaba de sufrir un accidente». El médico, pensativo, me respondió: «Mientras la columna no esté afectada, se puede hacer algo». Esto me afectó en todos los sentidos de la palabra. Desgraciadamente, la enfermedad empeoró y llegó rápidamente a la columna.
Se hablaba de una hernia discal, pero supe por otro médico que no se podía operar a causa del desgaste de los huesos y que la enfermedad era fatal. Pasé mi tiempo entre altibajos, hasta que un día un intenso dolor de espalda fue seguido de una parálisis de las piernas. Hospitalizada durante tres días, fui examinada cuidadosamente. Me dieron analgésicos potentes y pasé tres meses enteros en cama sin poder siquiera mover la cabeza.
Mi marido era maravilloso, no cesando de sostenerme y de ayudarme a orar. Esta enfermedad nos unió más y nos volvió más atentos a las necesidades del otro. Cuando uno está en la sombra de la muerte, se da cuenta de la importancia del amor, y no se puede desdeñar ninguna ocasión. Mi sanación comenzó el sábado 1 de junio, durante la reunión con el padre Tardif en Sion. Cuando Dios le mostró mi caso, no me di cuenta enseguida de que se trataba de mí. Todavía no había pedido mi sanación; había ido a ese encuentro para orar y poner en manos del Señor a mi marido y a mis tres hijas, porque los sufrimientos insoportables que sentía me hacían pensar que mi vida tocaba a su fin.
Sentí un calor intenso que me invadió el cuerpo; mis hijas me dijeron que estaba toda roja. Después de la reunión, noté que ya no me dolía la espalda y que no necesitaba buscar el equilibrio para caminar. Unos amigos que habían venido con su hijo médico me dijeron: «Pero Hélène, estás que ardes». Les respondí que era sin ninguna duda el calor del Señor... Al llegar a casa, hice notar a mi marido que podía girar la cabeza, y durante la noche pude darme la vuelta en mi cama sin dificultad, cosa que no había podido hacer desde hacía años.
Era como en un sueño. Muchas veces encendí la luz para examinarme, y comprendí que el Espíritu Santo me había sanado. Por la mañana, al despertar, era una mujer nueva: todos mis dolores habían desaparecido y, contrariamente a lo habitual, no tenía la boca llena de sangre. Me levanté sin ayuda, sintiéndome pequeña y ligera como una pluma; corrí a despertar a toda la familia gritando: «¡El Señor me ha sanado!», llorando y cantando a la vez. Imagínense mi alegría, pues estaba enferma desde hacía diez años. Las tres semanas que siguieron las viví en una alegría extraordinaria.
Ahora puedo afirmar que estos largos años de prueba han hecho crecer la fe y el amor en nuestro hogar. Hoy vivimos de una manera diferente, no solo gracias a la sanación, sino también a la enfermedad que amenazaba mi vida. Quisiera decir a todos los que están enfermos que si su familia, sus amigos o sus médicos los abandonan, el Señor permanece a su lado.
¡Gracias, Señor! ¡Eres maravilloso! Ya no se puede dudar de tu resurrección. Cada día nos pruebas que estás vivo entre nosotros. ¡Aleluya! El siguiente testimonio nos muestra cómo, cuando el Señor realiza una sanación, su acción salvífica llega muy a lo profundo y engendra una reacción en la persona, que la va a conducir a la sanación de la más grave de todas las enfermedades: el pecado.
El 5 de julio de 1981 predicaba un retiro en la iglesia de los Reformados en Marsella. Se trajo para la oración de sanación a un joven belga de 34 años, que sufría de un cáncer muy avanzado del pie derecho, donde tenía dos llagas. Dos médicos de Marsella, después de siete meses de tratamiento, habían decidido amputar la pierna. Él no quería, y resistía de todas las maneras posibles. Cuando F.G. supo que había una celebración para los enfermos, no pensó en su vida de pecado y decidió asistir.
Durante la oración por los enfermos, sintió en el pie derecho un calor muy intenso, como si se lo acercaran a un fuego. Al final de la Eucaristía, volvió a su casa sintiéndose diferente. Algo había sucedido esa tarde, aunque él mismo no sabía explicar de qué se trataba. Por primera vez en siete meses, se acostó sin tomar somníferos, y durmió maravillosamente. Al día siguiente estaba muy feliz y asombrado. Dijo entonces al padre jesuita con quien se alojaba: «Qué extraño, ya no siento dolor en el pie!
«¡Veamos qué pasa!» Juntos quitaron la venda que rodeaba el pie derecho y descubrieron con admiración que estaba perfectamente sano y que una piel nueva cubría las llagas; la sanación era tan perfecta que los tejidos estaban renovados y ni siquiera se veía la diferencia entre una piel y otra. Saltando de alegría, el joven partió a la clínica a mostrar su pie a los médicos que lo trataban. Le preguntaron con curiosidad qué le había sucedido; la sanación era tan perfecta y tan rápida que no le encontraban explicación alguna.
Entonces el joven les dijo: «El Señor me sanó ayer durante la Eucaristía». Ellos, ateos, no sabían quién era el Señor, y menos aún qué era la Eucaristía. Le respondieron: «¡Hay que encontrarle una explicación a esto!...» Cuando F.G. me telefoneó para contármelo todo y me repitió que los médicos buscaban una explicación, le respondí: «Diles que la explicación la tenemos nosotros: Jesús está realmente vivo y presente en la Eucaristía.
Como Jesús está vivo, puede hacer eso y mucho más, porque es el mismo que resucitó a Lázaro y que sanó a tantos cojos y lisiados, a tantos ciegos y sordos. ¡Jesús es la salud de los enfermos!» Sin duda, la sanación más importante no fue esa, sino la del cáncer del corazón que se llama pecado. F.G. había llevado una vida pecadora. El Señor le dio la fuerza de renunciar a todo eso para emprender un camino nuevo. Poco tiempo después entró al seminario.
Como el Señor lo había sanado durante la Eucaristía, quería acercarse lo más posible a ese misterio y poder algún día celebrarlo. Años más tarde volví a Francia; lo encontré ordenado sacerdote, en un convento de vida contemplativa, celebrando el misterio de la fe, en el cual anunciamos la muerte del Señor y proclamamos su resurrección. Jesús está vivo y obra en el pan consagrado y en el vino. Si tuviéramos más fe y lo dejáramos actuar con toda su fuerza, no nos faltarían tantos argumentos para afirmar su presencia real en la Eucaristía.
Bastaría con dejarlo actuar y él mismo se encargaría de probar su presencia real en la Hostia consagrada, con signos y milagros. Entonces nuestras celebraciones eucarísticas se transformarían en celebraciones prodigiosas.
Por fin, aunque un poco largamente, don Pedro Martínez, del norte de México, nos cuenta de manera bella no solo su sanación, sino también su transformación: Querido padre Emiliano: escribir a mis amigos es uno de mis pasatiempos favoritos, pero hoy me encuentro en apuros, no sé cómo voy a comenzar correctamente el relato del testimonio que se me ha pedido dar. En el pasado viajaba mucho y, dada mi fuerza física, nadie habría podido convencerme de consagrar más tiempo a mi familia.
Creía (como mucha gente) que mis pecados eran leves; si se partía del principio de que no matar, no robar y ser «justo» con los semejantes, era estar bien con Dios. En realidad, me consideraba un buen cristiano. Sin embargo, no había comulgado desde mi matrimonio, que databa de treinta años. Hace unos tres años, a consecuencia de un accidente de trabajo, comencé a tener dificultades con mi pierna derecha, lo mismo que con mi brazo derecho, que apenas podía soportar el peso de mi bolso.
A lo largo de toda mi columna vertebral comenzaron terribles dolores intensos que no soportaba, aunque me administraban calmantes muy fuertes. Llegó el día en que hubo que inyectarme regularmente relajantes para impedir los desmayos que se repetían.
Visitamos un cierto número de centros médicos en México y en los Estados Unidos. Unos decían que eran los riñones; otros, mi peso. Pero todos se pusieron de acuerdo para que me operaran en Houston. Fui hospitalizado para dos operaciones, pues perdía toda sensibilidad en las extremidades inferiores y habían aparecido crueles dolores. Desde entonces comencé a depender de la ayuda de mis allegados, particularmente de mi esposa, que me consagraba todo su tiempo. Parecía tan enfermo físicamente que ni siquiera me aceptaron en un vuelo regular; tuvimos, pues, que fletar un avión sanitario.
El neurocirujano que me había operado las veces anteriores comentó que la intervención sería delicada y la consideraba peligrosa. Por eso, muy fríamente, la noche anterior a la operación, me dijo: «Don Pedro, ¿usted cree en Dios? Entonces confíese a él, porque vamos a necesitar toda su ayuda». La intervención no tuvo ningún éxito. Estaba peor que antes, sin poder moverme e insensible del pecho a los pies.
A partir de ese momento constaté un acercamiento muy notable entre mis allegados y amigos, pues, al abrirme de nuevo la columna vertebral, se había descubierto que el cáncer había alcanzado los huesos y la próstata: clínicamente era imposible hacer nada por mí. Los médicos me daban una esperanza de vida de tres meses.
Pasaron varias semanas y comencé a notar que perdía peso de manera alarmante. Para calmar mis dolores me mantenían inconsciente la mayor parte del tiempo. Así fue como elegí pedir a mi esposa que, apenas terminaran las radiaciones, regresáramos a casa, pues me sentía muy mal. En ese segundo regreso a casa, algunos allegados y amigos no quisieron volver a visitarme, pues, en lugar de consolarme, salían de la casa consternados al ver a ese individuo fuerte y vigoroso que habían conocido meses antes, reducido de 105 kilos a 55 kilos, con además una condena a muerte. Mi esposa no aceptaba la idea de que yo pudiera irme así, dejándola sola; buscó, pues, desesperadamente todos los medios a su alcance.
Animado por el hecho de haber superado el plazo de los tres meses de vida, fui conducido a Monterrey. El grupo de médicos que estudiaba mi caso fue muy frío con mi esposa, diciéndole que no se hiciera ilusiones, que el haber superado ese plazo no era una base suficiente para impedir que de un momento a otro pudiera encontrarme en mal estado. Durante meses asistimos a sesiones de radioterapia en Monterrey, y un día tuvimos la visita de un grupo de oración. Después de la primera reunión, sentimos la necesidad de la presencia de ese grupo.
Durante la tercera visita fuimos evangelizados. Se nos habló del amor de Dios como nunca antes lo había oído. Me reconocí pecador y acepté a Jesús en mi corazón como mi Salvador. Lo proclamé Señor de toda mi vida y se nos impusieron las manos para recibir una nueva efusión del Espíritu Santo. En mi bautismo en el Espíritu Santo tuve como una visión: se tendían hacia mí unas manos de las que partía una luz resplandeciente rodeada de una nieve muy espesa, y tomaban las mías.
Sentí la extraña presencia de algo de divino muy desconcertante, que aún ahora me es imposible describir, pero que me causó una profunda emoción. Unos amigos nos informaron de que usted, padre Tardif, estaría presente en Guadalajara en noviembre. Como estábamos muy deseosos de asistir al encuentro, les pedimos que nos procuraran boletos. Toda la casa se llenó de alegría y de esperanza. Era una alegría contagiosa para toda la familia. Preparamos la partida en avión y llegamos el día 22. Para ese viaje, como para todo desplazamiento, necesité una silla de ruedas.
Al llegar, nos sorprendió ver a miles de personas rodeando el estadio, esperando y deseando entrar. Era una verdadera peregrinación de gente en espera, cantando, muchos de ellos conducidos en camillas de toda clase; había filas de inválidos en sillas de ruedas, paralíticos llevados en brazos, algunos con muletas o bastones, y otros, como fardos humanos, eran sostenidos por los hombros por seres sonrientes que parecían no preocuparse del peso; en su mirada no se podía leer sino el deseo de escuchar la Palabra de Dios.
¡Para los simples de corazón, qué fácil es esperar! Estuvimos atentos al desarrollo de todas las ceremonias, participando sin reponernos del asombro de ver a sesenta mil personas que bebían ávidamente en la fuente de la Palabra de Dios. Cuando llegó su turno, padre Tardif, de orar por los enfermos, quedábamos asombrados de las sanaciones que se podían constatar: un hombre caminaba levantando bien alto sus muletas, una ciega veía, etc. Así pasaba el tiempo, hasta que usted anunció que solo quedaban cinco minutos de oración.
En ese instante, mi esposa comenzó a orar a Dios de la siguiente manera: «Señor, te doy gracias de todo corazón por habernos permitido asistir a este encuentro. El tiempo fijado para la sanación va a terminar y no he oído que te hayas interesado en el caso de mi marido. Pero si en esta ocasión no le devuelves la salud, tú sabes por qué. Solo te pido, Señor, que sigas sosteniéndolo en su fe, y si no es hoy el día para él, no permitas que se desanime ni que su fe vacile».
Terminaba su oración, cuando usted dijo que en ese instante cinco personas recibían la sanación, dos mujeres y tres hombres. Cuando llegó el turno de los hombres, precisó que uno de ellos estaba sanándose de un cáncer de los huesos: que no tuviera miedo, iba a sentir un calor muy vivo en todo su cuerpo y una profunda angustia.
Mi esposa se volvió para mirarme. Yo estaba bañado en sudor, sintiendo un fuego que me invadía todo el cuerpo. Además, una emoción-angustia indescriptible, que expresé a través de un largo gemido. Tenía la certeza de que usted hablaba precisamente de mí, y así se lo dije a mi esposa. A pesar de la gran emoción de esos instantes tan intensos, logramos oír que usted pedía que la persona no diera su testimonio de inmediato, sino que esperara quince días. Con todos los que nos encontraron en los bastidores, emocionados y felices, alabábamos a Dios, porque yo era la última persona que nuestro Señor había sanado ese día.
Durante la Eucaristía dimos gracias al Señor por todas las maravillas de las que nos había permitido ser testigos. El domingo 25 regresamos al aeropuerto. Mi esposa me dijo: «Acabo de ver al padre Emiliano Tardif». Le respondí que no era posible, que la distancia entre nosotros y el lugar donde usted oficiaba y había hecho la oración de sanación era demasiado grande para que pudiera reconocerlo. Se dirigió hacia el lugar donde usted estaba sentado y volvió toda excitada diciéndome: «Es el padre Tardif, es el padre Tardif», y me pidió que nos acercáramos a saludarlo. Su entusiasmo era tal que yo no esperaba nada para mí, cuando ella se dirigió hacia el lugar donde usted hablaba con otras personas y dijo: «Perdóneme que lo interrumpa, pero quisiera saber si usted es bien el padre Emiliano Tardif».
Usted le preguntó entonces si podía ayudarla en algo. Ella, diligente, le pidió si era posible que le ofreciera un minuto de su tiempo, pues deseábamos saludarlo y conocerlo personalmente; hacía más de un año y medio que esperábamos esos instantes. Usted no esperó sentado a que yo viniera hasta usted, sino que se acercó al lugar donde yo me encontraba, apoyado contra una pared y sobre mis bastones.
Así pues, comencé a contarle brevemente toda mi historia y finalmente le dije que sentía que yo era la persona concernida por el último caso de cáncer. Entonces usted me impuso las manos y comenzó a orar en una lengua extraña que nunca había oído, pero que me hacía sentir una profunda comunión con Dios. Mi esposa lloraba de emoción. Usted me recomendó no tener miedo, que iba a ser sanado y que dentro de quince días debía dar mi testimonio. Después me pidió que leyera Jesús está vivo.
Respondimos entonces que no nos había sido posible encontrarlo en el estadio ni en las librerías de la ciudad, pero que una pareja amiga iba a enviárnoslo. En ese instante preciso, en medio de la multitud que nos rodeaba, surgió un hombre que tenía en la mano el libro y dijo: «Toma, aquí está, te lo ofrezco». Usted lo tomó y me dijo: «Hijo mío, el Señor está contigo», y me mostró la página donde se encuentra la oración por los enfermos.
1. NDT: El título original del primer libro de Emiliano Tardif es Jesús está vivo. Fue publicado en francés con el título Jesús hizo de mí un testigo. NDT: El título original del primer libro de Emiliano Tardif es Jesús está vivo. Fue publicado en francés con el título Jesús hizo de mí un testigo.
A partir de ese momento ya no necesité mi silla de ruedas. Subí al autobús que iba a llevarnos al pie de la pasarela del avión y, sin ninguna ayuda (salvo la de mis bastones), subí la escalerilla. Diez días después, querido padre Tardif, descolgué el teléfono: era nuestro médico neurólogo de la ciudad de Reynosa, que deseaba aprovechar su estancia en Monterrey para saludarme. Era además el momento para mí de volver a ver a los distintos especialistas.
Al día siguiente recibí una llamada del especialista en medicina nuclear, informándome de que acababa de recibir una nueva cápsula de material radiactivo y que sería bueno que me volviera a ver. Nos pusimos a contar los días. La fecha en que debían volver a verme coincidía con los quince días a los que usted había hecho alusión en el estadio... El 7 de diciembre de 1984 se me hicieron los primeros estudios de rastreo óseo en medicina nuclear, enviando nuevas muestras a mis análisis clínicos de laboratorio.
Por la tarde, el médico nos informó de que quería asegurarse de los resultados de las placas que tenía en mano y que las iba a enviar al oncólogo para que confirmara el resultado... Durante nuestra conversación con ese médico por la tarde, observaba atentamente las pruebas, buscando por todas partes los «puntos calientes» de mis huesos. No encontraba nada; había que esperar que el laboratorio diera los resultados de los fosfatos, que son el parámetro que indica mi estado real de sufrimiento.
Esa misma tarde teníamos también cita con el urólogo, que después de examinarme atentamente exclamó: «Don Pedrito, usted no está bien, ¡está usted excelentemente bien! Hay que estar vigilantes».
Esperábamos el lunes con ansiedad. Estábamos preparados y teníamos la certeza de que todo iría bien. El especialista en medicina nuclear nos esperaba en su despacho. Nos dijo que tenía los resultados, pero que esperaba la confirmación del laboratorio, pues no correspondía a lo que se había registrado en las pruebas anteriores. Diez minutos más tarde sonó el teléfono. Era la respuesta del laboratorio. Escuchó con gran atención y colgó. Después de unos instantes de silencio, nos dijo simplemente: «La medicina es buena, pero no tanto. Usted está sanado.
Se acabaron las radiaciones. Todos mis deseos, don Pedro». Cuando fuimos a despedirnos del especialista en medicina nuclear, nos dijo: «No crean que porque hoy van bien, será siempre el caso». Sintiendo que mi Señor estaba con nosotros, le respondí: «¿Cuánto quiere apostar a que sí?» Riendo, replicó: «Bueno, sería una de las apuestas que perdería más alegremente, pero mejor dejarlo ahí». Padre Tardif... hace unos tres años partía hacia Houston para someterme a una intervención quirúrgica delicada. Era un día gris y frío.
Unos minutos antes de que partiera la ambulancia, me había vuelto para mirar mi casa una última vez, diciendo en mi interior: «Señor, no sé si volveré a ver estas tierras, pero las amo, como amo a todos los seres humanos que tanto me han dado con su amor». Hoy, a tres años de distancia, quiero compartir con usted que Dios me ha colmado de gracias innumerables. Me ha limitado físicamente casi por completo, para enseñarme y darme la humildad necesaria; para que con ella aprenda, con modestia y simplicidad, a recibir la ternura, el afecto y las delicadezas.
Durante estos tres años, el Señor ha hecho crecer mi fe y la certeza de que a través de él se puede recibir todo. He aprendido que la vida no es más que una sucesión de cambios, y que debo adaptarme a mi nueva vida; en este caso preciso, a vivir sin apuro. Intentar al máximo dejar caer las preocupaciones y las mortificaciones, olvidar los rencores y las falsas actitudes. Es otra etapa maravillosamente hermosa. Bendigo al Señor porque durante todo este tiempo ha reemplazado ese día gris del pasado por el sol radiante del presente. He aprendido a no compararme con nadie.
Ya no me pregunto: ¿por qué yo? Sé que existe un Dios que me ama, que todo el pasado fue para mí un bien. ¡Bienaventurada enfermedad a través de la cual Dios me ha dado la salvación!
5 - La Buena Nueva es anunciada a los pobres
A fuerza de predicar por el mundo entero, de recorrer las estepas y los desiertos de África, las leproserías y las prisiones, constato en todas partes el mismo fenómeno: son los pobres, y casi siempre los más pobres entre los pobres, quienes acogen con simplicidad el Evangelio. Son ellos los más abiertos a recibir, quizás porque son quienes más lo necesitan. Cuando predico en ciertos lugares de Europa, es otra cosa: mentalidad cartesiana, análisis teológico, médico y psicológico.
Por otra parte, he descubierto otra pobreza: el hastío y el poco interés por la vida de quienes están colmados de bienes materiales. A veces son más pobres que los demás, porque les falta lo más importante: el amor. Viven en prisiones doradas. Tienen automóviles y aviones, pero no saben adónde ir. Están provistos de todo y nada los satisface. El Evangelio anuncia buenas noticias al pobre, pero al mismo tiempo nos llama a una vida más pobre, sin compromisos ni codicias; libres de todo apego, para vivir en plenitud.
Conclusión
Jesús es el Mesías que debía venir. Cumple las profecías mesiánicas y en él se realizan los signos que caracterizan al Mesías. No debemos esperar a otro. Las promesas se han cumplido. El tiempo de encender una lámpara para descubrir al Mesías ha pasado, porque ahora Él resplandece y es él quien nos ilumina con su luz que no conoce ocaso. No hay otro Nombre dado a los hombres por el cual podamos ser salvados.
Jesús es el único salvador que todavía hoy nos repite: Para que sepáis que el Hijo del hombre tiene el poder de perdonar los pecados, «levántate y anda». Para que sepáis que yo soy la luz del mundo, «que se abran tus ojos». Para que sepáis que yo soy la resurrección y la vida, «sal» de la tumba del pecado. Para que sepáis que yo soy el camino, «anda». Jesús es el Mesías anunciado por los profetas, esperado por Israel y del cual el mundo entero tiene necesidad. Hoy, Jesús es el Mesías. El profeta habla también de los muertos que vuelven a la vida.
Creo que la sanación interior es una forma de resurrección, pues nos comparte la victoria de Jesucristo sobre la muerte. El capítulo que sigue está consagrado a este punto.
II
LA SANACIÓN
INTERIOR
Lo más hermoso que he encontrado en la Renovación Carismática es lo que se llama . De la misma manera que nuestro cuerpo es atacado por diferentes enfermedades, también podemos vernos afectados interiormente por traumas, complejos, miedos, rencores e inseguridades de toda clase. Y aún más, numerosos casos físicos no son sino los síntomas exteriores de desequilibrios psicológicos, y cuando estos últimos son sanados, los primeros desaparecen también. Si hemos sido heridos en nuestros sentimientos, podemos encontrarnos debilitados.
Si recordamos a alguien que nos traicionó, estamos enojados contra todos. A veces hemos sido humillados en nuestro amor, y desde entonces nuestro corazón se cierra a toda manifestación de afecto. Sin embargo, Jesús vino a curar los corazones rotos y a ofrecernos un corazón nuevo. Es maravilloso descubrir cómo el Evangelio está lleno de este tipo de sanaciones: a sus discípulos, Jesús los sanó del apego a las riquezas y de la codicia (Mt 19, 16-26), del autoritarismo (Mt 19, 27-30), del miedo a la muerte (Mc 4, 35-41; Lc 12, 4-8), de la turbación (Jn 14, 1-6), del legalismo (Mt 12, 1-8), del miedo al fracaso (Mc 4, 30-32), de los odios, de los resentimientos y de los rencores (Lc 6, 27-31), del orgullo (Lc 18, 9-14) y del error (Jn 7, 31-33).
Sanó al centurión de su complejo de inferioridad (Mt 8, 8-13); a la samaritana, de su odio racial (Jn 4); liberó a Zaqueo de la injusticia (Lc 19, 1-10); a la mujer adúltera, de su sentimiento de culpa (Jn 8, 1-11); a la prostituta, de la impureza (Lc 7, 36-50). Y lo más importante, que está en la raíz de todos los males: sanó al paralítico de su pecado (Mc 2, 1-12). ¡Cuántas veces deseamos avanzar, y no podemos! Nuestra voluntad es vencida y nuestro carácter no tiene la fuerza de oponerse a las adversidades.
Otras veces creemos que son los demás quienes deben cambiar y lo exigimos, sin resultado. Al contrario, parece que eso no hace sino empeorar el problema. En realidad, todos estamos heridos y por eso no tenemos la fuerza de superar nuestros límites.
He vivido personalmente esta gracia de sanación interior: A lo largo de toda mi vida había tenido un problema al menor contacto con la sangre. Cuando debía ir a imponer los santos óleos a un moribundo que sangraba, era un gran sacrificio, porque comenzaba a tener sudores fríos y, aunque hiciera grandes esfuerzos, no lograba controlarme. Un día miraba una película de guerra donde había muchas escenas sangrientas. Comencé a tener sudores fríos, bajé los ojos; ya no podía más; creí que me iba a desmayar.
Me sentía tan mal que tuve que salir a mitad de la película. Un día Monseñor Alfonso Uribe Jaramillo vino a predicar un retiro. Durante la Misa oró por la sanación de las heridas de la memoria, recordando las diferentes etapas de la vida. Mientras oraba por la sanación de las heridas de la infancia, recordé que cuando tenía cinco años, un día me había enojado con mi hermano, de seis años. Tenía una navaja en la mano y se la lancé. Le cayó en el brazo, y le fluyó mucha sangre. Me asusté mucho al ver su brazo teñido de rojo.
Aunque había olvidado el incidente, siempre tenía un problema cuando veía sangre.
Mientras monseñor Uribe Jaramillo oraba, me vino a la mente ese acontecimiento vivido cuando tenía cinco años, y pedí al Señor que me sanara de ese recuerdo. Desde entonces he ido a muchos hospitales a visitar a enfermos con heridas de accidentes graves y ya no tengo esa reacción de hemofobia. Gracias a esta sanación interior, estoy sanado. El Señor ha sanado esa herida de mi memoria, y a partir de esta sanación de los recuerdos comprendo mejor ahora la importancia de la sanación interior.
Si yo me sentía mal cuando veía sangre, para otros una herida emocional los enfermaba ante la autoridad, porque tal o cual día, su padre, su madre o su maestro los había tratado con dureza. Muchos niños son rebeldes a causa de sus heridas emocionales. Su revuelta está ahí como para protegerlos de toda autoridad. Sin embargo, no necesitamos tanto conocer la raíz del problema como la solución a ese mismo problema, y es una oración de sanación interior la que nos libera.
Un niño pequeño tenía los rasgos tan finos que todos decían que se parecía a una niña. Esto le causó un trauma muy grande, de tal manera que por un lado intentaba parecer más hombre que los demás, pero al mismo tiempo comenzó a rechazar a todos sus compañeros que lo criticaban o se burlaban de él. Al crecer, no quiso saber nada de las mujeres, pues reflejaban lo que él no quería ser. Cuando llegó a la edad adulta, su problema se agravó y cayó en la homosexualidad. Un día que oraba por su sanación interior, el Señor lo liberó de ese problema, llenando su corazón del amor del que había carecido. Gracias a la sanación interior y a la fuerza del Señor, pudo salir de la homosexualidad. Hoy lleva una vida totalmente normal.
El siguiente testimonio muestra cómo una herida emocional puede tener consecuencias físicas, pero que, una vez sanado el interior, los síntomas desaparecen, como lo muestra la hermana Madeleine-Danièle en su carta: Señor, tus cinco llagas han sanado mis heridas. Jesús vino a buscarme en medio de mi tibieza, más aún, de mi pecado. Estaba en un estado deplorable: dolores en la espalda, artrosis anquilosante en las rodillas que me impedía arrodillarme durante la oración, migraña dos o tres veces por semana y una hernia hiatal. Había perdido el gusto de la oración y de la lectura espiritual. Espacié mucho las confesiones e incluso faltaba a menudo a la Eucaristía. Mi única oración era: «A pesar de todo, tú sabes que te amo».
En estas circunstancias precisas, Jesús me reveló su rostro. El 5 de julio de 1981 una amiga me llamó para decirme que vendría a buscarme para asistir a una oración por los enfermos. Permanecí en el fondo de la iglesia. Un sacerdote de acento canadiense simpático dio una meditación tan llena de fe sobre las cinco llagas de Jesús que todavía la recuerdo. Comenzó después a agradecer al Señor las sanaciones que obraba. Dijo: «Hay aquí una religiosa que ha recibido una gran herida en el corazón, y después de varios años todavía no ha cicatrizado. Jesús sana esa herida y ella recobra una alegría que nadie podrá arrebatarle».
En ese instante preciso experimenté un profundo bienestar dentro de mí. Al mismo tiempo, volvían claramente a mi memoria las circunstancias que me habían herido. Al final, el sacerdote dio la bendición desde el altar. Me arrodillé espontáneamente y, para mi gran sorpresa, pude levantarme del mismo modo. Pensé entonces que quizás era yo la hermana sanada de una herida emocional, pero me invadió la duda, pues había unas veinte religiosas en la iglesia.
Padre Tardif, cuando usted subió al automóvil, me acerqué y le dije: «Padre, si ninguna religiosa se ha identificado para esta sanación, es que soy yo». Usted me miró en silencio y respondió: «Yo también lo creo». Es a partir de ese momento que comenzó la sanación. Un día me dije: «Si Jesús me ha sanado las rodillas, quizás me haya sanado también los pies...» Me quité entonces las plantillas ortopédicas que utilizaba desde hacía cuatro años y caminé sin ningún problema.
Pero lo más asombroso fue cuando alguien me alcanzó precisamente en la cicatriz de mi antigua herida. Rumíaba la vejación. Pero recordé la parábola de los dos deudores: yo, que debía a Jesús una sanación tan grande, ¿no sería capaz de perdonar una pequeña herida? Perdoné y sentí una gran paz. Volví al fervor de la oración. La migraña desapareció y soy una persona nueva al servicio del Señor. Al ver todo lo que Dios ha hecho en mi vida, constato que en verdad todo concurre al bien de los que aman a Dios, y reconozco de todo corazón: «Señor, cuánto debo agradecer a esa persona que me había herido. Llénala de tu amor». Hermana Madeleine-Danièle
La sanación interior produce dos efectos: nos libera de la causa que nos afecta y nos fortifica para perseverar en el bien. Los traumas de la infancia se repercuten en nuestra conducta presente. Un alcohólico no puede dejar de beber si la raíz de su problema no es sanada. Seguirá bebiendo; si no, en su lugar aparecerá otro síntoma del mismo origen. El Señor va al fondo de nuestra vida, hasta las zonas más ocultas y lejanas de nuestra infancia, para reconstruir lo que nos afecta en el presente.
Durante un congreso en Caracas orábamos por la sanación interior. Se acercó una religiosa canadiense, misionera en Honduras, que no podía orar porque vivía con una tristeza crónica. Comenzamos a orar por ella. Muy pronto le vino a una persona del equipo una imagen mental. Vio a una niña pequeña sola, llorando en un bosque donde había mucha nieve. Preguntamos a la religiosa si eso le recordaba algo. Se puso a llorar y contó: «Cuando era pequeña, vivía en Canadá. Una tarde en que nevaba, salí sola al bosque.
La nieve cubrió mis huellas en el camino y me perdí. Cuando quise volver a casa, no sabía por dónde pasar y me sentí abandonada. Lloré más de dos horas, hasta que mi familia me encontró. Fue algo muy doloroso para mí. Es a partir de ese momento que comencé a tener muchos miedos.
Oramos entonces al Señor en estos términos: «Tú sabes, Señor, lo que nuestra hermana ha sufrido. Hazle sentir que está en la palma de tu mano y que tus ojos nunca la dejarán, pues has velado sobre cada uno de los pasos que ha podido dar. Para ti no hay ni pasado ni futuro; todo está presente ante ti.
«Depositamos ante ti lo que le sucedió en el bosque y te pedimos curar la herida emocional que de ello ha recibido». Volví a ver a esa religiosa varios años después, cuando fuimos a predicar a Tegucigalpa, y me dijo que su vida había cambiado desde que había recibido esa sanación interior. Por otra parte, una persona sana es fuerte frente a los obstáculos, afronta los problemas sin miedo, no teme las críticas y no se deja afectar por el «qué dirán». Aquel que ha sido sanado por el Señor posee una fortaleza interior capaz de resistir los ataques.
Con el salmista puede exclamar: Que un ejército venga a acampar contra mí, mi corazón está sin temor; que estalle una guerra contra mí, ahí está mi confianza (Sal 27, 3).
El testimonio que sigue nos muestra muy claramente cómo la persona sanada puede perseverar en su vida nueva. He vivido en mi familia en una atmósfera de costumbres y normas cristianas. Hice mis estudios en un excelente colegio de religiosas y siempre cumplí mis deberes de piedad. Podría decir que tenía una excelente información cristiana, pero no necesariamente formación cristiana, pues no conocía a ese Dios vivo y nunca había experimentado la Vida Nueva traída por Jesús a nuestro mundo.
A los 15 años, cuando me acerqué al Sacramento de la Confesión, fui profundamente traumatizada por el sacerdote. A causa de eso nunca más volví a confesarme. ¿Por qué ir a confesarme con alguien que era peor que yo? Ni siquiera fui a reconciliarme el día de mi matrimonio. Como toda novia, llegaba con ilusiones sobre el matrimonio, esperando darlo todo y recibirlo todo de mi esposo. Tuve varios hijos, pero poco a poco perdía mis ilusiones. Vivíamos en el egoísmo y me faltaba la única cosa que necesitaba: el amor.
Algunos sueños se transformaron en pesadillas, y la alegría celeste que esperaba del matrimonio se convirtió en infierno. El peor de los infiernos no son los gritos, ni los golpes, ni siquiera el odio, sino la falta de amor. Después de siete años de matrimonio, estaba ávida del amor que no recibía de mi esposo. Cada vez estaba más lejos del Señor, así que no lo busqué... Este testimonio es dado bajo la responsabilidad exclusiva del editor original, que lo tiene directamente de la persona que lo cuenta... pero intenté recibir el amor de una persona que intentaba ayudarme.
Pensaba que así se llenaría el vacío que cada vez se hacía más profundo. Es por esta razón que caí en la infidelidad conyugal. Lo que creía que era la solución no hizo sino agravar mi problema conyugal, pues cada vez me alejaba un poco más de mi esposo. Me sentía muy mal en mi comportamiento, pero no podía hacer nada más. Recayó una nueva vez y entonces fue la catástrofe. Emocionalmente sufrí un trauma: me detestaba y me despreciaba a mí misma. Llegué hasta ya no ocuparme de mí físicamente.
Mi propia persona ya no me interesaba. Por otro lado aumentaron las agresiones conyugales y llegué a perder toda esperanza en la vida misma. Quería morir, porque no encontraba sentido a una vida tan vacía donde el amor no existía.
Sin embargo, me justificaba, echando sobre mi marido la culpa de mi pecado: «Si él me amara, no habría hecho lo que hice». Me alegraba incluso a veces de mi infidelidad, pero al final me sentía todavía peor. Viví dos años en el miedo, acusándome y culpabilizándome. Tenía miedo de que los demás lo supieran y de que mi marido se diera cuenta. Pero, ¿de qué servía que no lo supieran, si yo lo sabía? Eso me mantenía en una angustia terrible. Cada día me sentía menos humana, menos mujer.
Las raras veces que iba a misa, hasta comulgaba, sin tener en cuenta la palabra de san Pablo de que quien come indignamente el cuerpo del Señor come su propia condenación (1 Co 11, 29). De todos modos, ya me sentía condenada, amarga y peor que antes. Es en estas circunstancias que asistí a un retiro de la Renovación Carismática, durante el cual recibí el bautismo en el Espíritu Santo.
Pensaba que el Espíritu Santo no era para los pecadores, pero comprendí que el Espíritu nos permite acercarnos, arrepentidos, para pedir el perdón de Dios. Yo sola me condenaba por mi pecado. El Espíritu me dio el arrepentimiento y la seguridad de que Dios estaba dispuesto a perdonarme. Durante ese retiro, el Señor me hizo el don de la oración en lenguas. Eso me tocó aún más. ¿Cómo era posible que yo, tan pecadora, fuera tan amada por Dios que llegara hasta a darme esta marca de su ternura? No podía comprender tanto amor, y no era sino el comienzo. Algo en mí me decía que me faltaba todavía lo mejor.
El domingo siguiente fui a misa, pero, a pesar de mi intento, me fue imposible comulgar. Dios me protegía impidiéndome cometer un nuevo sacrilegio. Tomé entonces la difícil resolución de volver a confesarme; difícil, porque recordaba la herida de mi juventud. Pero si durante una confesión había perdido la fe, para volver a ella debía pasar por la misma puerta. El 22 de julio, que no sabía que era la fiesta de María Magdalena, volví a confesarme después de quince años.
Me presenté tímidamente ante el sacerdote, como esa mujer que se había acercado a Jesús para lavarle los pies. Era terrible recordar lo que tanto me angustiaba. Era como revivir con la misma intensidad mi dolor y mi vacío. Sin embargo, al obligarme a hacerlo, el Señor me quitó el gran peso que ya no podía soportar. Experimenté en toda su grandeza el amor y el perdón de mi Jesús. El sacerdote no era Emiliano Tardif, sino Jesucristo mismo, que me acogía con ternura. No me rechazó, no me condenó.
Para mí era como el amor de Jesús a la pecadora del Evangelio. ¡El Señor me había perdonado! No solo recibí su perdón, sino que el Señor me sanó de ese trauma de la confesión, así como de la falta de amor y de la infidelidad. Esta confesión me llenó del amor que tanto necesitaba. Me sentí humana, restablecida, reconstruida. Es allí mismo donde renació el amor por mi marido.
Me arrodillé y besé los pies del sacerdote, bañándolos con mis lágrimas. Estaba inundada de una paz total que no podía describirse. Esa tarde viví un nuevo nacimiento, pero esta vez con esperanza, alegría y fuerza. Una hora después comulgué; no era yo quien recibía a Jesús, sino más bien Jesús quien me recibía, me aceptaba, me amaba y colmaba todo el vacío de mi vida. Gracias a esta confesión bendita he recibido una fuerza nueva en mi debilidad. Soy consciente, más que nunca, de mi fragilidad; pero ahora mi corazón ya no está vacío, ya no tengo que pedir limosna, pues he encontrado la Perla Preciosa.
Antes quería morir porque no había encontrado sentido a mi vida. Ahora quiero morir por la alegría de ver cara a cara al Señor, que ha sido tan bueno conmigo. Ese trauma que tenía ha sido sanado y soy una mujer renovada, totalmente nueva, como María Magdalena. Años más tarde volví a encontrar a esa persona. Como le preguntara cómo estaba, me dijo: «Muy bien, gracias a Dios. No todo ha sido siempre fácil, pero es mucho más difícil vivir lejos del Señor que bajo su Señorío. Sin embargo, aunque me encontrara de nuevo sola o abandonada, ya no buscaría ese amor engañoso que destruye la vida». La sanación interior es a la vez como una operación que permite extirpar un tumor y una vitamina que fortifica nuestra vida.
El relato del texto de los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35) ilustra perfectamente lo que es la sanación interior: Y he aquí que ese mismo día, dos de ellos hacían camino hacia una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén sesenta estadios, y conversaban entre ellos sobre todo lo que había sucedido. Y aconteció que, mientras conversaban y discutían juntos, el mismo Jesús se acercó, e iba de camino con ellos; pero sus ojos estaban impedidos de reconocerlo. Les dijo: «¿Cuáles son, pues, esos discursos que intercambian caminando?» Y se detuvieron, con el rostro sombrío.
Tomando la palabra, uno de ellos, llamado Cleofás, le dijo: «¡Tú eres bien el único habitante de Jerusalén que ignora lo que allí ha sucedido en estos días!» «¿Qué, pues?», les dijo. Le dijeron: «Lo que concierne a Jesús el Nazareno, que se manifestó como un profeta poderoso en obras y en palabras ante Dios y ante todo el pueblo: cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros, en cambio, esperábamos que fuera él quien iba a liberar a Israel, pero con todo esto, ¡ya es el tercer día desde que estas cosas sucedieron!
«Algunas mujeres de las nuestras nos han, a decir verdad, dejado estupefactos. Habiéndose dirigido de madrugada al sepulcro y no habiendo encontrado su cuerpo, han vuelto diciéndonos que incluso tuvieron la visión de ángeles que lo proclaman vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron las cosas tal como las mujeres habían dicho; ¡pero a él no lo vieron!» Entonces les dijo: «¡Oh corazones sin inteligencia, lentos para creer en todo lo que han anunciado los Profetas! ¿No era necesario que el Cristo soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria!» Y, comenzando por Moisés y recorriendo todos los Profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que le concernía a él.
Cuando estuvieron cerca de la aldea adonde se dirigían, fingió ir más lejos. Pero ellos lo apremiaron diciendo: «Quédate con nosotros, pues cae la tarde y el día ya toca a su término». Entró, pues, para quedarse con ellos. Y aconteció que, estando a la mesa con ellos, tomó el pan, dijo la bendición, lo partió y se lo dio. Sus ojos se abrieron y lo reconocieron..., pero él había desaparecido de delante de ellos.
Y se dijeron uno al otro: «¿No estaba nuestro corazón ardiendo dentro de nosotros, cuando nos hablaba por el camino, cuando nos explicaba las Escrituras?» En esa misma hora partieron y regresaron a Jerusalén. Encontraron reunidos a los Once y a sus compañeros, que dijeron: «¡Es bien verdad que el Señor ha resucitado y que se ha aparecido a Simón!» Y ellos se pusieron a contar lo que había sucedido por el camino, y cómo lo habían reconocido en la fracción del pan.
Los discípulos estaban muy heridos en su corazón, porque Jesús había sido condenado a muerte y así habían muerto todas sus esperanzas e ilusiones. La cruz había sido para ellos incomprensible y permanecían frustrados en sus deseos de restauración. A causa de ese trauma, sus ojos no podían ver claramente la realidad.
«Nosotros esperábamos, como si ya no esperaran más, que Jesús fuera el salvador de Israel...» Jesús comenzó a recordarles las Escrituras, los Profetas, y que todo esto debía suceder. La primera parte de su sanación se debió a la Palabra. La Palabra de Dios purifica y sana: «Ya estáis puros, dijo Jesús a los que lo escuchaban, gracias a la palabra que os he hecho escuchar» (Jn 15, 3). Y de hecho, no es hierba ni emoliente lo que les devolvió la salud, sino tu palabra, Señor, ¡ella que todo lo sana! (Sb 16, 12).
El Señor nos alimenta a través de su Palabra sanadora. La Palabra de Dios, que desde el fondo de las tinieblas hizo surgir la luz, nos ilumina y nos vivifica. Los discípulos recorrieron once kilómetros recibiendo la sanación. Su tratamiento duró todo a lo largo del camino, como para hacerles comprender que, mientras caminamos por la vida, necesitamos la Palabra sanadora del Señor, que es como una lámpara. Jesús fingió ir más lejos. Entonces le dijeron: «Quédate con nosotros, pues cae la tarde». Jesús entró en su casa y se sentó a la mesa con ellos.
Tomó entonces el pan, dijo la bendición, lo partió y se lo dio. En ese momento, sus ojos se abrieron. La Eucaristía, Palabra y Pan, les abrió los ojos para que pudieran comprender el misterio del sufrimiento. Lo que nos sana no es la supresión del dolor, sino su misma comprensión. Cuando nos colocamos frente a Aquel que murió en una cruz, pero que venció la muerte, entonces recobramos la esperanza y las heridas son sanadas. Se participa de la resurrección y así se recobra la vida nueva.
Jesús Eucaristía es sacramento de sanación, o mejor aún, su presencia salvífica sana físicamente, pero de manera particular los corazones. Cuando reconocieron a Jesús, su actitud cambió. Para ellos, que volvían a casa decepcionados y tristes, cuando recibieron su sanación profunda, esa amargura se desvaneció y sus ojos se abrieron. Hemos sido ya muchísimas veces testigos del mismo fenómeno: las heridas emocionales causan perturbaciones físicas. Las más frecuentes son: el insomnio, las úlceras, las enfermedades nerviosas, la parálisis, los malestares del aparato digestivo y hasta la ceguera. Sin embargo, en cuanto la raíz del problema es sanada, el síntoma físico desaparece.
Los discípulos, ya sanados, tenían una mentalidad nueva, ojos nuevos, veían el mundo de otro modo; ya no estaban desesperados ni oprimidos, sino llenos de alegría, pues habían visto a Jesús resucitado. Se levantaron prestamente y regresaron a Jerusalén, para anunciar la Buena Nueva a los Once, que se encontraban reunidos en el Cenáculo. Quien ha sido sanado interiormente se levanta de su postración. No puede ser de otra manera. Se vuelve testigo y anuncia la resurrección de Cristo Jesús.
Quien ha sido sanado no habla solo de su sanación, sino que se convierte en testigo de la resurrección de Jesús. Muestra en su propia carne los frutos de la resurrección de Jesús. Hay tanta gente herida en su memoria a causa de acontecimientos del pasado, que necesita sanar, pues esa lesión profunda produce el temor o la tristeza. He encontrado personas que llevan en su corazón una gran amargura que las vuelve antipáticas, y ellas mismas rechazan todo gesto de afecto. Esas personas no necesitan que las rechacemos; al contrario, necesitan que oremos por la raíz de sus problemas. No quieren ni sufrir ni hacer sufrir, pero están heridas y a causa de eso contaminan de dolor todo lo que las rodea.
Jesús sana las heridas del corazón cuando se lo pedimos. Como leemos en el libro de Malaquías: Para vosotros que teméis mi Nombre, brillará el sol de justicia, con la sanación en sus rayos (Ml 3, 20). Jesús es el sol de justicia y puede sanar las heridas causadas por las injusticias de la vida. Como para curar lesiones de la piel se toman baños de sol, de la misma manera, si estamos ante Jesús, Él nos sana de las heridas emocionales de la vida.
A medida que avanza la sanación, el corazón es liberado del sentimiento de odio, de rencor o de amargura, y ese lugar es ocupado por el amor que, en torrente, sale del corazón de Jesús. Nos esforzamos por liberarnos de ese rencor, pero solos no podemos lograrlo: necesitamos una fuerza superior que nos sane. Esa fuerza la tiene Jesús, él, el renovador de los corazones heridos.
El testimonio que sigue muestra cómo la sanación interior no es algo mágico, sino que exige una cooperación de parte del paciente. Hay que pagar el precio de la conversión, ya sea el perdón o algo que impida que la vida se despliegue en plenitud. Una pareja tenía graves problemas. La esposa había abandonado el hogar y se había ido a vivir con otro hombre. Sin embargo, poco tiempo después se arrepintió de su error y quiso volver a casa. Su marido no quería recibirla, pero, ante las instancias del cura, le abrió las puertas de la casa... pero no de su corazón.
Le era imposible perdonar y volver a confiar en su mujer. La comunicación se perdió y su corazón estaba tan herido que se volvió impotente. Fue a ver a médicos especialistas que le dieron tratamientos a base de hormonas y de choques eléctricos, pero sin ningún resultado positivo. Durante una oración de sanación interior se le dijo que el origen de su impotencia era que no había podido perdonar a su esposa. Confesó que no podía. Entonces, lo primero que hicimos fue pedir al Señor que le diera la fuerza de perdonar.
Por fin, por un acto de voluntad, lo hizo. Fue un momento tan fuerte que cayó desvanecido durante unos minutos. Se levantó y volvió a su casa con un rostro nuevo. Al día siguiente comentó: «Estamos en una nueva luna de miel, incluso mejor que la primera...»
Ese hombre no necesitaba consejos ni tratamientos para su impotencia sexual, sino que había que sanar la raíz de su problema: perdonar a su mujer. En cuanto lo hizo y se oró por su sanación interior, su problema desapareció. El Señor quiere darnos un corazón manso y humilde como el suyo, pero para eso necesitamos que Él nos sane, como sanó a los discípulos de Emaús, que estaban tristes y desanimados. En tiempos de Jesús, cuando había un leproso, se lo alejaba de la comunidad, pues era peligroso y podría contaminar a los demás.
Pero Jesús, que era la plenitud de la vida, tocó al leproso y no fue contaminado; bien al contrario, lo liberó de su dolor. Con razón dice el profeta: Eran nuestras aflicciones las que llevaba y nuestros dolores los que soportaba, y en sus heridas encontramos la sanación (Is 53, 4-5).
He aquí lo que da Jesús: la vida, la salud, la alegría, la paz y la felicidad, porque para él no hay imposible. Si estás herido, no digas «soy un caso desesperado». No hay casos desesperados; solo hay hombres y mujeres que se desesperanzan porque no conocen a Jesús. Pero desde el día en que vivas un encuentro personal con él y descubras su amor sanador, todo va a cambiar. «Si crees, verás la gloria de Dios» (Jn 11, 40). Y la verás en tu propia vida, pues Él te dará un corazón nuevo, ojos nuevos, una mentalidad nueva.
Puedes ser un hombre —o una mujer— amargo, lleno de odio, que critica todo, que habla mal de todo, para quien nada está bien; pero en la medida en que Jesús cambia tu corazón, te convierte en un hombre —o una mujer— lleno de los sentimientos de su propio corazón. Entonces puedes ser testigo del Reino y del poder de Dios. Muchos condenan a los demás diciendo: «Ese es malo». Pero en realidad no hay malos: solo hay hombres y mujeres que luchan con problemas que los aplastan. Jesús vino a romper las cadenas y a darnos la libertad.
Lo que nos parecía perverso no era sino algo que Jesús debía sanar.
Cuando el ladrón de la cruz le suplicó: «Acuérdate de mí cuando estés en tu reino», Jesús no le respondió: «Bueno, has sido muy malo, has robado a mucha gente y has matado. Ya lo pensaremos». Tampoco le dijo: «Se lo hablaré mañana a mi Padre, para ver qué piensa de tu caso». A Jesús le fue dado todo poder en el cielo, en la tierra y en los infiernos. Por eso le aseguró: «Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso». Así es como el Espíritu Santo produce en nuestras vidas los frutos de su amor.
Hay personas que cambian completamente de sentimientos, y los demás se preguntan: ¿Qué le ha pasado a ese? Antes estaba triste, crítico y amargo, y ahora, a dondequiera que va no camina, vuela, contento y afirmando que el Espíritu Santo le da los sentimientos del corazón de Jesús. No podemos juzgar a los demás. Ellos han sido heridos y por eso hieren a los otros. En lugar de condenarlos, debemos orar por la sanación de su corazón. Tendremos grandes sorpresas.
Verás cómo el Señor se servirá de ti para sanar el corazón herido de tu hijo, de tu esposo o de tu esposa.
He aquí dos ejemplos de sanación interior.
La samaritana: sanación del odio racial. Esta mujer fue sanada del odio ancestral entre los samaritanos y los judíos. Después de su sanación interior, reconoció a Jesús como el Mesías y fue a decírselo a sus amigos de Samaria: «He encontrado a Jesús», y se lo llevó, y Él entró en la ciudad de los samaritanos.
Pedro: sanación de la herida causada por sus negaciones: Lc 22, 54-62.
Se ve bien la sanación de Pedro en el Evangelio, de Pedro, que el Jueves Santo negó tres veces a Jesús. Mientras el Maestro era interrogado por el Sumo Sacerdote, los sirvientes y los guardias de este habían encendido un fuego en medio del patio y se calentaran alrededor. Una sirvienta preguntó a Simón: «¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?» Pedro respondió: «No, no lo soy». Poco después se acercaron los otros e insistieron: «¿No eres tú también uno de sus discípulos?» Pedro respondió: «No, no lo soy».
Aproximadamente una hora más tarde, otra sirvienta le dijo: «¿No te he visto en el jardín con él?» Pedro negó de nuevo, y en el mismo instante el gallo cantó por segunda vez. El Señor, volviéndose, fijó su mirada en Pedro, que recordó las palabras de Jesús: «Antes de que el gallo haya cantado hoy, me habrás negado tres veces». Y, saliendo afuera, lloró amargamente. Pedro encontró la mirada de Jesús, que lo miraba con dulzura. Era una mirada de comprensión y de perdón, no de reproche. Es con esa mirada de amor que comienza la sanación interior de Pedro.
Pero después de su resurrección, cuando Jesús se aparece a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades, Él mismo enciende un fuego para preparar el pescado para el almuerzo. Toma después aparte a Pedro del grupo y le pregunta tres veces «¿Me amas?» Y la respuesta de Pedro a cada interrogación es: «Señor, tú sabes bien que te amo». La herida causada por la triple negación fue sanada por la triple profesión de amor. De la misma manera que todo fuego le habría recordado sin cesar sus negaciones, el fuego encendido por Jesús a orillas del lago le recordará siempre su amor por Jesús.
III
JESÚS ESTÁ VIVO
Cinco años después de la aparición del libro Jesús está vivo, me doy cuenta de que estaba en el plan de Dios, antes incluso de que yo hubiera pensado en escribirlo. Después de un retiro dije a Faith Smith: «Oro por mucha gente, pero pocos oran por mí. ¿Querrías hacerlo?» Aceptó con gran placer. Me impuso las manos y, después de orar en lenguas, se puso a reír. Me preguntó entonces: ¿Has escrito ya algún libro? No. Simplemente algunas circulares para mis amigos y algunos artículos en ciertas revistas. Tengo una visión en la que veo a mucha gente que ríe y se regocija, leyendo un libro que tú has escrito...
El tiempo pasó, y un día José Prado me pidió permiso para publicar algunas de mis enseñanzas grabadas en cintas. Le respondí: ¿Pero por qué no me ayudarías a escribir un libro? Quisiera agradecer a Dios estos diez años de ministerio de evangelización. Vinimos a La Romana, visitamos Nagua, fuimos a Pimentel, entrevistamos a algunas personas y le entregué los documentos que tenía. Los retrabajamos juntos y seis meses después aparecía Jesús está vivo, en 1984. Para mi gran sorpresa, fue inmediatamente traducido a varias lenguas.
Lo más curioso es que la gente que lo había leído me decía siempre lo mismo: «Padre, he tenido gran alegría al leer su libro. Lo he leído bien y me ha dado mucha esperanza». Otros me han dicho haber llorado, y buen número de ellos han sido sanados. He recibido un magnífico comentario en la siguiente carta del 27 de noviembre de 1984: Querido padre Emiliano: primero quiero pedirle perdón si me dirijo a usted con cierta familiaridad, pero es verdad que, después de haber leído Jesús está vivo, tengo la impresión de que es como si todo el libro hubiera sido una larga carta escrita solo para mí, pues el mensaje es tan claro y el sentimiento del amor que usted tiene por sus hermanos en Cristo es tan perceptible, que lo menos que se puede sentir es gratitud y amor por aquel a quien Jesús ha utilizado para transmitir ese mensaje.
Reciba mi admiración, mi respeto y un saludo cordial de quien es su hermano en Cristo Jesús, Rafael Gutiérrez Gutiérrez.
Durante el Encuentro Ecuménico de Kansas City, EE. UU., donde se hallaban reunidas cuarenta y cinco mil personas, la hermana Briedge McKenna oró por mí y tuvo una visión: «Veo, me dijo, el globo terrestre y pequeñas luces que surgen en diferentes puntos. Tú serás llevado a predicar en numerosos países el amor de Jesús que sana». Lo más sorprendente es que desde allí comencé a ser invitado a muchos países de América Latina y otros de lengua francesa. Después de que yo hubiera sido testigo del amor de Jesús que sana, numerosas luces de fe se encendieron en muchos corazones.
Hoy ya he recorrido más de cincuenta países donde he podido ser testigo del amor misericordioso de Nuestro Dios. Sin embargo, por intermedio del libro he entrado en hogares que ni siquiera conozco. Así he pasado a Hungría, donde nunca he ido a predicar. He recibido la siguiente carta:
Budapest, febrero de 88
Hacia fines de 1987 leí con gran placer la traducción húngara de su libro Jesús está vivo. Ese relato sencillo y alegre de las maravillas de Dios me llenó de una gran esperanza. Pero no es por eso que le escribo, sino por algo mucho más importante. Estaba enferma de la mano derecha. Tenía una tendinitis que no me permitía ni escribir ni realizar los trabajos cotidianos de la casa. Un día incluso tuve que dejar de trabajar, pues los objetos se me caían de las manos.
Fue entonces cuando me puse a leer su libro... llegué al capítulo donde usted habla de la Eucaristía que ha celebrado por los lectores enfermos. No leí la oración, pero rece esa oración tan sencilla. Me sentí envuelta por la fuerza del Señor y empujada a levantar los brazos durante la oración. Muy pronto un corriente de calor me recorrió el brazo y en el mismo instante el dolor desapareció. No solo mi mano derecha ha sido sanada, sino que ahora es más fuerte que la izquierda. Eszther Molnar
Lo más curioso es que ni siquiera sabíamos que el libro había sido editado y distribuido detrás del Telón de Acero. Hay tal deseo de evangelizar que ni siquiera se nos pide autorización para publicarlo. Como san Pablo, repito: Me alegraré de que el Evangelio sea anunciado (Flp 1, 18). La sanación de Eszther Molnar es mi recompensa, y sé que se la debo solo al Señor. Hay otros testimonios igualmente hermosos. El primero fue dado por la persona misma en la radio en esta forma: Mi nombre es Augusto César Victoriano Baldera. Soy cadete de la Fuerza Aérea Dominicana. Tengo veintidós años y vivo con mis padres en la calle Club de Leones 188.
Hoy vengo a dar el testimonio de algo que me ha afectado personalmente y que muestra que Jesús está vivo. El 8 de octubre de 1984 fui admitido en el hospital Ramón de Lara de la Fuerza Aérea Dominicana, sufriendo fuertes dolores en la espalda, habiendo perdido toda sensibilidad en la pierna derecha y con una neutralización total del nervio ciático de la misma pierna. No podía caminar sin apoyarme contra la pared, lo que me llevó rápidamente a necesitar una silla de ruedas. Los médicos diagnosticaron una hernia discal entre la cuarta y la quinta vértebras.
Después de quince días de hospitalización se me envió a casa prescribiéndome un reposo de al menos seis meses. Era muy difícil para mí aceptar mi enfermedad. Yo, que volaba en avión de combate y saltaba en paracaídas, me encontraba ahora incapaz de caminar solo... El sueño de mi vida, ser cadete de la Fuerza Aérea de mi país, estaba a punto de desvanecerse. Cuando volví a casa, mi mamá se preocupaba, pero, con su fe en Dios, me pasó un libro titulado Jesús está vivo.
A medianoche de ese mismo día tomé el libro para leerlo. Apenas había leído diecinueve páginas cuando sentí que debía orar. Temiendo que mi hermanito y mi primo me oyeran —dormían en la misma habitación que yo— comencé a orar en voz baja. Sin saber cómo, me encontré de pronto alabando en voz alta. Mientras tanto, en la cama de al lado, mi hermano, sin que yo me hubiera dado cuenta, estaba también orando por mí. En ese momento experimenté una sensación de paz y de tranquilidad en mi interior, así como un pequeño cosquilleo en todo el cuerpo.
Llamé a mi hermano y le dije: «Chah, me pasa algo. Siento un poco de flexibilidad en mi cuerpo». Entonces me senté, comencé a doblarme en dos en mi cama; cuando me di cuenta de que el Señor comenzaba a realizar un proceso de sanación, tanto corporal como espiritual, llamé a mi hermano y le dije: «Vamos a orar y dar gracias a Dios». Hacia la una de la madrugada, mi primo se despertó, preguntando qué pasaba. «El Señor está sanando a Rudy», le respondió mi hermano con seguridad. Mi primo no dudó y estalló en un «¡Gloria a Dios!»
A las tres de la madrugada, mamá se unió a nuestra acción de gracias. El Señor me sanó esa noche. Los médicos dicen que es increíble, pues me habría hecho falta una convalecencia de al menos seis meses. Sin embargo, no me hizo falta más de dos meses para estar completamente de pie. He sido reintegrado a la Fuerza Aérea. Desde mi sanación he saltado seis veces en paracaídas y tengo más de quince horas de vuelo en avión de combate en mi haber por ese mismo período. Puedo hacer deporte, corro, hago todo lo que un hombre sano puede hacer, para la gloria de Dios. Soy un hombre nuevo, tanto en el cuerpo como en el espíritu. Pero lo más formidable no es que el Señor me haya devuelto al ejército, sino que me llama a ser su testigo entre los cadetes. Pertenézco ahora a un nuevo ejército, que proclama la verdad: Jesús está vivo y da la vida a los suyos.
Evangelizar a través de un libro es semejante al trabajo del sembrador, que lanza la semilla de la Palabra por todas partes, confiando en que es el Señor quien hace crecer el grano.
El testimonio que sigue muestra hasta dónde puede conducir todo esto. Santiago del Estero (Argentina), noviembre de 1988. Amado hermano y Pastor en el Señor,
Que Dios lo bendiga, padre Emiliano. Mi nombre es José A. C. Mirkin, soy judío, circunciso, bisnieto de rabinos. Aunque fui bautizado en el catolicismo, como no veía «la fuerza del Espíritu en plena acción», me uní a los cristianos evangélicos. Me hice predicador evangélico. Sin embargo, el Señor Jesús me ha traído de vuelta a «la casa» hace poco tiempo. Usted ha sido una de las personas que más ha influido en mi regreso a la gran familia católica con su libro Jesús está vivo.
El testimonio, lleno de paz, de dulzura y de alegría, es el de personas que han hecho un encuentro profundo con el Rey de los reyes y el León de Judá: Jesús. Alabo y bendigo al Señor por la obra que realiza en usted y a través de usted. En Cristo Jesús y Mamá María.
José A. C. Mirkin
Por supuesto hay una parte de cruz. El trabajo aumenta y las horas de sueño se ven perturbadas. Cada día recibo cartas en lenguas que no conozco, pero las deposito ante el Tabernáculo y pido a Jesús, puesto que Él las comprende, que responda a esas intenciones. A menudo me despiertan llamadas telefónicas venidas del Japón o de Italia que piden oración. Ellos me llaman de día, pero en mi casa es de noche o de madrugada.
Un día me llamaron desde Arabia Saudita. Solo respondí: «Um, um...». Después pensé: ¿por qué la gente gasta tanto en llamadas internacionales, si tienen a Jesús en el corazón y pueden pedirle directamente? En verdad, el Señor es maravilloso. Mucho más grande de lo que imaginamos. A veces me pregunto: ¿cómo es posible que la gente recobre la fe, que su esperanza sea reavivada y sus cuerpos sanados con la sola lectura de un libro tan sencillo que da testimonio de la fuerza salvífica de Jesús? Me acuerdo entonces de la palabra de san Pablo: Dios ha escogido lo que hay de loco y de pobre en este mundo para confundir a los sabios (1 Co 1, 27). Y si me doy cuenta de que es así, no tengo de qué glorificarme vanamente, pues es obra suya y toda la gloria le corresponde a él.
Me deleito en el Evangelio de san Marcos y no encuentro relato más sencillo y más hermoso que estas páginas llenas de candor y de simplicidad. Si hay gente que lee mi libro, yo prefiero ir a la fuente originaria, el Evangelio. A decir verdad, voy a hacer una confesión que podrá tomarse por un atrevimiento. Para nuestro libro tomamos como esquema el Evangelio de Marcos. Un día que se lo dije a alguien, me respondieron: ¡Pero qué atrevimiento! ¡Querer escribir algo semejante al Evangelio! Sin embargo, yo tendría más miedo de intentar escribir algo que no se pareciera al Evangelio.
He aquí otro testimonio que relata más que sanaciones, pues ha conducido a la acción y al compromiso.
Santiago de Chile, septiembre de 1986. Padre Emiliano: primero damos todos gracias a Dios por su
venida a nuestro país, porque ha fortalecido a más de uno en la fe. De cada reunión que hemos tenido con usted, hemos salido convertidos en «hombres nuevos», seguros de que Jesús está vivo en nuestro corazón.
He aquí lo que me ha empujado a escribirle: trabajo en una empresa de unas ochocientas personas. Teníamos el deseo de ser portadores del mensaje del Señor, pero no sabíamos cómo llevar su Palabra. Queríamos evangelizar, pero, aparte del hecho de que nadie nos había enseñado sobre esto, encontramos muchos problemas y todos nuestros proyectos fracasaron.
Pero como Dios es grande y todopoderoso, puede superar nuestros límites, y se sirvió de un detalle muy sencillo: el doctor Iván Franjic y Luis Silva me ofrecieron cada uno su libro Jesús está vivo. Lo he leído al menos tres veces, dándome así cuenta de las maravillas que realiza el Señor.
Fue la ocasión de emprender un trabajo de evangelización en mi sección, donde somos aproximadamente noventa. Cada vez que alguien caía enfermo, le llevábamos el libro y orábamos por él.
A medida que pasaba el tiempo, este trabajo de buena voluntad se desarrollaba, cada vez más conocido, en el silencio, y un día nos vimos en la obligación de crear la «Casa Santa María», para los enfermos. Ahora, en la empresa, todos conocen su libro y dicen que es el más hermoso que jamás les haya pasado por las manos. Lo más magnífico no es que todos hayan recibido una sanación física, sino que esto haya servido para la conversión del mayor número.
Durante un retiro en la «Casa Catalina Labouré» he estado muy contento de encontrar a tanta gente de mi trabajo, alabando y cantando. Es gracias a Dios que se pueden contemplar los frutos del Señor. Nuestro grupo crece cada día en número y en fervor. Durante nuestras reuniones de oración intercedemos por usted y su comunidad, para que el Señor continúe colmándolo de sus gracias, de sus bendiciones, y para que la luz del Señor lo acompañe siempre, de manera que pueda llevar el mensaje de Cristo por todos los rincones del mundo.
Eternamente agradecidos por las maravillas de la obra de nuestro Señor Jesucristo. Amén.
Patricio Ordóñez González
El doctor Marino Ariza escribió el artículo «Consideraciones» en el periódico «El Listín», de Santo Domingo, el 14 de abril de 1983, en el que decía: Nos hemos deleitado con la lectura de su hermoso libro tan tierno, Jesús está vivo, que más que un libro es un testimonio: «Un grito que se eleva, dando esperanza a todos los que se atreven a creer que ese Jesús que murió en la cruz ha resucitado y está vivo, y que así, todo es posible». Este testimonio surgido del corazón de un simple testigo de Jesús debe ser leído por todos. Nuestra alma será fortalecida en la esperanza con la lectura de este testimonio tan sabio.
¡Adelante, padre Tardif, aunque a veces se interponga en su camino la Semana Santa!
En República Dominicana apareció un reportaje en «Biblioteca» el 13 de julio de 1985. El autor subraya que el aspecto más importante no es la cantidad de libros vendidos, sino que descubre la razón por la cual la gente los lee: Los católicos, a diferencia de los evangélicos o de los que pertenecen a otras denominaciones cristianas, no tienen por costumbre ser muy versados en la compra de material religioso, a menos que sean imágenes piadosas, escapularios (objeto de devoción compuesto de dos pequeños trozos de tela bendita, unidos por cintas que se atan al cuello) u objetos de valor religioso dudoso.
Entonces, ¿cómo es que el libro Jesús está vivo se ha vendido «como pan caliente», si solo habla de reuniones, asambleas y grupos de oración? ¿Qué ha sucedido? En un mundo perturbado por la aflicción, las frustraciones y las angustias de toda clase; en una sociedad consumida por el odio, la mentira y las falsas profecías; en una atmósfera donde se respira tanta hipocresía y maledicencia; en fin, en un mundo simplemente enfermo y ávido de paz, el padre Tardif da testimonio de que Dios es la única solución real y eficaz a los problemas humanos y, en consecuencia, el único camino posible de sanación física y espiritual.
La historia de esta fe y del encuentro de Tardif con Jesucristo está relatada en este libro. Unos lo leen por curiosidad, otros por necesidad de reavivar la esperanza, pero todos se dan cuenta de que Dios actúa en nuestras vidas».
Conclusión
¿Es el libro lo que sana? Esta pregunta equivaldría a preguntar: ¿Eran los vestidos de Pablo los que sanaban? ¿Sanaba la sombra de Pedro? De ninguna manera. Jesús, que está vivo, es el único capaz de dar la vida. Atribuir la sanación a un objeto, un lugar, una fórmula o incluso una persona, está muy cerca del paganismo. Este libro no es sino el dedo que señala que Jesús está vivo hoy y que debemos mantener los ojos fijos en él y en nadie más, ni en ningún instrumento del que se sirve para transmitir su salvación.
https://emilientardif.rcmission.net/2016/index.php?Lng=FR&mod=Publications&fct=Ecrits&pag=JesusEstMessie_II.html