La causa de beatificación de Juan Pablo I
Nueva etapa de la causa de beatificación de Juan Pablo I. El papa que pedía para el mundo una «nueva ola de amor»
9 DE NOVIEMBRE DE 2017. ANITA BOURDIN. ROMA
El papa Francisco aprobó el decreto que atestigua las «virtudes heroicas» del papa Juan Pablo I (Albino Luciani, 1912-1978), el papa «de la sonrisa», papa durante 33 días, este jueves 9 de noviembre de 2017, en el curso de la audiencia concedida al prefecto de la Congregación para las causas de los santos, el cardenal Angelo Amato. Esto significa que el examen del expediente de beatificación, que comprende el relato de su vida, los testimonios y sus escritos, en 5 volúmenes, concluyó que vivió las virtudes humanas y cristianas de manera «heroica», es decir, de manera auténticamente evangélica.
El papa Luciani había invitado a pedir a Dios una gracia especial, algunos días antes de su muerte: «Pidamos al Señor la gracia de que una nueva ola de amor hacia el prójimo invada este pobre mundo». Para la beatificación del papa que decía de sí mismo «todavía no he "aprendido bien el oficio"», será necesaria la autenticación ulterior de un milagro debido a su intercesión: dos hechos inexplicables desde el punto de vista del avance actual de la ciencia están ya en examen. «Le Pape Luciani. Chronique d'une mort» («Papa Luciani.
Cronaca di una morte»): el reciente libro de la periodista italiana y vicepostuladora de la causa, Stefania Falasca, sobre la muerte del papa Juan Pablo I, ha venido a levantar la duda sobre su muerte prematura debida a un malestar ocurrido por la noche, en el momento de la oración de las «completas», y cuya gravedad fue subestimada. El papa Juan Pablo I se apagó en la noche de un infarto.
Oraciones de petición
Juan Pablo I
¡Porque se pide incluso el nombre que se quiere tomar! ¡Yo, tan poco había pensado en ello! Hice el siguiente razonamiento: el Papa Juan me consagró con sus manos, aquí en la Basílica de San Pedro; luego, aunque indignamente, le sucedí en Venecia, en la Sede de San Marcos, en esta Venecia que está todavía llena de él. Todos lo recuerdan: los gondoleros, las hermanas, todos.
Luego, no solo el Papa Pablo me nombró Cardenal, sino que algunos meses antes, en la pasarela de la Plaza de San Marcos, me hizo ponerme todo rojo ante 20 000 personas, pues tomó su estola y la depositó sobre mis hombros; ¡nunca estuve tan rojo! Por otra parte, en 15 años de pontificado, este Papa mostró no solo a mí, sino al mundo entero, cómo se ama, cómo se sirve, cómo se trabaja y se sufre por la Iglesia de Cristo. Por eso dije: «Me llamaré Juan Pablo». No tengo ni la "sabiduría del corazón" del Papa Juan, ni la preparación y la cultura del Papa Pablo.
Sin embargo, estoy en su lugar; debo esforzarme por servir a la Iglesia. Espero que me ayuden con sus oraciones».
El cardenal secretario de Estado Pietro Parolin. Escribe en particular que el papa Luciani reforzó «el proyecto de una Iglesia conciliar cercana al dolor de las personas y a su sed de caridad». Y en una alocución al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, el 31 de agosto de 1978, el nuevo papa planteaba una pregunta que sigue siendo de actualidad, al parecer: «¿No necesita esta civilización una energía espiritual nueva, un amor sin fronteras, una esperanza firme?» En ocasión de la aparición de su libro, Stefania Falasca declaró: «Sobre las virtudes y sobre la santidad, no creo que puedan existir dudas, porque Juan Pablo I es una figura extremadamente límpida desde este punto de vista.
Lo que era necesario para Luciani era excavar en los archivos para encontrar las fuentes, de modo que se pudiera hablar de él en términos verdaderamente científicos.» Durante su primer ángelus, el 27 de agosto de 1978, explicaba cómo había elegido el nombre de Juan Pablo, lleno de gratitud hacia sus predecesores: «Ayer por la mañana me dirigí a la Sixtina para votar tranquilamente. Jamás habría sospechado lo que iba a suceder. Apenas se anunció el peligro para mí, los dos colegas, mis vecinos, me murmuraron palabras de consuelo.
Uno de ellos me dijo: «¡Ánimo! Si el Señor carga con un peso, da también la ayuda para llevarlo». El otro continuó: «No tengan miedo; en todo el mundo hay tantas personas que rezan por el nuevo Papa». Llegado el momento, acepté. Luego se trató de elegir un nombre.
El Veni Creator
Se me permita añadir todavía algo: es ley de Dios que nadie puede hacer el bien al prójimo sin que primero se lo ame. Por eso, al convertirse en Patriarca en Venecia, San Pío X se había exclamado en San Marcos: «¿Qué sería de mí, venecianos, si no los amara?». A los romanos, diré algo semejante; puedo asegurarles que los amo, que deseo solo entrar a su servicio y poner a su disposición todas mis pobres fuerzas, lo poco que tengo y lo poco que soy.» Deseaba que una «nueva ola de amor al prójimo» invadiera el mundo, en su último ángelus, el 24 de septiembre de 1978, en el momento en que rendía homenaje a Georges Bernanos y a las carmelitas de Compiègne: «Este año es el del 30.° aniversario de la muerte de Georges Bernanos, gran escritor católico.
Una de sus obras más conocidas es Diálogo de las Carmelitas.
Durante la misa de inauguración del pontificado, el 3 de septiembre de 1978, Juan Pablo I confiaba su estado de ánimo en el momento de la elección: «Llenos de una estupefacción y de una ansiedad bien comprensible, pero también con una inmensa confianza en la gracia poderosa de Dios y en la oración ardiente de la Iglesia, hemos aceptado convertirnos en el Sucesor de Pedro en la sede de Roma, asumiendo el "yugo" que Cristo quiso poner sobre nuestros frágiles hombros». Y al tomar "posesión" de su catedral, San Juan de Letrán, el 23 de septiembre de 1978, hacía a su diócesis esta declaración de amor: «Aunque he sido durante 20 años obispo en Vittorio Veneto y en Venecia, confieso que todavía no he "aprendido bien el oficio".
En Roma, me pondré a la escuela de San Gregorio Magno, que escribió «que el pastor envuelva a cada uno de sus súbditos con su compasión; que olvidando su grado se considere igual a sus buenos súbditos, pero que no tema ejercer contra los malos los derechos de su autoridad. Recuerda: mientras todos los súbditos ensalzan lo que hizo de bueno, nadie osa culpar lo que hizo de malo; cuando reprime los vicios, que no cese de reconocerse con humildad semejante a los hermanos que corrompió; y que se sienta tanto más deudor ante Dios cuanto más impunes permanecen sus acciones ante los hombres» (Reg.
Past. II Parte. Aquí termina la explicación de las tres lecturas bíblicas.
Fue publicada un año después de su muerte, escrita para el teatro a partir de la obra de Gertrud von Le Fort, escritor alemán. Este «Diálogo» se representó en el teatro, luego se puso en música y se proyectó en las pantallas de todo el mundo. Muy conocida, la cosa sin embargo era histórica. Pío X, en 1906, aquí en Roma, había beatificado a las dieciséis Carmelitas de Compiègne, mártires durante la revolución francesa. Durante el proceso se escuchó la condena: «a muerte por fanatismo».
Una de ellas, con su simplicidad, preguntó: «Señor Juez, por favor, ¿qué significa fanatismo?» El juez respondió: «Es su necia pertenencia a la religión». —«¡Oh, hermanas mías! —dijo aún la religiosa—, han oído, nos condenan por nuestro apego a la fe. ¡Qué felicidad morir por Jesucristo!» Las hacen salir de la prisión de la Conciergerie y subir a la carreta fatal. Durante el trayecto cantan himnos religiosos.
Llegadas a la plataforma de la guillotina, una tras otra se arrodillan ante la Priora para renovar su voto de obediencia. Luego entonan el Veni Creator. El canto, sin embargo, se va haciendo cada vez más débil, a medida que las cabezas de las pobres hermanas caen una a una bajo la guillotina. La hermana Teresa de San Agustín, la Priora, queda la última, y sus últimas palabras fueron estas: «El amor será siempre victorioso; el amor puede todo». He aquí la palabra justa: la violencia no puede todo, pero el amor puede todo.
Pidamos al Señor la gracia de que una nueva ola de amor hacia el prójimo invada este pobre mundo».