Su sanación
Jesús está vivo
Quisiera en primer lugar testimoniar las maravillas del Señor compartiendo cómo el Señor Jesús transformó todo mi trabajo apostólico con el carisma de sanación.
Yo era misionero en la República Dominicana desde hacía diecisiete años. Trabajaba mucho y no siempre tomaba el tiempo suficiente para orar; mi actividad era desbordante. Además, en los últimos ocho años me había convertido en provincial de mi congregación de los misioneros del Sagrado Corazón. Todas mis ambiciones eran entonces organizar materialmente la Iglesia y favorecer en su seno una cierta promoción humana.
Pero el 14 de junio de 1973 cayí gravemente enfermo y fui trasladado al centro médico, donde los médicos descubrieron que padecía una tuberculosis pulmonar aguda. Entonces me di cuenta de cuán vacía era mi vida y pedí al Señor que me conservara la vida para poder comenzar verdaderamente a trabajar por él.
Allí recibí la visita de cinco laicos de un grupo de oración carismática. Me preguntaron si creía que el Señor podía sanarme. Dije «sí» sin creerlo verdaderamente. ¡Creer que puede sanarnos y creer que lo hará son cosas muy distintas! Pero ellos pidieron al Señor que sanara mi cuerpo enfermo con el poder de sus cinco llagas.
Oraron algunos minutos, cantaron en lenguas, cosa que para mí era una gran novedad, pues entonces ponía en duda la seriedad de la renovación carismática. Y el Señor me sanó para mi gran sorpresa: al cabo de unos días estaba restablecido.
Los médicos pudieron comprobar las secuelas de mi tuberculosis completamente cicatrizadas. Desde entonces, nunca más he sufrido de esa tuberculosis.
Fue así como descubrí el poder de la oración. Antes no lo conocía. Pedí a mi superior que me dejara el año para estudiar esta maravilla que acababa de descubrir. Participando en retiros y congresos, pude descubrir cuán poderosamente obra el Señor. Vi maravillas que jamás había visto durante mis diecisiete años de sacerdocio.
Orar por los enfermos
Empecé, pues, a orar por los enfermos, pero no había recibido el carisma de sanación. Cuando participaba en oraciones, como yo había sido sanado, la gente me pedía que orara por su sanación. Yo oraba, pero sin fruto.
Hasta el día en que, el 18 de noviembre de 1973, un enfermo por quien estaba orando fue sanado por el Señor. Fue mi gran sorpresa y mi gran alegría. Entonces comencé a orar con más confianza al ver los signos que el Señor operaba. A lo largo de ese año, vi sanar a muchos enfermos.
Después pude asistir al primer congreso carismático en lengua francesa. En esa ocasión debía dar una conferencia sobre la fe, la sanación y los milagros. Compartí también el testimonio de sanación y entonces vinieron las preguntas.
La primera de ellas venía de un médico que me dijo ser cristiano, pero que pensaba que había que hacer un estudio científico antes de afirmar si había o no sanación milagrosa. Le respondí que tenía derecho a hacerlo, pues era su profesión. Sin embargo, cuando uno está enfermo y descubre al cabo de unos días que está perfectamente sanado, no tiene ganas de esperar la opinión de los médicos para dar gracias al Señor.
Con su ciencia de médico, comenzó a argumentar con palabras que yo ni siquiera entendía. Discutía de tal modo que había un malestar en la sala.
Ya no tenía argumentos. Y he aquí que el Señor vino en ayuda de mi debilidad.
Una señora sentada en una silla de ruedas y que no caminaba desde hacía más de cinco años comenzó a temblar fuertemente, bajó de su silla de ruedas y caminó sin que nadie hubiera orado por ella. Atravesó toda la sala y llegó hasta el micrófono. Tuvimos un diálogo ante toda la asamblea. Su parálisis provenía de un accidente automovilístico. Entonces pregunté al doctor: «¿Cree usted que sería mejor esperar la opinión de los médicos antes de dar gracias a Dios, o se puede comenzar de inmediato?». Entonces se arrodilló y pidió la oración. Oramos para que el Señor sanara su corazón.
Más que negar las acciones del Señor, hay que cantar: «Hosanna al Hijo de Dios», pues Jesús está vivo en su Iglesia y sigue obrando sanaciones de toda clase.
Padre Emiliano Tardif, m.s.c.
Extracto de Pequeños Tratados Espirituales, Pneumathèque, el carisma de sanación, 1993, p. 5-9