Un milagro de Dios

Sufría de artritis reumatoide. No es una enfermedad que pueda confundirse con la artritis o el reumatismo, enfermedades propias de las personas de cierta edad, sin graves consecuencias. La artritis reumatoide tiene causas desconocidas y no se sabe curarla. Ataca las articulaciones produciendo un gran dolor y el organismo las rechaza. La persona tiene el cuerpo que se endurece, se deforma y termina en una silla de ruedas.

Comenzó en octubre pasado con dolores en los tobillos, las rodillas y las muñecas, con una fatiga general. Pensando que no era grave, fui al médico, que me hizo análisis que permitieron detectar la artritis. El laboratorio me recomendaba ir a los Estados Unidos para buscar un tratamiento. En el centro artrítico donde me trataban quedé muy impresionada por las diferentes fases de la enfermedad. El doctor Alonso Portune, el especialista, confirmó el diagnóstico y me dijo que esta enfermedad era incurable. Solo se podía volverla estacionaria con sales de oro. El remedio tiene efectos negativos: tuve erupciones en todo el cuerpo, perdí el cabello y las uñas de los pies.

Dos mujeres aquejadas de artritis

Mi tasa de plaquetas sanguíneas y de glóbulos blancos se volvió anormal. Entonces llegó al Paraguay el padre É. Tardif. Lo escuché por primera vez en la iglesia de san Alfonso. En el momento de la sanación sentí que mi corazón iba a estallar; latía tan fuerte que escuchaba sus palpitaciones. La segunda vez fue en la iglesia del Coronel Oviedo. De nuevo, en el momento de la oración de sanación, sentí un temblor en todo el cuerpo. El padre dijo que en ese momento dos mujeres aquejadas de artritis estaban sanándose. Les dijo que se arrodillaran.

En verdad, no tuve el valor de hacerlo, pues no estaba convencida de que se tratara de mí y no creía en ese tipo de sanación, quizás por falta de fe. Fui a una tercera misa. Entonces mis dolores habían desaparecido y ya no tomaba medicamentos. Mi madre averiguó con la Hermana Marguerite Prince cuál era el día de la partida del padre Émilien, y pudimos encontrarlo de nuevo en el aeropuerto. Hizo entonces con el padre André una oración por mi sanación. Al terminar, me dijo: «no digas más tengo artritis, sino la tenía, pues estás sanada».

Mis dolores desaparecieron y ya no tomaba medicamentos (cuando había llegado a la dosis de 12 aspirinas por día y a inyecciones semanales de sal de oro).

Hice análisis y vi que estaba realmente sanada. El doctor Nicolas Breuer, hombre muy creyente que es mi médico en Asunción, me dijo: «hay que admitir que más allá de la Ciencia hay algo superior y nada le es imposible».

Los médicos me explicaron que la persona que sufre de esta enfermedad nunca pierde, incluso en la hipótesis de su sanación, las marcas de la artritis que permanecen toda la vida. Es como el enfermo que ha sufrido un infarto: conserva la cicatriz en su corazón. En cambio yo ya no tengo rastro de las artritis. La única explicación es un milagro de Dios.

(Marie Thérèse Galant de Baez). Carta del 25 de agosto de 1981

Oración de petición de sanaciones

Causa de Beatificación del padre Émilien Tardif

«Quienes desprecian el método pastoral de Jesús se equivocan por completo si creen que las sanaciones son algo superficial en el ministerio de Jesús. Quienes creen que ya no se necesitan sanaciones hoy, y que lo esencial es anunciar el evangelio, olvidan el método pastoral de Jesús. Nosotros planificamos y buscamos mil formas para atraer a la gente que cada vez viene menos a la iglesia. Organizamos fiestas, conciertos, compartires, y los resultados son pobres. Jesús, en cambio, sanaba a los enfermos y la gente venía en masa.»

Texto extraído del libro: Jesús me hizo testigo. Páginas 79-80. Padre Émilien Tardif y José H. Prado Flores. Éditions inter, 1984