Muerte de su hermano Luis, el hermano Luis Tardif, o.m.i.
PROVINCIA SAN JOSÉ — MONTRÉAL
NOTAS BIOGRÁFICAS Luis Tardif
Misionero Oblato de María Inmaculada
Misionero Oblato de María Inmaculada 1927-2002. Una sonrisa, una bondad, una paciencia, una escucha, una compasión; dos manos: una para recibir y la otra para dar; un corazón, para amar a quienes llaman a su puerta siempre abierta. Una Providencia comprensiva con los desfavorecidos. Sus padres. Léonidas, su padre, es un hombre generoso, con iniciativa, trabajador incansable. Perfeccionista, es exigente consigo mismo... y con los demás. El padre Émilien escribía: «Papá tenía el carisma de la pobreza; nos incitaba a contar con Dios.» Los Tardif son sobre todo agricultores.
En 1940, Léonidas, Anna y sus hijos se instalan en Rapide-Danseur, al sur de La Sarre, en Abitibi. Figuran entre los pioneros de esa pequeña parroquia, fundada en ese mismo año, y se convertirán en prósperos cultivadores. Escuchemos al granjero convertido en colono: «La tierra la llevamos en la sangre. Tuve que dejar mi tierra de rocas de Saint-Zacharie. Aquí hemos roturado cien acres. Con el tiempo, el trabajo se convierte en placer, cuando se ve retroceder la maleza para dar paso a los hermosos campos de grano.» Anna Larochelle, madre de Luis, es una verdadera mujer ejemplar.
Alma del hogar, es ella, sobre todo, quien preside los destinos de la casa. Alegre y valiente, está atenta a las necesidades de cada uno de los suyos y preocupada por ayudar a los desfavorecidos de su entorno. «Gracias al ingenio de nuestros padres, nunca nos faltó lo necesario, incluso en los días difíciles», dirá Luis. Anna y Léonidas educaron a sus hijos en las buenas maneras, en el entendimiento y en la ayuda mutua. Según el abate Philibert Goulet, párroco de Saint-Zacharie, son esposos ejemplares, desde todos los puntos de vista.
De los catorce hijos —niñas y niños en número igual—, tres mueren muy jóvenes, y una se ahoga a los dieciocho años. Seis se casan; una se hará Hermana de Nuestra Señora Auxiliadora; dos, Misioneros del Sagrado Corazón, y uno, Oblato: Luis.
La parroquia de Saint-Zacharie de Beauce
Luis, octavo vástago, nace el 19 de febrero de 1927 en la parroquia de Saint-Zacharie de Beauce, así llamada en recuerdo del padre Zacharie Lacasse, O.M.I. (1845-1921), misionero colonizador. Luis es el muchachito sonriente, amable, dócil e ingenioso, siempre dispuesto a ser útil. A pesar de tener buen talento, no pasará de los estudios primarios: hay que ganar dinero. En un rincón del desmonte abitibiano, donde llega a los 13 años, cultiva zanahorias que vende, y compra un linóleo, para facilitar la tarea doméstica a su madre.
Desde los 16 años acompaña a su padre en los campamentos de tala, pero dice: «No haré esto toda mi vida.» De hecho, cambiará el hacha y el serrucho por la plomada y la paleta. Le gustan los trabajos manuales, trabaja en la granja, quiere mejorar su situación en Rouyn; tras el aprendizaje, se hace albañil. Este oficio lo llevará a distintos lugares de Abitibi... hasta Montreal.
Luis descubre a los Oblatos en la primavera de 1952, durante unos ejercicios espirituales cerrados, predicados en Rouyn por el padre Siméon Beaudoin. Aprende que estos religiosos se dedican a la evangelización de los pobres. «Habiendo conocido la pobreza, y recordando el ejemplo de mi madre, tan caritativa, percibí un llamado apremiante a unirme a ellos», escribirá. El que siempre dirá sí responde de inmediato: pide su admisión al noviciado de Richelieu.
Aceptado por el padre Paul Bazinet, maestro de novicios, recomendado por el padre Beaudoin y por el abate Joseph Lafrenière, párroco de Rapide-Danseur, Luis se presenta en Richelieu el 15 de septiembre de 1952... con su bolsa de herramientas de albañil. Tiene 25 años. Terminado el postulantado, comienza su noviciado el 18 de marzo de 1953. Los informes de los formadores durante su período de prueba serán siempre elogiosos. Se dice que es de excelente educación, de buena conducta, digno, dueño de sí mismo, de sentido práctico, equilibrado, cumplidor de su deber, sujeto de primer valor. Tendrá que vencer su timidez y un carácter irritable.
Luis será siempre admitido por unanimidad a la renovación de sus votos. Antes de su primera oblación, que hace en Richelieu el 19 de marzo de 1954, escribe al padre Albert Sanschagrin, provincial: «Sé que este régimen de vida costará muchos sacrificios, pero, con la gracia de Dios, cuento con hacerlos generosamente. Si necesitan de mí para las misiones fuera del país, deseo sinceramente compartir esa vida.» De obediencia para el extranjero, Luis no la recibirá. La Providencia prevé que sea misionero en el lugar, con la irradiación, el corazón y el ardor que se sabe.
Pronuncia sus votos perpetuos en el colegio de Rouyn, el 19 de marzo de 1960, entre los miembros de su familia, los alumnos y los Oblatos.
Vida itinerante.
Durante unos 30 años, Luis estará adscrito a tres residencias oblatas: Richelieu, Sainte-Agathe-des-Monts y la Casa provincial; pero su trabajo lo llevará a varios lugares, como miembro del Equipo volante de los Hermanos para construir o renovar edificios oblatos. Cincuenta años después, sus construcciones se mantienen en pie, bien ensambladas o empedradas gracias a los cuidados de Luis y de sus ayudantes. El ambiente de este grupo de trabajadores suscita la envidia de los obreros laicos, por su alegría, su camaradería, su solidaridad, su buen espíritu.
Se gana la apreciación de los hermanos y los elogios de los provinciales; por su parte, Luis es considerado «uno de los pilares», según el padre Philippe Scheffer. Esas obras llevan a Luis a Quebec, a Ontario, a la Baja Costa Norte, al Labrador y a la bahía de Hudson. En 1957, en Hull, Luis sufre una caída en el hueco de un ascensor. La fractura de una rodilla, mal reparada, lo dejará cojeando; pero sigue trabajando, sin quejarse. «Voy de inmediato.» En 1983, Luis recibe una obediencia —estable, esa vez— para San Pedro Apóstol de Montreal.
Del hermano Jean-Marie Morissette, con quien comparte el cuidado del gran complejo iglesia-casa parroquial-centro, aprende a mejorar sus técnicas y amplía el abanico de sus conocimientos... y de su servicialidad. Ante una petición de servicio, de donde sea que venga, responde siempre: «Sí, voy de inmediato.» De una alegría constante y disponible, trata de reparar cualquier cosa. Ataca la carpintería, la pintura, la plomería, el enlucido, el quitar la nieve, a menudo de noche. Hombre ordenado, entiende que cada cosa esté bien guardada y que reine la limpieza en sus recintos.
Llama al orden a los descuidados en ese aspecto. Una hermosa foto de Luis sonriente fue colocada en la puerta del taller donde reparaba mil y una cosas. Joseph Giguère, director del Centro Saint-Pierre, le rinde este testimonio: «Con su ingenio de castor manitas y su mano hábil de constructor, modela y articula todo, en función de las necesidades, cuidadoso del equipo, preocupado por el valor del trabajo. Sella de manera acabada la unión de lo material y de la misión.»
El clamor de los pobres.
Le llega a Luis por medio de Claire Dumont, hermana de la Providencia, que trabajó durante 30 años junto a los indigentes de la parroquia de San Pedro Apóstol de Montreal. Le pide a Luis, así, sin más, que ayude en la mudanza de una familia de emigrados. Sorprendido por la cosa, Luis lo hace de buena gana. Aquí se perfila la verdadera vocación misionera para la que se había ofrecido voluntario. Consagrará el tiempo libre del resto de su vida a aliviar la miseria del barrio Centre-Sud, encrucijada de todas las necesidades.
Escribe: «No es fácil identificarse con los pobres, profesarles un amor de preferencia. Pero el ejemplo de mi madre, que ayudaba a más pobres que nosotros, me está siempre presente. San Eugenio de Mazenod, nuestro fundador, me ayuda a perseverar.» ¡Una historia de amor y de dedicación que durará veinte años! Fiel despensero, ingenioso, alegre y servicial, se pone al servicio de los desposeídos sin discriminación. En este ministerio absorbente y delicado, Luis es sostenido por sus hermanos.
Caridad en acción
Luis no se conforma con esperar a los empobrecidos detrás de un escritorio; sale a su encuentro. Es el aspecto especial de su humanidad: la entrega a domicilio, a las familias privadas de medios de transporte. Luis hace el recorrido de sus puntos de abastecimiento de alimentos: tiendas de comestibles, panaderías, servicio de banquetes, y entonces distribuye. A quienes quieren disuadirlo de enfrentar tormentas desatadas, para llevar socorro, responde: «No tienen nada que comer.» La Providencia vela. Es agradable ver llegar a Luis a una familia: los niños lo rodean, muy alegres; ríe con ellos.
Les lleva cosas buenas y, en ocasiones, golosinas. Lleva siempre su caja de herramientas, para hacer las reparaciones que le señalan, o que le parecen necesarias: puertas, persianas, grifos, mesas... Su servicio alimentario se amplió pronto al mobiliario. ¡Cuántos muebles transportó y remendó! ¡Y sus mudanzas! Se lo ha visto, con un ayudante, provisto de un carretón, por escaleras estrechas o en espiral, subir un refrigerador hasta el tercer piso y, si es necesario, arrancar el marco de la puerta para hacer pasar la pieza!
Joseph Giguère comenta: «Una señal del carácter evangélico de la vida de Luis es que lo acompañaban pequeños milagros, que hacían llegar en el momento justo lo que necesitaba, para responder a una petición o a una falta evidente. Es cuando uno se compromete junto a los pobres cuando los milagros relatados en el Evangelio se vuelven verdaderos.» En ocasiones, Luis no se priva de hacer una observación oportuna, para cuidar las cosas y evitar el desperdicio. Se va siempre con una palabra de aliento. Uno se pregunta cómo encuentra a los inmigrados.
Va a buscarlos al aeropuerto, los ayuda a instalarse y luego provee sus necesidades. Para servir mejor a sus «protegidos», se ha provisto de un teléfono portátil. Con Marthe Laplante como madrina, en 1985, Luis apadrinó a Mario, un bebé salvadoreño; luego, en 1998, a Anthony, un peruano de tres años. Durante cuatro años, Luis asistió a la familia de Anthony. Después de la muerte de Luis, Anthony, de 7 años, dice: «Cuando sea grande, como mi padrino, tendré un carro grande y distribuiré alimentos a los pobres.»
Religioso
«Luis es uno de los Oblatos de la primera generación, salidos del corazón de Eugenio de Mazenod, entregado al 100%, que nunca retomó su don radical», dice Claude Mayer. Luis tiene una devoción especial a las Ánimas del purgatorio y al Vía crucis. En el auto, solo o con sus pasajeros, reza el rosario. Hay que buscar en su oración intensa y en su unión con Dios el secreto de su generosidad perseverante. De todo lo que recibe, no guarda nada para sí mismo y acepta con dificultad los regalos. Poco exigente, evita todo gasto inútil.
Joseph Giguère añade: «En su palabra y en sus actos, se sentía que estaba en intensidad con Dios. Manifestaba en su comprensión y en su acogida una cierta sencillez de niño. Nunca condenaba. Se sentía en él un fuego que nos encendía.» Claude Mayer completa: «Su asombro ante la palabra de Dios comentada marcaba la cumbre de su interioridad. Ahí se abismaba, ahí se alimentaba diariamente.» En las asambleas carismáticas, que frecuentaba al menos una vez por semana, encontraba un consuelo y un reencuentro de fuerzas preciosos.
Llevaba allí a la gente, feliz cuando su auto estaba lleno. También participaba en los congresos del Movimiento. En 1979, los Oblatos expresan su vivo agradecimiento a Luis, con ocasión de su 25.º aniversario de profesión religiosa. En 1985, Luis es delegado a Roma, representante de sus hermanos en el congreso internacional de los Oblatos hermanos. Prolonga ese viaje con una peregrinación a Tierra Santa.
El hombre — su familia
Luis era un compañero encantador de trabajo y de vida. Su presencia discreta creaba un ambiente cálido. Reía de todo corazón. Servicial y complaciente, hablaba poco, pero con sabiduría y oportunamente, atento a su interlocutor. Puntual, reflexivo, disciplinado, imbuido del sentido de la gratuidad y de la compasión, fiel en las amistades, respetuoso y deferente con toda autoridad. Exigente consigo mismo, lo era también con los demás. Una contradicción podía volverlo cortante, impaciente. Ignoraba los consejos que le daban de descansar. Para él, habría sido egoísmo quererse cuidar.
Los Tardif forman una familia muy unida. Luis conservó siempre relaciones cálidas con los suyos. Aunque, por sus obras caritativas, se encontraba que pasaba rápidamente por casa, «había gente que lo esperaba». Admiraba especialmente a su hermano Émilien, Misionero del Sagrado Corazón. En 1988, con una pareja de amigos, Luis pudo visitarlo en República Dominicana. El padre Émilien fallecía en junio de 1999, a los 71 años. Para Luis, el último encuentro familiar se realizó en Beauce, en casa de su hermana, una semana antes de su muerte. «Un viaje maravilloso», dirá.
El llamado
En la mañana del 16 de julio de 2002, Luis escucha una última invitación, la de Dios Padre, a tomar lugar junto a Él, para la fiesta eterna. Responde con su solicitud habitual. Como está conversando con unos jóvenes alemanes en camino hacia la Jornada Mundial de la Juventud, a quienes se ha alojado en el sótano de la iglesia de San Pedro Apóstol, se desploma de pronto, fulminado por un ataque cardíaco. En vano se intenta la reanimación; la muerte será constatada en el hospital Saint-Luc. Tenía 75 años. «Su vida fue un himno al amor.
Murió como vivió, llevado por el corazón», anota Joseph Giguère. ¡Cuántas familias pierden a su Providencia! En su último viaje, Luis había entregado diversos artículos del hogar a una familia somalí. Es con el corazón apesadumbrado que la gente acude a la iglesia de San Pedro Apóstol, donde el cuerpo está expuesto. Afluyen los testimonios de admiración y de condolencia. Los funerales se celebran el 20 de julio de 2002. El padre Claude Champagne, provincial, preside, asistido por una treintena de concelebrantes. La homilía es dada por el padre Jean-Louis Richard.
El entierro se hizo en el cementerio oblato de Richelieu.
Alphonse Nadeau, O.M.I. Residencia Desrochers, Richelieu, QC Diciembre de 2002