Testimonio de Jean Lafrance

LA ORACIÓN SANA

Después de esa operación, la vida continuó. Había tenido que abandonar muchas actividades, pues estaba singularmente disminuido, y no pasaba un día sin sufrir de un lado o de otro, pero poco a poco uno se acostumbra a todo, incluso a sufrir. Felizmente, estaba la oración. Prácticamente ya no tenía otra cosa que hacer, y ella constituía toda mi fuerza y mi sostén. En varias ocasiones me pregunté incluso si el Señor no iba a llamarme junto a él.

Pero prediqué dos retiros, y cada vez el Señor me dio las fuerzas necesarias, mostrándome claramente que me quería todavía en ese ministerio. Aún tuve esa luz, hace un mes, en mi último retiro. Luego hubo la segunda operación, el 25 de mayo pasado. El padre Émilien Tardif La oración de sanación del padre Émilien Tardif. Ya se había detectado un bocio tiroideo antes de la operación del pulmón, pero como no me molestaba, se había esperado. Un buen día tocó las cuerdas vocales y mi voz estaba afectada; entonces se decidió la operación.

Todo salió bien a pesar de mis temores. Es verdad. La intervención había sido exitosa, pero los análisis inevitables detectaban algunas células no identificadas, como dicen elegantemente los laboratorios. Eso incitaba a mi cirujano a pedirme un pequeño tratamiento complementario de rayos. Lo que no me entusiasmaba en absoluto.

La oración de sanación del padre Émilien Tardif

El padre Émilien Tardif

Y fue entonces cuando hubo un pequeño milagro, sin hablar de todos los demás que me habían mantenido con vida hasta entonces. Un amigo me señaló que el padre Tardif venía para una jornada de recolección a Nouan-le-Fuzelier. Fui, pues, desde cerca de Orleans, a cinco horas de auto para ir, e igual para el regreso, en un día.

Participé bajo la lluvia en la asamblea de oración y no pensaba encontrar al Padre, había tanta gente (cinco mil personas). Y he aquí que a comienzos de la tarde voy hacia el podium para esperar la segunda enseñanza sobre la intercesión, que me marcó mucho, y me encuentro con el Padre. Había recibido una carta a mi respecto y sabía de qué se trataba. Me acogió muy fraternalmente y fue muy bueno conmigo. Ya me conocía un poco por mis libros traducidos al español en Santo Domingo; le había gustado El poder de la oración.

Me apartó en la iglesia y oró por mí, en una oración de alabanzas en lenguas. Estuve a su lado para la enseñanza y concelebré la Eucaristía, en la que hubo una gran oración de sanación y muchos testimonios. No estaba cansado, y todos mis dolores habían como desaparecido. Es a la vuelta cuando tuvo lugar, creo, el milagro. Varias veces había anunciado que en la próxima visita al médico habría un signo: el tratamiento previsto se volvería inútil. La semana siguiente debía ir a ver a mi radiólogo para prever el tratamiento de rayos.

Después de haberme examinado, me declaró que los rayos no eran necesarios, pues yo ya había sido irradiado, pero me pedía algunos exámenes complementarios. Estaba en la alegría y la acción de gracias en ese momento, pues tocaba con el dedo el poder del Resucitado. La oración que subía a mis labios era la de Jesús, a propósito de la resurrección de Lázaro, pero se la dirigía a Jesús: Señor Jesús, te doy gracias porque me has escuchado. Sé bien que siempre me escuchas.

El poder de la oración

Fuera de hechos tan llamativos como ese, debo confesar que a menudo (por no decir siempre) he experimentado el poder de la oración en el alivio del dolor y del sufrimiento. En los momentos en que todo me agobiaba, me ponía a orar (también eso es una gracia) y salía siempre pacificado; el sufrimiento había desaparecido, como arrancado de un revés de mano. En el momento en que escribo estas líneas tienen lugar los funerales de mi amigo Jean-Pierre Leclercq (cincuenta y dos años). Le habían extraído un pulmón hace cuatro o cinco meses, y en junio se declaró un tumor en el cerebro.

Lo había visitado recientemente, y con mucha pudicia y discreción no me había ocultado su estado. Este sacerdote era un hombre verdadero, lleno de humanidad y de amistad, y al mismo tiempo un hombre de Dios. Oracé por él anoche y esta mañana, y sentí su presencia y su intercesión, en cuanto que me devolvió a mi vocación profunda dándome la gracia de la oración. Extracto del libro: Jour et nuit, de Jean Lafrance, p. 10-13, Édition Médiaspaul y Éditions Paulines, 1992